El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 72
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CAPÍTULO 72

A lo largo y ancho de Alandum, Minos se había convertido en un hito, en una leyenda, en el héroe del Imperio. Allá donde Nabor lo enviaba, las tribus y pueblos sucumbían sin poder siquiera plantearse la rendición. Nunca dejaba supervivientes.

Pero era diferente en los campamentos militares.

A los soldados les inquietaba esa capacidad asesina, ese instinto perverso que se sostenía en la crueldad.

Minos no se relacionaba con ninguno más que para cumplir con sus obligaciones.

Ni siquiera se andaba con las concubinas de palacio pretendiendo a una o a otra.

Estar acompañado o no sencillamente le daba igual.

Incluso su mirada, inexpresiva y fría como la de un reptil, era evitada por todos sus subordinados.

Seguía estrictamente órdenes de su padre, era cierto, aunque la idea de tenerlo por enemigo era temible para cualquiera.

La violencia y atrocidad con que aniquilaba a sus víctimas empezaba a ser mal vista por algunos, denunciada por otros.

Y eso provocó que una guarnición entera de soldados se revelara en su contra y depusiera las armas, pues ellos se consideraban soldados, no asesinos ni verdugos.

Dicha guarnición fue ejecutada al día siguiente por mandato de Nabor y, como era de esperar, Minos fue el encargado de llevar a cabo la ejecución.

Y no lo hizo bajo su apariencia humana, sino en su forma demoníaca.

─ No son capaces de seguirme, padre. Ninguno de tus soldados lo es.

─ Porque son humanos, Minos.

─ Entonces, ¿eso explica su debilidad?

Nabor le ofreció un plato de cordero asado que Minos comió sin mostrar una gota de pasión. Mientras engullía de forma mecánica, sin casi masticar, el Patriarca continuó explicándole:

─ La raza humana es defectuosa, impura y débil.

Me recuerda a menudo al ganado, no solo por lo fácil que es pastorearlo, sino también por su estupidez.

Hasta resulta sencillo provocar que se destruyan entre ellos.

Se me antoja divertido, de hecho… Ese es el motivo de que, a lo largo de la historia, los seres humanos siempre hayan necesitado a seres superiores, como tú o como yo, que los guiaran.

¿Por qué, si no, crees que siempre me han adorado?

La figura del Patriarca les hace sentirse seguros y a salvo.

Los habitantes de Alandum delegan en mi gobierno todas su voluntades simplemente a cambio de protección, de saber que tendrán un techo y un plato de comida incluso aunque sean pobres, pues saben que en mi palacio nunca se deja a un ciudadano sin cenar.

A cambio, establezco sus fronteras, decido qué lengua ha de hablarse, ningún barco zarpa sin mi consentimiento y hasta elijo quién debe morir y quién puede continuar vivo.

─ Si es como dices y su raza posee tan poco valor, ¿por qué todavía no has acabado con ellos?

─ Minos se aclaró la voz con un trago de vino y después continuó ─ .

¿No te parece que son un estorbo? Nuestra raza los supera con creces.

No sería difícil que los nuestros colonizaran Nueva Pangea. No necesitamos a los humanos para nada.

─ En eso te equivocas, hijo. Puede que seamos más grandes, fuertes y fieros, más astutos incluso, y con diferencia, más longevos.

Pero sí los necesitamos, claro que los necesitamos.

Y, ¿sabes por qué? ─ Minos no lo sabía. No tenía la más remota idea.

Nabor continuó ─ : Porque ellos poseen algo que tú jamás tendrás. Los humanos tienen alma.

Para Minos era un concepto indescifrable, algo que escapaba a su comprensión.

─ ¿Y tú? ─ preguntó ─ . ¿Tú tienes… alma?

─ La tuve, hace mucho tiempo. Pero la vendí a cambio de ser el amo del mundo.

─ Y bien, ¿para qué nos sirve que ellos tengan alma?

Nabor habló sin tapujos:

─ ¿A qué te sabe cuando te comes su corazón?

Los ojos de Minos se abstrajeron mientras su imaginación nadaba en el placer gustativo.

─ No sé… Es como… Es lo único que me sacia realmente en este mundo.

─Pues ahí está su alma. ¿Lo comprendes?

Minos asintió con la cabeza mientras seguía tragando. Se quedó mirando al frente, con el rostro imperturbable, y al cabo de un rato preguntó:

─¿Cuándo podré tenerla? A la chica ángel. ¿Cuándo?

Su gesto se tornó voraz y hasta sus colmillos se afilaron mientras empezaba a salivar.

─Todavía tienes que esperar. Ya te lo dije.

─Pero, ¿cuándo?

─En la última luna llena de otoño. Espera a esa noche y obtendrás todo el poder que te prometí. Entonces, podrás devorarla. Será toda tuya. Palabra.

Minos se dio por satisfecho. Nabor, sin embargo, llevaba algunos días inquieto por la tardanza de Attaegina, pues le extrañaba que ella y Halcón no estuvieran ya en Teff tratando de boicotear sus planes.

¿Y si Attaegina no daba la cara durante la noche del ritual?

Si ella y el nawal no llegaban a tiempo, todo saldría mal.

─¿Sabes qué he pensado? ─añadió─. Creo que podrías acercarte a darle un aviso.

─¿Un aviso? ¿A qué te refieres?

─¿Por dónde crees que anda ahora nuestra chica ángel?

─Creo… ─se aventuró Minos dejando la comida a un lado.

Se quedó mirando el fuego de una antorcha, toda su atención se perdió en el movimiento fluctuante de las llamas y, de pronto, entró en un ligero trance─.

Las voces dicen que uno de los míos ha caído.

Fue hace algunas noches, en medio del desierto de Sari.

Las voces también dicen que fue por culpa de una mujer nawal .

─¿Eso dicen los tuyos? Es ella, ¡seguro! ─exclamó Nabor─. Halcón la habrá iniciado para que se una a la batalla en mi contra.

Minos aún se encontraba disperso, confuso, cuando respondió sin gesticular:

─¿Quieres que te la traiga?

─No, no. Solo quiero advertirle que sabemos dónde está y que la estamos esperando.

─¿Entonces?

Nabor se relamió de gusto. Todo estaba saliendo a la perfección.

─Tendrás un ejército, Minos, pero esta vez uno de verdad.