El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 71
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CAPÍTULO 71

Era el cuarto día que Attaegina pasaba en el Corazón del Desierto, y desde hacía dos su actitud había cambiado.

Había dejado atrás todos sus lamentos, su rabia, su autocompasión, y su lugar lo ocupaba ahora una suerte de claridad.

El desierto le había regalado silencio y quietud a su mente y ella, por fin, se había entregado a la voluntad del Cosmos en un acto de fe.

« Fuerza Espiritual » , se decía en los momentos de flaqueza.

Ese fue otro de los regalos que recibió: cuando dejó de luchar y de oponer resistencia, descubrió que todo se volvía más sencillo, que sentía menos hambre y menos sed, que su cuerpo ya no estaba tan cansado y que ni siquiera el sudor, el calor del día o el frío nocturno eran problemas.

Las horas en ese lugar no parecían ceñirse al orden normal, sino que las percibía difusas, sin límite, como si el tiempo hubiera dejado de existir.

Solo el sol y la noche marcaban algo de ciclicidad, lo que distinguía los periodos de reposo de los de actividad.

Y aunque al principio pensó que en un desierto como ese nada había para hacer más que meditar, poco a poco fue descubriendo su riqueza, la inmensa fuente de sabiduría que moraba en cada grano de arena, en cada pizca de viento.

Fue así como empezó a escuchar al Cosmos, que le hablaba a través de la voz del desierto.

« Estés donde estés, el Cosmos encontrará la manera de hacerte llegar sus mensajes » , le había dicho Halcón en una ocasión.

Y así fue como accedió a la memoria colectiva de todos aquellos nawales del pasado que, con más o menos éxito, habían afrontado allí sus novena.

Y ya no se sintió sola, sino perteneciente a algo más grande, algo que no se podía explicar, que solo se sentía.

Y lo sentía en las entrañas. « Todos somos uno » , pensó.