El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 79
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CAPÍTULO 79

Las manos de Halcón aquella noche recordaban a las de un artesano.

Por cómo las movía podrían haber sido las de un orfebre, pues recorrían cada oquedad de los pies de Attaegina con la misma delicadeza de quien tiene a su cargo la joya más valiosa de una reina.

Lavó muy despacio todas las heridas que el desierto había sembrado en ellos, y el agua, vertiéndose por encima de sus talones secos, agrietados por la arena caliente y los vientos tórridos, parecía darles de beber.

Ella observaba sus manos en silencio, concentrada en el rito.

El perfume del azahar y de la rosa habían devuelto la calidez a su alma tras quedarse aterida durante las últimas noches en soledad, cuando aún no sabía si viviría para contarlo.

Cuando aún no sabía si volvería a ver a Halcón.

Y allí estaba él, arrodillado ante su discípula, ungiendo sus pies en aceite de mirra y de sándalo, deslizando sus yemas por encima de la curva de cada empeine y también por debajo de cada dedo.

La piel del nawal ardía como el sol del verano, y ese ardor, viajando a través de los bálsamos, penetraba poco a poco en la sangre de Attaegina erizando el vello fino de sus piernas y prendiendo un fuego aún más candente entre su piel y su ropa.

En un momento como ese habría sido capaz de entregarle cualquier cosa, todo cuanto le hubiera pedido: su trenza, si nunca se la hubiera cortado, y la promesa de amarlo para siempre.

La luz de las antorchas confería a la tez del nawal un elegante matiz broncíneo que, sumado a los días de viaje y al rostro sin afeitar, enfatizaba la masculinidad de sus rasgos.

Attaegina luchaba contra su propio instinto por no mirarlo de ese modo, por comportarse debidamente, como haría una discípula.

Peleaba consigo misma por no estremecerse cada vez que las manos de su maestro rozaban sus pies, pero su razón había empezado a rendirse a los impulsos de su cuerpo, a perderse en el deleite de sus caricias.

Mientras tanto, Halcón se mantenía aparentemente imperturbable, absorto en su labor sagrada y actuando con el aplomo digno de cualquier mentor mientras murmuraba alguna oración en voz baja, palabras ceremoniales que lo conectaban con el Cosmos.

Al fin y al cabo se trataba de un rito de paso, el culmen de un ciclo iniciático, y tenía la obligación de ejercer como un maestro, como un nawal experimentado y un facilitador entre su discípula y el camino del espíritu.

Pero, en el fondo, también él batallaba por apaciguar su parte más humana, la que se perdía en la visión de las piernas desnudas de Atti, la que habría ascendido con las manos hasta sus rodillas y las habría cubierto de besos.

─ Está hecho ─ anunció, dando por terminada la ceremonia ─ . Attaegina, desde hoy perteneces a la estirpe de los nawales . Tienes que prometer que serás leal a la senda del espíritu, que no utilizarás la sabiduría de los nuestros en tu propio beneficio y aún menos para causar el mal. ¿Lo prometes?

Attaegina se incorporó y respondió en tono reverente:

─ Lo prometo.

Halcón trazó en el aire un símbolo sagrado y le besó los pies. Después se enjugó las manos con una toalla y se levantó.

─ Mañana nos quedaremos aquí ─ anunció ─ . El día once es el día de descanso. Incluso el Cosmos descansó tras crear el mundo. Eso es lo que se cuenta en las tribus del desierto.

Tomó el recipiente que había usado y vació el agua bajo el tronco de una palmera.

─ Entonces, ¿ha terminado mi adiestramiento? ─ le preguntó ella. Aún sentía un agradable hormigueo en los talones.

─Sí, h a terminado. Ahora puedes retirarte a descansar. Debes de estar agotada. ─ Pasó a su lado y le indicó con un gesto que lo siguiera ─ . Mira: he preparado la tienda para ti.

Al pasar entre las dos antorchas, Attaegina notó que atravesaban un portal hacia un lugar sagrado.

El incienso ceremonial seguía ardiendo, y su aroma amaderado calentaba el aire que respiraban tornándolo sutil, dotando el espacio de un halo misterioso, sacro.

Cuando Halcón retiró la cortina que hacía de entrada a la tienda, ella ahogó una exclamación: la tenue luz de una lámpara de aceite pintaba las paredes de un naranja de ensueño.

Apenas había más mobiliario que las alfombras del suelo, pero el nawal se había ocupado de colgar guirnaldas de las vigas y de trazar un camino de pétalos que conducía hasta el rincón del fondo, donde esperaba una cama vestida con una sábana bordada, una cama mullida donde el cuerpo de Attaegina sería recompensado al fin con una noche de verdadero descanso.

También había preparado un cesto con frutas secas y una tetera que exhalaba el dulce aroma del té de hierbabuena.

─ ¿Cuándo has organizado todo esto, Halcón?

─ Las mujeres beresh me echaron una mano. Volví a cruzarme con su tribu cuando tú ya estabas en el Corazón del Desierto. Así que me prestaron la tienda y todo lo que ves dentro y, además, me dieron buenos consejos. Si no, yo no habría sabido ponerla así de bonita. ¿Te gusta?

Atti aún no salía de su asombro. Con los ojos muy abiertos recorría cada rincón sin dejar de reparar en todos los detalles.

─¡Me encanta! ─exclamó─. Gracias. Gracias por preparar esto para mí.

─Bueno… Dáselas a las mujeres beresh la próxima vez que las veas. Ellas…

No pudo continuar porque los labios de Attaegina silenciaron a los suyos.

Anhelaba abrazar el cuerpo de Halcón, oler el hueco que había entre su cuello y su hombro y descansar entre sus brazos.

Lo único que necesitaban ahora era sentirse, tocarse la piel, respirarse despacio y olvidarse de que el resto del universo existía…

─Te he echado tanto de menos... ─susurró el nawal cerca de su oído.

Al sentir el calor de su aliento en el pabellón de su oreja, Atti se estremeció─.

Llegué a pensar que te perdía también esta vez…

Y me odié por haberte llevado hasta el Corazón del Desierto.

Si hubieras muerto allí, yo no sé… No sé qué habría hecho pero...

Si hiciera falta, yo bajaría hasta el infierno por ti.

Atti posó dulcemente un dedo en sus labios para hacerlo callar.

─Ya ha pasado todo. Ahora no pienses más en lo que podría haber ocurrido, Halcón. ¡Mírame! ¿Lo dudabas? Más rústica que una ortiga, ya lo decía mi padre. Pues bien, ¡estoy aquí! Y estoy contigo.

Halcón la miraba como si fuera un milagro viviente.

O mejor dicho, la contemplaba. En sus pupilas la silueta de Atti se proyectaba como la esfinge de una diosa antigua.

Quién pudiera besarla, quién acariciarla, tomarla en brazos, dormir en su cuello, ser amado por ella…

Un destello raudo, como el vuelo de una rapaz, cruzó sus pupilas, y al instante Attaegina supo que el nawal tenía que decirle algo.

Lo conocía bien. Entonces, Halcón se arrodilló ante ella y le mostró las palmas de sus manos.

─Vacías ─dijo─. Míralas: estas manos no tienen nada que ofrecerte salvo un poco de fruta seca del desierto. Pero, si las tomas, te regalaré mi alma para siempre. Porque es lo único que poseo.

El corazón de Attaegina latía muy fuerte.

─No existe nada que yo desee ─le contestó con la voz trémula─, salvo estar contigo, a tu lado, y acompañarte en cada senda que transites.

─Entonces, sé mi esposa, Attaegina. Cásate conmigo, por favor.

Atti respiró muy hondo. Un torrente de emociones la golpeó con tanta fuerza que se esforzó por mantenerse erguida. Le temblaban los dedos, la barbilla, y le faltaba el aliento...

─Sé mi esposa y te prometo que te cuidaré y te protegeré siempre, te seré fiel, te amaré y te honraré en cada recodo del camino, en los días y en las noches, en los veranos y en los inviernos de la vida.

Attaegina alargó el brazo y tomó la mano de Halcón para que se levantara del suelo. Después se acercó con suavidad. Solo cuando sus frentes se apoyaron la una en la otra y su nariz reposó junto a la de él, solo cuando sus labios estuvieron muy cerca, antes de besarlos, le dio su respuesta.

─Sí, quiero.

El tiempo se detuvo alrededor de ellos. Solo existía el espacio sagrado que era aquella tienda, solo la intimidad de la lámpara, solo el aroma de la mirra ardiendo sobre el carbón… Y los ojos del nawal , incandescentes como ascuas, parecían contener todos los soles del Cosmos.

Se fundieron en un beso prolongado mientras él la tomaba en sus brazos.

Luego, la llevó hasta el interior siguiendo el camino de pétalos, como cruzando un puente que uniera dos mundos.

Cuando llegó hasta la cama, la depositó en ella con suma delicadeza.

Allí, recostada sobre las sábanas bordadas, Attaegina era lo más bello que había conocido, un ángel que había bajado del cielo para él.

Los dos estaban nerviosos porque intuían que nada podría doblegar esa noche a la fuerza de sus instintos.

Al principio, se acariciaron despacio, casi con timidez.

Halcón besó su frente, su cicatriz, después la comisura de sus labios, luego el lóbulo de su oreja y, finalmente, descendió por su cuello.

Cuando llegó a su hombro, Attaegina había empezado a desnudarse.

─¿Estás segura? ─le preguntó, deteniéndose. Ella se mostró más convencida que nunca.

─Sí ─susurró─. Toda mujer nace con un sello sagrado. Y el mío es a ti, en esta noche, a quien quiero entregarlo.

En ese instante, ambos lo comprendieron.

Sus labios volvieron a encontrarse, y cada beso que se daban era más intenso que el anterior, más sensual y más largo.

La respiración de Attaegina se agitaba mientras las manos de Halcón le retiraban el resto de la ropa, derramándose sobre sus pechos con la dulzura de la miel.

El nawal contemplaba su cuerpo en actitud reverencial, como si fuera el tesoro mejor guardado de todos los tiempos.

Un tesoro que le había sido regalado y que cuidaría para siempre, protegiéndolo con su propia vida si era preciso.

Attaegina veía su espalda brillar a la luz del fuego.

Amaba su color del azúcar de caña. A ella se sujetaron sus manos, con fuerza, cuando Halcón entró en su cuerpo cruzando despacio el umbral de su feminidad.

En el momento en que Atti recibió su sagrado masculino, se amaron lentamente, y lo hicieron con la cadencia de la lumbre cuando fulgura en el silencio de la noche, en una sinuosa danza del fuego que fraguó en ambos la llama de un amor eterno.

Un amor capaz de trascender el tiempo, los ciclos de Madre Tierra e incluso los vientos cambiantes de Padre Cielo.