El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 69
74%

CAPÍTULO 69

Muy lejos del desierto, en Virim, Lorick cuidaba de Creta en una humilde celda del Templo de las Ratas.

Ella dormía todo el tiempo. Él, en cambio, no pegaba ojo mientras rezaba sin parar, suplicando al Cosmos que apartara a la muerte de su amada.

Por eso, apenas se separó de ella en todo el tiempo que pasaron allí.

Los monjes les procuraron agua y arroz cocido además de su atención, pues a menudo preguntaban si la joven se había recuperado ya y si necesitaba que se le practicara sanación.

Pero Lorick, sin dejar de darles las gracias, se aferraba al pronóstico de Sekmis, un pronóstico que, tras largas horas de angustia, se cumplió: Creta despertó en la medianoche del tercer día.

─Lorick ─murmuró cuando abrió los ojos y no reconoció el lugar─. Lorick.

El nórdico, casi de un salto, corrió a su lado para cogerle las manos. En cuanto Creta sintió la firmeza de sus dedos, se relajó.

─Toma: bebe un poco ─le dijo Lorick ofreciéndole agua. Y Creta bebió con la sed de mil hombres.

─¿Dónde está Nilo? ¿Y qué sitio es este?

─Tranquila, estamos a salvo en el Templo de las Ratas. Y Nilo… Insistió en llevar el manuscrito a Teff.

─¿Él solo? ─Lorick asintió. Entonces, Creta cayó en la cuenta de algo muy importante─: ¿Conseguisteis el manuscrito? ¿Cuándo? Y, ¿dónde? ¿Dónde estaba?

─Come ─fue la única respuesta que obtuvo.

Cuando Lorick puso delante de ella un cuenco de arroz, sus tripas le recordaron que llevaban días vacías y empezó a comer con voracidad, usando las manos, mientras escuchaba con atención cómo encontraron a Sekmis en la plaza porticada y todo cuanto la anciana les reveló sobre el manuscrito de Calíope.

─Tenemos que ir a Teff también nosotros, cuanto antes ─dijo.

─¿Estás segura? Los monjes pueden acogernos durante más tiempo. Creta, has estado a punto de morir…

─¿Olvidas que soy una Mentastro? ─le respondió levantándose del suelo poco a poco─. Si lo digo, lo hago. A tozudez no nos gana nadie. Y tú lo sabes.

Recogieron lo poco que llevaban y se dirigieron al vestíbulo del templo, donde un hermoso tapiz cosido pacientemente por los monjes mostraba a la piadosa, a la vez que extraña, diosa Elefante, con cuerpo de mujer y rostro de animal, rodeada de ratas con las que compartía su comida.

Lorick dejó una generosa limosna a los pies de la deidad, como pago por la hospitalidad que habían recibido, cuando justo en ese momento uno de los religiosos se cruzó con ellos y sonrió al ver a Creta despierta y en pie.

─¿Ya os vais? ─les preguntó. Ellos asintieron y le dieron las gracias por el asilo y por toda la ayuda recibida.

El monje añadió algo más─: Entonces no vayáis por ahí.

Salid por aquella otra puerta. Encontraréis el puente de los magnolios.

Hay un paso poco conocido que va por debajo.

Si camináis hasta el final, llegaréis a un camino boscoso y saldréis de la ciudad sin tener que rendir cuentas a los centinelas de las murallas.

Quizás supo desde que los vio entrar allí que Nabor había puesto precio a sus cabezas.

Pero precisamente por eso los estaba ayudando.

Era lo propio en aquel templo: ayudar a los marginados, a los pecadores, a los enfermos, a los rebeldes.

Cualquier paria era un buen huésped para la diosa Elefante. Incluso las ratas.

Creta y Lorick no perdieron un instante.

Hicieron caso de las indicaciones del monje y, en apenas una hora, habían salido de Virim sin ser vistos por nadie ni levantar sospechas.

Después no se detuvieron hasta que la muralla, alumbrada por las luces nocturnas, desapareció en lontananza.

Despuntaba el alba cuando se adentraron en un camino agreste, y allí por fin, a salvo de los centinelas, de Sigrif y de la ciudad y de todo su caos, se sentaron a descansar en silencio mientras contemplaban el amanecer.

─Hace solo semanas que Nilo me enseñó a escribir con un palo en el barro ─dijo Creta con aire nostálgico─. Desde entonces, cuántas cosas nos han ocurrido…

Lorick solo la observaba. Quería asegurarse en todo momento de que el veneno de Sigrif había desaparecido para siempre, de que la muerte se había alejado de Creta hasta dentro de mucho tiempo. Ella continuó hablando:

─En realidad, leer no me sirvió de mucho. Apenas comprendía una palabra de esos papiros. Menos mal que Sirio no se daba cuenta.

Se quedó callada, compungida, mientras una lágrima caía por encima de su mejilla. Al verla llorar, Lorick le cogió la mano.

─No pude sacar de allí su cadáver ─dijo─. Merecía una sepultura digna, pero era imposible. Sigrif casi nos mata a todos.

Creta tenía la mirada perdida, posada en el horizonte. Ahogó un sollozo.

─Al menos murió rodeado de todos esos manuscritos ─añadió─. Y su cuerpo se hizo ceniza junto a toda esa sabiduría. ─Se quedó pensativa. Luego, prosiguió─. Quiero que le dediquemos una oración, para que descanse en paz.

─Claro.

Y cogiendo aire, rezó:

─Por el poder que me otorga la presencia divina, os pido, Padre Cielo y Madre Tierra, que acojáis el cuerpo y el espíritu de Sirio en la tierra de más allá, donde moran los ángeles, y que su alma siga su curso en amor, paz y luz, por siempre y para siempre, en su viaje hacia el reencuentro con el Cosmos.

─Sea ─concluyó Lorick.

Una brisa fresca desfiló por delante de los dos agitando suavemente el cabello de Creta que, por un instante, sintió que era Sirio diciéndole adiós con su habitual entusiasmo, con esa sonrisa de gratitud que jamás se borraba de sus labios. «Adiós», pensó. Y se sintió un poco más en calma.

Lorick no abrió la boca. No quería romper la solemnidad de ese momento. Por eso, se levantó sin hacer ruido y organizó su equipaje procurando molestar lo menos posible. Fue entonces cuando extrajo las dagas gemelas.

─Pensaba que se habían quedado en la biblioteca ─dijo Creta. Lorick se las entregó.

─Por suerte, Nilo las recuperó.

─Oh, me alegro… Fue un regalo precioso. ─Creta las envainó en su cinturón, su viejo cinturón de cuero de Caliza, y Lorick se acordó con impotencia del hermoso vestido de seda verde, el mismo que Sigrif, con la peor de sus intenciones, arruinó.

Pero, ¿qué era un vestido comparado con aquel momento?

Había visto a Creta morir y resucitar, y ahora la tenía frente a él, absorta, mirando fijamente un punto sobre su pecho, como si hubiera visto un fantasma. O, mejor dicho, un milagro.

─¿Mi trenza? ─preguntó─. ¿Cuándo se la quitaste al brujo?

─Dale las gracias a Nilo. De no ser por él, se habría quemado en la sala de archivo. Pero, por suerte, la he recuperado. Y ahora… Ahora, ¿sabes qué, Creta?

Creta se puso nerviosa. El corazón le latía tan fuerte que creía que le iba a reventar. Su trenza anudada en torno al cuello de Lorick, eso significaba…

─¿Me estás pidiendo que…? ─insinuó, dudosa.

Lorick la interrumpió y le pidió silencio con un gesto.

Entonces se acercó hasta que apenas los separaron un par de pasos.

Un súbito rubor coloreó las mejillas de Creta y le temblaron los dedos cuando él se los acarició y se arrodilló ante ella.

Siempre deseó poder pedírselo así, en la intimidad, sin un clan entero delante.

─Creta Mentastro, ¿quieres ser mi prometida?

Los ojos de Creta brillaron de felicidad mientras asentía con la cabeza repetidas veces.

Llevaba años soñando con ese momento y ahora, por fin, tras tantas aventuras, malentendidos y desencuentros pero también pruebas superadas y muestras de amor incondicional, el Cosmos le regalaba lo que, en realidad, siempre guardó para ella. Solo tenía que alargar la mano.

Lorick se puso en pie y acortó toda la distancia que los separaba, rodeándola despacio con sus brazos.

Y mientras le acariciaba el rostro, sus labios la encontraron en un beso lento como los copos de nieve al caer, pero intenso y largo como los inviernos del Norte.

Adoraba la tersura de la piel de Creta, su perfume silvestre.

Su espíritu salvaje, libre. Y por cada beso le regaló un prado lleno de botones de oro, como si de una ofrenda se tratara para su amada diosa de los bosques.

La que siempre lo esperó tras el recodo de cada camino.

La que siempre cuidó de él a la sombra de los sauces.