El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 74
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CAPÍTULO 74

Attaegina no habría sabido elegir qué prefería, pues ver a ese diablo así, callado y mirándola fijamente, era si cabe aún más inquietante.

─Vale, hemos empezado mal ─dijo aquel, mucho más apacible─. Me llamo Enok, y soy un joven nawal . Si te reto, tendrás que aceptar el desafío. Entonces, saldrás de ese círculo y, si pierdes, harás lo que yo quiera.

─Yo soy una aprendiz ─le espetó ella─. Según la Ley, no se me permite aún aceptar el reto de ningún nawal . Así que no saldré del círculo.

Enok se rio como si le hubieran gastado una broma.

─Eres lista, ¿eh?… Bueno, para ser sincero, en otro tiempo me llamaban Enok.

Yo era un joven nawal que no superó los nueve días en el Corazón del Desierto.

No sé ni cuánto tiempo llevaba aquí cuando me perdí y un demonio de la arena se tragó mi corazón…

Y desde entonces, hay veces que me cuesta saber quién soy de los dos, si el joven Enok o el demonio de arena.

Aunque, por el estado de mi cuerpo, creo que Enok estiró la pata hace ya muchos años.

Attaegina no se atrevía a mirarlo. Le daba miedo encontrar tanta maldad en un rostro que una vez había sido humano.

De hecho, sintió compasión por su relato, en realidad se compadecía de todos los endemoniados.

Era un destino demasiado horrible, por eso, entre otros motivos, había escogido el camino del nawal : para liberar a todos los que, como Enok, cargaban injustamente con esa condena.

Pero, ¿y si ella también terminaba así, convertida en un pobre diablo?

─¿Tú cómo te llamas? ¿Es que no te vas a presentar?

No le diría su nombre. Un nombre era algo muy poderoso en boca de cualquiera. Más todavía tratándose de un diablo.

─Lo sabía ─continuó increpándola Enok─. Eres una zorra sin modales.

─Enok no es tu verdadero nombre, sino el del nawal de cuyo cuerpo te apropiaste.

El diablo no se lo esperaba, pero sonrió divertido.

─Eres más lista de lo que pensaba… Pues, ¿sabes qué? Que yo tampoco te voy a decir mi verdadero nombre. Solo un diablo imbécil le daría su nombre a un humano… Aunque yo sé que a ti te llaman chica ángel. ¿A que no te lo esperabas? Pues resulta que eres bastante famosa.

─¿Quién te ha dicho eso?

Enok sonrió.

─Todo lo que le sucede a cada uno de los nuestros, los diablos lo sabemos.

Je, je… Lo llamamos las voces . ¡Sí! ¡Te sorprendería lo rápido que vuelan las noticias en mi mundo!

Nos lo contamos todo. Por eso sé lo del calamar gigante, que se te tragó y luego te vomitó.

Y también sé que hace unos días mataste a un hermano mío: era un diablo de la arena y estaba parasitando a una niñata beresh .

─¡Ella es inocente! ─respondió Attaegina con indignación─. Solo es una niña. Y por suerte, ahora está a salvo de los tuyos.

─Ya, ya… Y mi hermano también era inocente, ¿sabes? Pero tú lo mataste.

─¡Yo no he matado a nadie nunca! ¡Lo que hice fue enviarlo a la luz!

─¡Ah, perdóname! ─la interrumpió con cinismo─. Que eso no es matar, ¿verdad?

Attaegina recordó las advertencias de Halcón sobre las provocaciones de los demonios. ¡No podía permitir que esa criatura desatara tanto odio en ella! No, no… Solo le quedaban dos días. Dos días terribles a juzgar por las circunstancias. Y después, sería una nawal … si el Cosmos lo quería.

Entre tanto, Enok no apartaba los ojos de sus piernas, de su cuerpo y de su rostro. Ni de su mirada de ángel.

─Esa cicatriz te la han hecho los míos, ¿a que sí? ─le preguntó. Atti se limitó a ignorarle. Entonces, la mueca siniestra de Enok se fue tornando algo más lasciva─. Ya sé por qué va contigo.

─¿Quién?

─El nawal que tiene ojos de rapaz.

Attaegina sabía que hablaba de Halcón, y sin poder evitarlo, le asestó una mirada furibunda.

¡No toleraría que hablara mal de Halcón!

«Te está volviendo a atrapar, Atti», se dijo, «¿no te das cuenta?

¡Eso es justo lo que quiere!». Guardó silencio, pero la chispa de la rabia ya se había prendido en su interior.

─¿A que eres virgen? ─le preguntó Enok de repente─.

Sí, eres virgen. Lo sé, por tu olor. ─Attaegina se contuvo para no insultarlo.

Él se limitó a sonreír─. Hueles dulce como la canela.

¡Por eso va contigo, claro! ¡Qué canalla!

Una chica ángel y, además, virgen. Eres un manjar muy difícil de encontrar, ¿sabes?

Una fruta prohibida, ¡con razón el calamar se enfadó tanto!

─Su risa lo hacía aún más despreciable─.

¡El muy cabrón, te comió y luego te tuvo que escupir!

─Oye, ¡nadie me escupió! Yo me salvé. Obré un milagro y me salvé de la muerte. El pueblo angélico me guía.

─¡Ah! ¿Sí? ─Enok se fingió entusiasmado por su respuesta. Después, continuó repasando el cuerpo de Atti con la mirada─. Y si eres un ángel, ¿por qué no me dejas entrar ahí, contigo? Solo será esta noche. Anda, se nota que tienes frío. Déjame entrar.

─Si das un paso más, el círculo te quemará la piel.

─¡Venga ya, asquerosa perra!

Enok dio una patada al círculo y volvió a herirse solo por tocarlo.

Entonces montó en cólera y volvió a insultar a Attaegina hasta que no le quedó una sola palabra malsonante por decirle.

Ella lo soportó con estoicismo. Cada vez se sentía más segura dentro de su escudo, sentada sobre la arena, bajo la protección del Cosmos y del pueblo angélico.

No podía permitir que un simple diablo como ese le robara a su alma la paz que le había costado tanto trabajo encontrar.

─Anda, déjame entrar ─insistió aquel, ahora en tono de súplica─. Hace mucho tiempo que no me encuentro con una mujer. Y menos con una como tú… Y a los diablos de la arena… Bueno, como a todos los diablos: nos encanta yacer con mujeres...

─Eso es asqueroso ─se indignó Attaegina.

─Sí, bueno, lo que tú quieras. Pero a veces pasa y… algunas humanas engendran a nuestros hijos. ─Volvió a sonreír aunque, en esta ocasión, su mueca adoptó un tono más insidioso. Entonces lo dijo─: Como la madre de ese.

Atti necesitó repetirse mentalmente la última frase para comprender qué trataba de decirle aquel indeseable.

─¿Qué insinúas, diablo? ¿La madre de quién?

Enok se reía. Estaba a punto de golpearle donde más dolía.

─La madre del rapaz, del nawal ese. Se llama Halcón, ¿a que sí?

─¡Solo dices mentiras! ¡El padre de Halcón era un nawal !

─Eso, ¿quién te lo ha contado? ¿Él?

Era mentira. ¡Tenía que serlo! El padre de Halcón era otro nawal , el mismo que les enviaba mariposas azules a su amada y a su hijo cada mañana… Ningún demonio hacía eso.

─Por eso todos los diablos odiamos a Halcón, querida.

Por traidor a la raza y porque, con solo veintidós años, ha matado a más de los nuestros que ningún otro nawal .

En proporción, digo. Pero cualquiera se atreve con él, si cuando era un niño acabó con uno de los gordos, un demonio de arena de los viejos...

Attaegina sintió que se caía por un abismo sin fin.

De repente, todo lo que creía saber sobre Halcón se tambaleaba.

¿Y si Enok decía la verdad? Al fin y al cabo, que un niño de cinco años derrotara a un demonio, así sin más, era muy extraño, sin duda un evento legendario.

Pero, ¿de dónde procedía el poder de Halcón?

«No se lo permitas, Atti, solo te está provocando», se decía para no perder la calma.

Enok era un diablo despreciable y cruel, pero sabía cosas.

Muchas. Como todos los diablos. Y si el Cosmos se lo había enviado esa noche, quizás fuera porque tenía que preguntarle algo:

─¿Qué carga pesa sobre Halcón? ¡Habla, diablo!

─Ehhh… Tranquila, chica ángel, cuida tus modales. ¿Ahora te interesan mis palabras?

─Dímelo, antes de que te envíe a la luz.

Enok negó con la cabeza.

─No, o me coserán la boca. Aunque… ─Una mueca lasciva se dibujó en su rostro cuando decidió hacerle otra propuesta─. Déjame entrar... y te lo cuento. Palabra.

Era un pacto repugnante. Además, Attaegina sabía bien que nunca se debía hacer ningún pacto con diablos, por insignificantes que parecieran. Volvió a hacerse la dura.

─Preciosa, no te haré nada, en serio, nada que duela, quiero decir…

En realidad, quiero hacerte muchas cosas…

─Atti sintió repulsión, pero quería escucharle─.

Tienes que saber que hice una promesa: prometí que no te mataría.

Me castigarán si lo hago… Al fin y al cabo, eres la chica ángel, un bocado que escasea.

Yo no tengo permiso para devorarte, aunque podría probar un poco… si me dejas entrar.

─¿A quién le hiciste esa promesa? ¡Dímelo!

─¿O qué? ¿Me vas a matar si no?

─Te voy a enviar a la luz.

─Pues no sé cómo, si ni siquiera te has ganado el bastón de nawal .

Enok se hallaba muy cerca de ella cuando Atti vio el momento oportuno de alargar el brazo rápidamente y tirar con fuerza de su raíz.

Entonces, el diablo gritó de dolor. Era obvio que no esperaba un ataque sorpresa como ese, menos aún viniendo de una joven asustada.

En ese momento, comenzó un forcejeo desde ambos lados: Attaegina tiraba hacia el interior del círculo mientras que el diablo trataba de apartarse de ella por todos los medios.

Mientras tanto, las manos de Atti apretaban esa raíz de textura blanda y fría que se escurría con movimientos fluctuantes, como un gusano de la putrefacción.

Si lograba meter a Enok dentro del círculo, directamente se desintegraría.

Sin embargo, el diablo hizo un movimiento brusco, inesperado, y se cayó de espaldas arrastrando a Attaegina hacia fuera de su protección.

Cuál no fue su decepción al comprobar que, una vez salió de allí, el círculo se desvaneció, como cuando se sopla la llama de una vela.

Y recordó que Halcón también se lo había explicado, que había que sellarlo recitando los decretos por lo menos tres veces.

Pero, con los nervios de la persecución, lo había olvidado por completo.

Se había quedado sola con Enok en un combate cuerpo a cuerpo y no tenía nada con que defenderse, ni siquiera un zapato para arrojarle a la cara. Su única esperanza era seguir tirando de la raíz hasta sacarla y, si no lo conseguía, podía darse por muerta.

Attaegina hizo un último intento. A Enok le dolía tanto que se revolvía sin parar, pero no coordinaba sus movimientos.

«Un poco más, ya casi lo tienes», pensaba.

Y cuando sus manos empezaron a cansarse y la raíz, después de todo su esfuerzo, se le escapaba, notó que las alas de ángel regresaban a su espalda y las batió con brío.

Brillaba. Toda ella brillaba con una luz fresca y blanca, y era tanta su pureza que Enok tuvo que taparse los ojos porque mirarla le producía dolor.

Y ahí fue cuando el diablo bajó la guardia.

El tiempo se detuvo. ¡Era el momento de sacar de ahí a esa cosa!

Y Attaegina tiró, tiró muy fuerte, y del hueco que el nómada tenía en el pecho salió una monstruosidad sin extremidades del tamaño de un lobo, lacia y sin forma como una lombriz, también ciega, pero con una boca armada de dientes.

Y estaba hambrienta. El cuerpo de Enok no era más que un cadáver ya: ahora se trataba de la criatura.

Atti había visto a Halcón hacer aquello con su bastón, pero ella no tenía más que sus brazos desprovistos de toda defensa.

Daba igual, tenía que terminar lo que había empezado.

Sabía que un bastón era una extensión del poder de un nawal, aunque todo nawal podía emitir ese poder a través de sus dedos: así fue como creó uno de luz y lo sacudió para protegerse de las dentelladas de la criatura, que era mucho más rápida de lo que esperaba.

Y aunque Enok le había dicho que tenía prohibido matarla, en ese estado de bestia no parecía ya recordar su promesa.

Attaegina esquivó no pocos mordiscos como buenamente fue capaz, pues ya había vivido en sus propias carnes la experiencia de recibir una herida de alimaña, el dolor de la infección que superaba al de cualquier otra herida que hubiera sufrido jamás, y no tenía ganas de volver a pasar por eso.

No había más opciones: era su vida o la de ese diablo.

Por eso, empapada en sudor y con la respiración fatigada, decidió terminar con aquello.

Cuando hundió su bastón en el cuello de la criatura, esta emitió un chillido infernal que sintió que le perforaba los oídos, y antes de que la bestia pudiera resarcirse pronunció los decretos con voz firme.

En cuanto fueron dichos, el cuerpo del monstruo se desmoronó como una babosa en sal, no quedando de aquel más que un charco cenagoso sobre la arena del desierto.

Y el alma de Enok, o lo poco que quedaba de ella, por fin fue enviada a la luz.