El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 75
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CAPÍTULO 75

«He ganado», pensaba Attaegina recuperando el aliento mientras miraba los restos de aquel demonio de arena.

«Mi primer demonio… Y he ganado». Había agotado todas sus fuerzas en el combate, pero tenía que marcharse de ese lugar rápido ante el riesgo de que acudieran más criaturas como esa.

Además, necesitaba regresar a su pequeño campamento, pues allí tenía agua y algo para comer.

Parecía difícil hallar el camino en la oscuridad de la noche, pero ella sabía algo sobre el mapa celeste, pues Aleff insistía mucho en enseñar a todos sus hijos a guiarse por las estrellas.

También Halcón le había dado pautas sobre las figuras que vería en el Desierto del Sari, algo diferentes a las visibles desde Bérika.

En realidad, nada de eso sirvió esa noche.

Apenas caminó tres o cuatro pasos cuando un sueño profundo la venció y su cuerpo cayó sobre la arena.

Y allí se quedó dormida hasta que el sol y una incipiente tormenta de arena la despertaron de golpe.

Era el noveno día. Attaegina, al principio, ni siquiera recordaba qué hacía allí en medio tendida a la intemperie, descalza, con la ropa raída y manchada de polvo arcilloso.

No tenía qué comer ni qué beber, ni siquiera un lugar en donde refugiarse.

Solo al levantar la cabeza y divisar los peñascos regresó a su memoria el encuentro con el demonio y, aturdida, miró con urgencia el punto en donde había tenido lugar el combate, pero la arena se había ocupado de borrar los restos de la criatura.

Del cadáver del joven nawal apenas quedaba la ropa y los huesos, aunque pronto la tormenta se ocuparía de sepultarlos para siempre, concediendo así el descanso eterno al infeliz de Enok.

Ahora solo estaba ella. Ella y la tormenta.

Y eso no era bueno. Aun así, empezó a caminar en la dirección que, pensaba, la devolvería al campamento.

El viento arreciaba azotando su cuerpo con golpes secos.

Respiraba con mucho cuidado, con la boca cerrada y mirando al suelo, pero incluso así y protegiéndose el rostro con el turbante, la arena se le metía en los párpados y, de algún modo, también entre los labios.

En cuestión de media hora no veía absolutamente nada.

No era capaz de distinguir si el camino que trazaban sus pies era recto o se desviaba, pues el suelo devoraba al instante cada una de sus huellas.

Y de pronto sintió como si toda esa arena estuviera endemoniada y esa fuera la venganza de las alimañas por haber eliminado a otro más de los suyos.

Pensó en las palabras de Enok, en eso que le había dicho sobre la madre de Halcón.

Y creyó que se iba a volver loca. «Te mintió, Attaegina, te mintió», trataba de convencerse, «¿cómo va a ser eso verdad?

¡Piensa un poco! El padre de Halcón era un nawal , como su madre: por eso Halcón tiene tanto poder desde niño.

Es lógico. Pero Enok era un diablo, ¿qué iba a hacer, sino confundirte, para verte sufrir?

Eso es justo lo que hacen los demonios».

Sí, tenía sentido que Enok la hubiera puesto a prueba.

Pero de lo que sí estaba segura era de que en el pueblo de los diablos Halcón era bien conocido.

Eso sí que le cuadraba. Y ella sola, sin la menor intención y en medio de la confusión más absoluta, acababa de encajar todas las piezas: las profecías de Calíope hablaban del retorno del Ángel de la Codicia, pero también vaticinaban que aquel que en una ocasión le hizo frente regresaría para luchar de nuevo a favor de la luz.

Y ese elegido, aquel que defendería al mundo de la maldad, la había mirado a los ojos y era el dueño de su corazón.

«¡Halcón!», resolvió. «Halcón, eres tú, el elegido.

¿Cómo no me he dado cuenta antes? Esa es tu carga, tu gran responsabilidad.

El duro destino que se te augura… Ahora lo entiendo todo.

¡Por eso ellos te odian! ¡Los demonios! Te temen y te detestan al mismo tiempo porque te reconocen al verte.

Saben que tú eres… Oh, Halcón, ¿cómo no me he dado cuenta antes? Tú eres el Primer Ángel...».

Esa revelación, tan profunda, la dejó paralizada.

¡Tenía que contárselo a todos en cuantos los viera!

«No, no puedo. Elkerael me dijo que no se podía hablar de eso, o todo saldrá mal.

Así que, simplemente, me mantendré a tu lado, Halcón.

Soportaré junto a ti la carga y compartiré contigo cada herida que las alimañas te hagan.

Sanaré tu cuerpo cuando esté fatigado y dolorido, y nunca, nunca te dejaré caer en la desesperación».

Desesperada. Ese era el estado que definía a Attaegina en esos instantes.

La arena se levantaba varios metros por encima de ella impidiéndole ver absolutamente nada.

Se sentía inmersa en una masa de viento tórrido y asfixiante y el sonido de su silbido, de algún modo, le devolvía a los oídos los últimos rugidos del demonio al que mató.

«¡Ah! Perdóname, que eso no es matar, ¿verdad?

», resonaron con crueldad las palabras de Enok.

Tenía ganas de echarse a llorar porque empezaba a comprender que no podía sobrevivir a una tormenta semejante.

Durante las semanas que llevaba en el desierto con Halcón, jamás se había presentado una así, tan feroz y rabiosa.

Estaba convencida de que era cosa de los demonios, de su horrible raza, tratando de castigarla bajo la luz del sol cuando ellos no podían dejarse ver.

Se había desorientado completamente, ya no sabía a dónde iba ni de dónde venía, y continuar avanzando solo haría que se perdiera más.

Eso en el mejor de los casos. En el peor, puede que estuviera al borde del abismo y la arena le impidiera verlo.

Entonces, se sentó en el suelo. Después se agazapó.

Tenía que volver a su centro, conectarse con el Cosmos y escuchar lo que tuviera que decirle.

Acto seguido, lo comprendió: la solución estaba en el prana del aire, de la arena, del sol.

Podía protegerse con él. A cambio, tenía que confiarse al Cosmos y a sus designios. Y una vez más, su fe la salvó.