CAPÍTULO 77
El día que hacía diez desde que Attaegina había empezado su prueba iniciática, Halcón se puso en marcha antes del amanecer. Viajaba con un único dromedario y con el agua y alimento justos para llegar lo antes posible al Corazón del Desierto.
En sus manos, la gema de Atti ya no se iluminaba. La había observado durante días porque pensaba que, si a ella le sucedía algo, el pequeño cuarzo se comportaría de un modo diferente. Y justo desde la noche anterior había dejado de emitir su liviana luz azul.
Los dromedarios no estaban acostumbrados a correr, pero Halcón hizo lo posible por apremiar al suyo.
Había elegido al más joven y fuerte de la caravana porque tenía un presentimiento horrible.
Intuía que, si se demoraba, sería demasiado tarde para Attaegina.
Sin embargo, un obstáculo inesperado y mucho más grave que un dromedario perezoso se interpuso en su ruta: era un aguacero.
Sí, ¡un aguacero allí en medio, donde no se habían visto nubes de lluvia en años!
El cielo, en cuestión de minutos, se tiñó de un gris oscuro extraño y desconocido para los lugareños, y un sonido atronador vaticinó una tormenta inminente.
La lluvia caía a cantaros sobre Halcón y su dromedario que, asustado por el impacto de los relámpagos en los peñascos cercanos, se negaba a avanzar.
El nawal tiraba con fuerza del ronzal mientras el animal, paralizado por el miedo, se sentaba sobre sus cuatro largas patas.
¡Ni siquiera un huracán habría podido sacarlo de allí!
─¡ Vamos, Amable, vamos…! ─le suplicó─. ¡Ya estamos muy cerca!
Pero el dromedario no estaba dispuesto a obedecer.
Halcón conocía bien la tozudez de esas nobles criaturas, así que no tuvo más remedio que atarle las patas traseras para que no se alejara de allí hasta su regreso.
Luego se marchó caminando sobre la arena endurecida por la lluvia, donde sus pies se clavaban como si fuera nieve mientras el agua resbalaba por encima de su cabeza y de su ropa, y solo algunos minutos después llegó al Corazón del Desierto.
Para entonces, la lluvia empezó a perder fuerza. No vio el campamento de Attaegina, pero sí descubrió signos de que una terrible tormenta de arena había asolado la zona no hacía mucho, pues el paisaje se veía muy distinto a cuando él se despidió de ella en el mismo lugar. Y se empezó a angustiar.
─ ¡Attaegina! ─gritó. Nadie respondió. Solo había arena─. ¡Attaegina! ¡Estoy aquí! ¡Attaegina!
Su corazón empezó a palpitar con fuerza mientras un hormigueo incómodo hacía temblar sus piernas. Entonces subió a una duna, a la más alta, y justo debajo divisó un cuerpo tendido boca arriba.
─ ¡Attaegina! ─la llamó al reconocerla. Y corrió, ¡corrió lo más deprisa que pudo!
Se lanzó hacia allí, empapado por la lluvia y envuelto en sudores fríos, hasta que llegó a su lado y se quedó sin aliento al encontrarla tan extrañamente quieta, rígida, con la ropa rota y manchada, con señales de haber luchado contra un destino que había resultado ser más fuerte y poderoso que una joven aprendiz de nawal.
─ Attaegina ─murmuró con la voz entrecortada, a punto de romperse─, Cielo y Tierra, Attaegina… ¿Qué ha pasado?
Halcón tomó en sus brazos el cuerpo inerte de Atti y la abrazó con todas sus fuerzas, cubriendo su cabello de lágrimas silenciosas mientras luchaba contra la idea de haberla perdido.
─ No llores ─susurró ella de repente─. Estoy bien…
El nawal , dando gracias al Cosmos, tuvo que mirarla a la cara para creerlo. ¡Si habría jurado que estaba muerta! Attaegina reunió sus escasas fuerzas para regalarle una sonrisa y, al descubrirla viva, tan llena de paz incluso en esas circunstancias, Halcón suspiró de alivio.
─ ¿Tienes sed? ─le preguntó. Atti negó con la cabeza. Se sentía tan débil que casi no podía levantar los párpados─. ¿Tienes hambre?
─ Mucha.
Y también estaba fría, ¡congelada! Además, el aguacero había humedecido la tierra y sería imposible prender fuego.
─ Intenta comer un poco, ¿vale? Te he traído queso fresco. Y también un poco de miel. Vamos, trata de masticar, ¿eh?
Atti movía la mandíbula muy despacio. Casi se quedaba dormida entre un mordisco y otro. Era mala señal. Por eso Halcón no dejó de hablarle, para mantenerla despierta.
─ Amable se ha asustado mucho cuando ha empezado a llover ─continuó, disimulando su preocupación─. Nunca llueve así por aquí. Creo que a los dromedarios no les gusta.
─ Amable ─rumió Attaegina. Sus ojos seguían cerrados y aún estaba aletargada, pero rio─: ¿No tuviste ya un dromedario que se llamaba así?
Halcón no se separaba de ella. De hecho, se había desnudado de cintura para arriba, quitándose la ropa mojada, para darle todo el calor que pudiera con su cuerpo.
─ Ese Amable era otro ─siguió contándole sin perder el buen humor.
Ante todo, no quería que ella se diera cuenta de lo grave de la situación: estaba desnutrida, casi había muerto de sed y su cuerpo, por motivos que él aún desconocía, se veía abatido─.
Me gusta ese nombre, se lo pongo a todos mis dromedarios.
Attaegina volvió a sonreír. Mientras tanto, Halcón no perdía la ocasión de poner más alimento en su boca.
«Muy bien, Attaegina, tú sigue comiendo».
Al cabo de un rato, y sin dejar en ningún momento de narrar anécdotas graciosas sobre su vida en el desierto, el nawal respiró aliviado cuando Atti por fin abrió los ojos y lo miró directamente.
Su expresión había recobrado la entereza. El alimento había hecho su función.
─ ¿Estás herida? ¿Te duele algo?
Ella suspiró, abatida.
─ Me duele todo.
Halcón no preguntó por qué. No quería que ella hablara más, de momento.
─ Amable nos espera un poco más adelante ─dijo─. ¿Crees que podrás llegar? ¿O prefieres esperar aquí hasta que…?
─ No, no ─lo interrumpió Atti─, no quiero quedarme aquí más tiempo. No me dejes sola, Halcón, por favor. Hoy no.
A Halcón se le encogió el corazón al escucharla. ¿Qué le había sucedido durante esos nueve días? Tendría tiempo de saberlo. Por el momento, lo importante era llevarla hasta el animal, subirla en él y marcharse de allí.