CAPÍTULO 78
─Fue la lluvia: la lluvia me salvó ─relataba Attaegina subida a la grupa de Amable─. Creía que me iba a morir de sed y, entonces, fue como si la tormenta viniera a mí.
Halcón escuchaba con atención.
─No te salvó la lluvia ─le dijo─. Te salvó la fe. Jamás en mis veintidós años he visto semejante aguacero caer sobre el desierto.
Atti quiso responder, pero el nawal le insistió en que siguiera comiendo. Después se fijó en el estado de su ropa, los arañazos en los brazos y en las piernas.
─¿Qué más te ha pasado?
Ella se estremeció al recordarlo.
─Me encontré con un demonio.
─¿Qué?
─O mejor dicho, él me encontró a mí. Me arañé cuando escapaba de él, bajando por los peñascos.
─¿Llegaste hasta los peñascos?
─Sí. Eso fue el día octavo. Llegué, se hizo de noche y, cuando quise regresar al campamento, él me sorprendió.
Halcón palideció solo de imaginársela sola contra una alimaña, sin medios para defenderse. Y se sintió culpable, mucho, por no haber estado ahí...
─Pero lo vencí.
─¿Cómo?
─Pues, ¿cómo, si no? Enviándolo a la luz. Es lo que hacen los nawales , ¿verdad?
Él no daba crédito.
─Si es cierto lo que cuentas, y no es fruto del delirio, sin duda me encuentro ante una de las mejores. Te felicito, Attaegina. Ya casi eres una nawal de los pies a la cabeza.
Atti le habló de Enok. Le explicó que era un demonio de la arena bajo la forma de un joven nawal que no sobrevivió a la novena. Y le contó también que había luchado contra él usando sus manos, fabricándose un bastón con la luz que manaba de ellas.
─Admiro tu valor, Attaegina. Y también tu destreza: pocos aprendices en una circunstancia como esa habrían sido capaces de materializar un arma de luz.
─ Bueno, no tengo tanto mérito. Yo sabía que él no iba a matarme.
─ ¿Por qué? ─ le preguntó desconcertado el nawal ─ . ¿Cómo lo sabías?
─ Me lo dijo él. Me dijo que, si me mataba, lo castigarían.
A juzgar por la expresión de Halcón, aquello era grave.
─ Puede que te intentara engañar para acercarse a ti.
─ Sí, yo también lo pensé. Pero después me dijo que no tenía permiso para devorarme porque yo era la chica ángel.
─ Saben que estás aquí. Nabor te sigue buscando. Tenemos que ir con cuidado. ¿Te dijo algo más?
Attaegina dudó qué responder.
─ No ─ mintió.
Y aunque Halcón no se quedó tranquilo, tampoco insistió.
Attaegina sintió remordimientos al ocultarle información, ¡claro que Enok le había dicho más!
Sin embargo, no le contó nada sobre el resto de la conversación, ni le preguntó sobre su origen ni sobre la verdadera condición de su padre.
Era un tema que le incomodaba, ¿o quizás le daba miedo conocer la verdad sobre Halcón?
¿Y si las palabras de Enok se confirmaban?
« No dejes que ese diablo te confunda más » , pensó.
Era en Halcón en lo que tenía más fe que en nada.
Fe absoluta en la pureza de su alma. ¿Acaso no era el amor de su vida?
Sabía que no era hijo de ningún diablo, sino todo lo contrario: solo alguien como él encarnaría al Primer Ángel, el elegido que haría frente al temible Ángel de la Codicia, si es que Nabor llegaba a despertarlo.
Eso tampoco se lo contó al nawal . Tal y como le aconsejó Elkerael, había silencios que no se podían perturbar sin cambiar, con ello, el rumbo de los acontecimientos.
Y la verdadera identidad de Halcón era uno de esos misterios que todavía se debían ocultar al mundo...
hasta que llegara el momento de la verdad.
A mitad de la tarde, se adentraron en un oasis paradisíaco oculto entre palmerales.
Allí aguardaba el resto de los dromedarios, pastando en calma.
Attaegina se sentía mucho más despierta y fuerte ahora que había comido y bebido en abundancia.
Aun así, se apeó de su montura despacio, con ayuda de Halcón.
─Este es el lugar al que los nawales recién iniciados son llevados por sus maestros cuando superan la novena ─le explicó aquel─. También yo vine cuando era un niño, con Elkerael. Ese día me permitió comer todo lo que quise. ─Sonrió─. Hasta me trajo pastelillos de las mujeres saptis .
Attaegina se deshizo en ternura al escucharle, pero solo por un instante. A efectos prácticos, él seguía siendo su mentor y el adiestramiento no había terminado todavía.
─ Ten: te he preparado ropa limpia.
Atti se sacudió un poco. Su vestimenta, además de rota, seguía mojada y manchada de tierra.
─ ¿Por qué siempre termino hecha unos zorros? ─ se preguntó riendo con resignación ─ . Te prometo que cuando vivía en Caliza llevaba el vestido impoluto.
Halcón le entregó un traje nuevo, finamente doblado.
─Yo ya te lo avisé hace tiempo: fuera de Caliza, está el mundo de verdad. Pero tú te empeñaste en salir de allí…
Cuando Atti aceptó la ropa, sus manos se rozaron. Llevaban semanas casi sin tocarse. Halcón también se dio cuenta: era la primera chispa de un fuego inminente.
─Hay unas fuentes ahí cerca ─le informó esforzándose por mostrar indiferencia─. Ahora, límpiate el polvo del camino. Pero no tardes mucho. El adiestramiento aún no ha terminado.
─¿Quieres decir que todavía queda otra prueba?
Halcón asintió.
─Algo así. Pero bueno: lo más difícil ya lo has superado.
Attegina encontró las fuentes gracias al sonido del agua. Se trataba de una pequeña cascada que manaba de unas rocas. Se desnudó rápidamente para colocarse debajo de los chorros y sintió con gran placer que el agua fresca arrastraba consigo todo su cansancio y el pesar de los malos ratos vividos.
Pronto estuvo lista para acudir donde le había dicho Halcón.
Entonces, reconoció el perfume del incienso ceremonial, el olor que separaba el espacio sagrado del profano, y siguió su rastro.
Se preguntaba qué desafío le esperaba un poco más adelante del claro en donde pastaban los dromedarios.
Empezaba a anochecer y una luna llena, enorme y amarilla, brotaba sobre el horizonte.
Halcón la recibió en actitud solemne, en medio de dos antorchas.
A solo unos pasos de él, una olla de hierro bullía a fuego lento sobre las brasas, despidiendo los aromas de una cena reconfortante.
Y al fondo, arropada por las palmeras, lucía una gran tienda que en nada recordaba a los humildes techos de piel de cabra que, hasta entonces, los habían guarecido durante las noches.
De hecho, cualquiera habría creído que se trataba de la tienda de un gran jefe: sus paredes eran de telas bellamente estampadas y en su interior fulguraba una cálida luz que habría convertido en hogar el más aciago de los rincones.
Una luz que se reflejaba en los ojos ambarinos de Halcón, que esperaba impaciente a su discípula con los brazos tras la espalda, preparado para obsequiarle algo muy especial: cuando Atti llegó frente a él, el nawal le mostró un bastón de madera de acebuche cuidadosamente tallado.
─ He aquí tu propio bastón, con el que manejarás la fuerza de la luz ─ le explicó ─.
H e tardado nueve días en fabricarlo, como indica la tradición: los nueve días que has pasado afrontando tu última prueba.
─ Se lo entregó y, acto seguido, se arrodilló ante ella en actitud reverencial ─ .
En el nombre de Padre Cielo y de Madre Tierra, y por el poder que el Cosmos me concede, a partir de hoy yo te declaro nawal .
Sé bienvenida, Attaegina Mentastro, a la senda del espíritu.
La voz de Halcón sonaba tan profunda que los ojos de Atti se humedecieron mientras deslizaba sus dedos por encima del bastón, admirando el trabajo artesanal de su mentor, percibiendo cada bendición que había imbuido en él para que siempre, fuera a donde fuera, la protegiera de todos los males.
Y es que, en ese objeto también había una parte de él.
Attaegina lo apretó contra su pecho y respiró hondo, callada.
Ambos se quedaron en silencio. Solo se escuchaban el crepitar de las antorchas y el creciente murmullo de los grillos. Entonces, el nawal se levantó.
─Hay algo más ─anunció.
─¿La última prueba?
Halcón se dio la vuelta y señaló un hueco junto a una palmera.
Sobre una roca había colocado una estera para que ella tomara asiento.
Poco después, el nawal apareció con una toalla de algodón y un recipiente lleno de agua.
Sobre la superficie flotaban pétalos secos de azahar y de rosa emperatriz.
Atti no entendía para qué iban a necesitar todo aquello.
─Siempre que un nawal es iniciado ─le explicó Halcón─, su maestro le lava los pies: este es el rito que cierra el ciclo de adiestramiento.
─¿Por qué? ¿No debería lavártelos yo a ti, que has sido mi mentor?
─Todo lo contrario. En nuestro camino, a mayor rango, mayor servicio se ha de ofrecer. Ahora, relájate: es un honor hacer esto con una discípula como tú.