El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 70
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CAPÍTULO 70

Habían pasado horas desde el amanecer, sin embargo, Attaegina continuaba tendida sobre su estera tras la primera noche.

No tenía ganas de levantarse ni de moverse.

Ni siquiera había salido de la tienda para mirar el horizonte, el cielo o el sol ni para ponerse de pie.

Mientras dormía, había menstruado. Se sentía apática, débil, triste.

─ Estúpida, eres estúpida ─ se reprochó. Era más de mediodía cuando, cansada de girar sobre sí misma, decidió incorporarse. Y salió para recibir la luz del día en la cara. Silencio. No halló más que dunas y silencio.

Regresó a la humilde sombra de su precario hogar.

Seguía enfadada consigo misma, aunque menos.

El llanto y la sangre menstrual parecían haberse llevado algunas cosas por delante, como el agua cuando volvía a fluir por los arroyos sedientos empujando hacia delante las hojarascas y la maleza seca, todo lo que ya no servía.

Entonces, decidió marcar el paso de los días haciendo pequeñas incisiones en una de las ramas que sujetaban el techo de la tienda, pues allí, en medio del Corazón del Desierto, las horas se confundían con años.

Regresó a su estera. Tenía calor, se sentía sucia, anhelaba un baño en el río, agua fresca, un poco de sombra como la que daban los sauces en verano.

Sabía que no lo tendría. Y se perdió en sentimientos de rabia, de hastío, de carencia.

Se planteó si, para convertirse en nawal , le bastaría sobrevivir esos nueve días hasta que Halcón fuera a buscarla. Ella misma se respondió:

─¿Cómo va a ser eso lo que el Cosmos quiere de mí? ¿Sobrevivir? ¿Comer, beber y dormir? Despierta, Attaegina: ¿qué nawal haría eso? ¿Qué crees que hizo Halcón en su día? Y eso que él solo tenía cinco años… Cinco años…

Se sintió profundamente avergonzada por su actitud.

¡Halcón había sobrevivido a la prueba siendo aún más pequeño que su hermana Galatis!

Y ella, una mujer hecha y derecha, lo único que había hecho desde que había llegado allí era llorar y quejarse.

Culpa, volvió a regodearse en la culpa, en el desprecio hacia sí misma.

Además, le dolía la matriz, ¡le dolía como nunca!

Pero no disponía de ninguna de las plantas medicinales que solía usar para aliviar sus dolores.

Atardecía ya. Tumbada, donde seguía, se quedó mirando el horizonte. Todo el cielo se había teñido de un majestuoso color naranja. Era tanta su belleza, y solo ella podía verla, que por primera vez desde que había llegado allí sintió gratitud.

─Este es el regalo de hoy, ¿verdad? ─dijo─. Entiendo. Cada día, un regalo.

Y antes de que se hiciera de noche, salió a la arena. Honró a Padre Cielo, a Madre Tierra, y dio gracias al Cosmos.