CAPÍTULO 76
Al anochecer del noveno día, la tormenta de arena al fin amainó.
Milagrosamente, Attaegina ocupaba un hueco entre enormes dunas que se levantaban varios metros por encima de su cabeza.
La arena no la había sepultado. Había pasado horas en estado de meditación, quieta como una roca, pero ahora, al volver al mundo físico, su cuerpo le recordó todo el tiempo que llevaba sin comer ni beber.
Creyó que se iba a desmayar cuando se levantó y apenas podía tenerse en pie, pero era su oportunidad.
El cielo estaba despejado por fin y las estrellas le servirían para encontrar sus posesiones.
Por desgracia, se había alejado bastante.
Caminó tres veces más despacio de cuanto lo habría hecho en condiciones normales.
Y tres horas más tarde llegó donde, esperaba, debía de encontrarse su tienda.
«Ilusa», se dijo. La tormenta de arena seguramente había arrasado con todo.
Las grebas con agua habrían quedado enterradas, el viento habría esparcido la sémola que tenía para comer y la tienda de palos y piel de cabra habría volado por los aires.
Se resignó a aceptar que, de todo lo que había traído con ella, ya no quedaba nada.
Ni siquiera estiércol para encender fuego. Nada.
No entendía qué clase de prueba le proponía ahora el Cosmos, y se sentía tan débil y sedienta que ni lágrimas podía permitirse para no agotar el agua que quedaba en su cuerpo.
Morir ahora, que le quedaba tan poco, era triste, mucho.
Ella había soñado con reencontrarse con Halcón, y si había emprendido el camino del nawal era para caminar junto a él, ¡siempre!
Pero, al parecer, sus planes eran unos y los del Cosmos, otros.
Sintió rabia, una rabia como nunca. Si esa noche se hubiera cruzado con una alimaña, con sus últimas fuerzas habría cargado contra ella, incluso a riesgo de perder.
De cualquier manera, iba a morir. «Antes de que salga el sol», pensó.
Sintió rabia también contra el pueblo angélico porque sabía que todos sus semejantes la observaban desde algún lugar pero ninguno hacía nada ahora por salvarla.
─ ¿Qué pasa con los milagros? ¿Es que nadie va a ayudarme ahora, después de todo lo que he sufrido para llegar hasta aquí?
Y a la espera de una respuesta que no llegó, después de un largo momento de quietud y un doliente silencio, aceptó que no podía tener sus alas de ángel siempre que quisiera, sino «solo cuando corresponde», se respondió a sí misma.
Halcón le había hablado de eso, de la Ley de Correspondencia, pero también de otras muchas.
Y Attaegina había aprendido que su alma era eterna y se regía por las leyes del cielo.
Pero su cuerpo, físico y efímero, se regía por las leyes de la tierra, donde todo nace y muere.
Y se rindió. Se tendió boca arriba y, con sus últimas fuerzas, se aseguró de que las estrellas que brillaban sobre su cabeza eran las que marcaban el punto de partida, el punto en donde Halcón, cuando llegara a buscarla, por lo menos encontraría su cadáver y podría darle una sepultura digna.