El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 73
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CAPÍTULO 73

Era el día que hacía ocho en el Corazón del Desierto.

Attaegina aprendía poco a poco a vivir en paz, calma y silencio.

Su cuerpo apenas protestaba y no necesitaba alimentarlo demasiado, pues pasaba horas en meditación, sentada sobre la arena, en profunda comunión con Madre Tierra y Padre Cielo, mientras dejaba atrás el peso de la materia y su alma se fundía con el Cosmos, experimentando únicamente el hecho de ser.

Cuando llegaba a ese estado, Attaegina Mentastro se convertía tan solo en un recuerdo, en algo muy lejano…

Pero el día que hacía ocho, además, descubrió que no solo se había unido con el desierto, con sus vientos y su arena, sino que también reconoció a los sauces blancos de Caliza, a los saúcos, y percibió el halo vital de cada uno de los olivos cuyos frutos, en esa época, su familia estaría cosechando.

Se encontró con el espíritu de los ríos de su tierra natal, con el espíritu de las montañas rocosas que formaban las cordilleras de Bérika.

Todo estaba allí, todo junto. Y ella formaba parte de ello. Parte de todo. Parte del Cosmos.

Comprendió que, si en algún momento necesitaba el prana de alguno de ellos, sus hermanos, solo tenía que llegar a ese estado y pedirlo.

Así era como los nawales usaban su poder sobrenatural para sanar o para luchar, como habían hecho Halcón y Nabor cuando se enfrentaron en Teff.

El prana era inagotable porque procedía del Cosmos.

Pero cada nawal escogía qué forma darle según la afinidad que mantuviera con cada espíritu de la naturaleza.

Fue necesario que el octavo día aprendiera esa lección, pues esa misma noche, la octava, iba a necesitarla...

Poco después del mediodía, Attaegina tuvo ganas de caminar descalza. Sentía el cuerpo entumecido y quería estirar las piernas antes del atardecer. No llevaría nada consigo. Solo era un tramo en línea recta. Después regresaría sobre sus pasos.

Cuando quiso darse cuenta, ya no veía su tienda al echar la mirada atrás.

En el desierto era fácil perder algo de vista, pues desaparecía rápidamente detrás de las dunas o por el efecto del calor en el aire.

Sin embargo, para su sorpresa, esa tarde apareció ante ella un paisaje inesperado.

Eran unos peñascos de tierra arcillosa, roja, y de bastante altura.

No contaba con encontrarse algo así en el Corazón del Desierto.

De hecho, se preguntaba si había salido de los límites establecidos.

Ni siquiera sabía cuánto tiempo había caminado porque la concepción del tiempo en su mente llevaba días alterada, aunque el sol había comenzado a declinar y pronto anochecería.

Tenía que regresar, pero esos peñascos despertaban su curiosidad y, ya que había llegado hasta ellos, quiso inspeccionarlos.

Era la tierra más yerma que sus manos habían tocado jamás.

Más estéril que las rocas de Caliza, más incluso que la arena de las dunas.

Empezó a trepar agarrándose bien con los dedos, que en seguida se cubrieron del polvo de la arcilla.

Solo quería ver lo que había, si es que esos peñascos señalaban algún paso fronterizo.

Entonces subió más, hasta que obtuvo una visión completa, y se detuvo al descubrir el abismo que la separaba del otro lado.

Abajo, un desfiladero pedregoso y seco era la sentencia de muerte de todo incauto que se precipitara desde aquella altura.

Más allá, la vasta extensión de arena continuaba hasta donde alcanzaba el horizonte. Y eso era todo.

─ ¿Por qué no saltas? Eres un ángel, ¿no?

Esa voz no era la del Cosmos. Ni la de Halcón. Ni la de nadie que Attaegina conociera. Se giró asustada para reconocer a su interlocutor cuando se percató de que se estaba haciendo de noche. Ya no quedaba un solo rayo de sol en el cielo.

─ ¿Quién eres? ─ preguntó con un hilo de voz. El desconocido, vestido con la indumentaria de los nómadas, sonrió con malicia. Tenía las encías pardas, los dientes cubiertos de grietas y la tez de un color azulado y enfermizo que recordaba al de las heridas infectadas.

─ ¿Yo? Solo soy un joven nawal … ─ respondió con una risa nerviosa ─ . ¿Y tú? ¿Qué haces aquí, descalza y sola?

Attaegina supo en seguida que no era un ser humano, sino un nómada fantasma. Halcón ya le había advertido sobre ellos. ¡Tenía que escapar! Pero el abismo seguía ahí, justo detrás de ella. El misterioso nómada continuó acercándose, despacio, como un depredador hambriento.

─¡ Vamos! ¡Salta, chica ángel! ─ la apremió ─ . ¡Salta, no te pasará nada malo! ¿O es que los tuyos no vendrían a sujetarte? Los ángeles, ¿te dejarían morir?

─ Los ángeles me sujetarían si los necesitara ─ contestó recuperando la entereza ─ . Si cayera por accidente, ten por seguro que vendrían a recogerme. Pero saltar por capricho, por un impulso egoico, solo para probar que están ahí… Eso sería una lamentable falta de fe.

─ Ah, sí… ¡La fe! ¡La Fuerza Espiritual!

La criatura se abalanzó sobre Atti, pero ella se escabulló rodando por el suelo. Faltó poco para que el nómada fantasma se precipitara por el abismo, aunque en el último momento mantuvo el equilibrio y se enderezó. Entonces, continuó persiguiendo a su presa.

Attaegina bajó de los peñascos lo más rápido que supo, casi dejándose caer, arañándose brazos y piernas, rasgándose la ropa.

Cuando por fin llegó a la arena, trató de correr, pero el nómada fantasma la alcanzó, la arrojó contra el suelo y después la sujetó violentamente ejerciendo fuerza con todo su cuerpo sobre ella.

Era tanto el odio imprimado en su rostro que Atti, por un instante, se quedó inmóvil, sin saber cómo reaccionar.

Estaba aterrorizada cuando vio algo moverse bajo la camisa raída de ese diablo: no le cabía la menor duda de que se trataba de la raíz, el vínculo de unión entre ese monstruo y el cuerpo que había parasitado.

Si lograba mover un brazo y tirar de ahí, tendría alguna posibilidad, pero tumbada como estaba debajo de esa bestia, lo único que tenía a su alcance era… «Arena», pensó.

─Él te ha abandonado y no va a venir a ayudarte ─susurraba el nómada fantasma con una mueca perversa─. Puedes gritar si quieres, que nadie vendrá…

Toda la arena que rodeaba el cuerpo de Atti se alzó de pronto azotando al demonio como un millar de pequeñas agujas que se le clavaron en el rostro y nublaron sus ojos vacíos de vida.

Y aprovechando el golpe, la joven se escurrió y salió huyendo de nuevo en tanto que la bestia, tratando de recomponerse, le arrojaba toda clase de insultos.

Cuando se encontró a bastante distancia, Attaegina se detuvo.

No bastaría correr porque la criatura era mucho más veloz.

Así pues, trazó un círculo de protección lo bastante grande como para mantenerse a salvo, pero solo lo suficiente, pues necesitaba tiempo para dibujarlo.

Tres veces, tenía que repasarlo tres veces.

En el momento en que lo cerró, se quedó dentro, sentada, recitando los decretos de protección que Halcón le había enseñado mientras que el nómada fantasma gritaba enfurecido y profería toda clase de amenazas.

Una de las veces se acercó tanto que Atti dudó de la eficacia de su protección, pero la criatura, en cuanto tocó el círculo invisible, se ulceró la cadavérica piel de sus manos.

─¿Crees que puedes quedarte ahí toda la noche, zorra?

Attaegina temblaba de los pies a la cabeza.

No sabía cuánto tiempo podría resistir, si el escudo terminaría debilitándose o si ese diablo haría algo con lo que no contaba.

«El Cosmos me protege», se repetía, «soy una con el Cosmos y aquí todo está bien».

El cielo se llenó de estrellas y el nómada fantasma continuaba increpándola, dando vueltas alrededor de su escudo de protección.

Asomó la luna por el horizonte. En solo tres días se pondría llena.

Gracias a su luz, a falta de una hoguera, podía ver en todo momento a la criatura que, un rato después, se cansó de gritar y se sentó frente a ella. En silencio.