CAPÍTULO 68
Dos días después del suceso con Tadai, Attaegina y Halcón se separaron definitivamente de los beresh y emprendieron un camino diferente rumbo al Corazón del Desierto, como se llamaba allí en el Sari.
Llegaron al atardecer. Se trataba de la zona más alejada de cualquier poblado, aquella en donde la supervivencia se convertía en un auténtico desafío.
Especialmente para alguien que viajara solo.
Halcón marchaba cabizbajo, más serio de lo habitual.
Y no era por lo que había ocurrido con el diablo de arena hacía ya dos noches.
No. Su preocupación era Attaegina. Estaba a punto de enfrentarse a lo que más le aterraba de ese viaje, el mismo motivo por el que había rogado a Elkerael y a Yarbha que se ocuparan ellos del adiestramiento de la joven, pues tenía que abandonar a Atti allí, en medio de la nada.
─ Pasarás los siguientes nueve días aquí sola. Los nawales lo llamamos la novena . El que hace diez, en cuanto amanezca, vendré a buscarte. Nos encontraremos en este mismo lugar. Si al caer el sol no has aparecido, tendré que marcharme sin ti.
─ Entiendo ─ asintió Attaegina sin mostrar ningún temor. Halcón le hablaba con frialdad, como si fuera un auténtico desconocido. Eso facilitaría el momento de la despedida. Ambos lo sabían. El nawal prosiguió:
─Tienes agua para los nueve días. Raciónala bien.
También tienes comida, pero solo una ración diaria.
Si no la gestionas, es muy posible que pases alguna jornada sin probar bocado.
Además de eso, te corresponde una porción de estiércol de dromedario para hacer fuego de noche, pero resérvalo porque es escaso.
Halcón le hizo entrega de los víveres. Luego, Attaegina cogió la piel de cabra, la estera y las ramas con que montaba su tienda cada noche desde que vivían en el desierto.
No poseería más que eso, su ropa y un caldero de hojalata.
Ni siquiera un dromedario para marcharse de allí en caso de necesidad.
─ Utiliza las estrellas, serán tu único mapa en el desierto. Desconfía en cambio del viento y de las dunas. Solo te confundirán.
Y no tenía más indicaciones que darle, pero necesitaba mirarla por última vez, pues cabía la posibilidad de que no hubiera más ocasiones.
─Sabes que yo no quería esto, ¿verdad, Attaegina?
¡No pudo evitarlo! Tenía que decírselo porque…
¿Y si Atti moría a lo largo de esos nueve días?
Ella asintió con tristeza. También era consciente de lo lejos que había llegado, pero a medida que pasaban los minutos se sentía cada vez menos segura de poder terminar lo que empezó.
Respiró hondo, varias veces. Si deseaba arrepentirse, ese era el momento.
Pero entonces, tiraría por tierra todo cuanto había logrado ya.
Y ella quería ser una nawal porque solo así podría acompañar a Halcón durante el resto del camino.
─Estoy preparada ─respondió con severidad. Halcón lo asumió y, acto seguido, pronunció las palabras ceremoniales:
─Sea, Attaegina Mentastro. He aquí tu última prueba. Que dentro de diez días encuentre una nawal donde hoy abandono a esta mujer. Que Madre Tierra y Padre Cielo te amparen siempre, y que el Cosmos dé respuesta a todas tus preguntas.
─Sea ─se limitó a contestar ella. Y ninguno abrió más la boca.
Era como si el viento del desierto hubiera sellado sus labios.
Halcón la bendijo con un gesto de las manos y, acto seguido, dio media vuelta y se marchó con todos los dromedarios sin echar la vista atrás ni una sola vez.
Y Attaegina, quieta y en silencio, lo vio alejarse hasta que el viento y la arena borraron su imagen y sus huellas.
Tan pronto como perdió de vista a Halcón, un llanto amargo desgarró su garganta al pensar que, quizás, no volvería a verlo nunca y ni siquiera se había podido despedir de él.
Lloró con desconsuelo, agazapada, durante horas.
Añoró a sus hermanos, a su padre y a su madre, y se arrepintió por todo el daño que les había hecho a Lorick y a Creta.
También lamentó todo lo que jamás podría llegar a hacer si moría durante su iniciación.
Y perdida entre el pasado y el futuro, empezó a dudar de sí misma, de sus decisiones, y después se odió por su torpeza y su vanidad.
─Pero, ¿quién te has creído que eres, Atti? ─se dijo─. Eres una orgullosa, una engreída. ¿Creías que iba a ser fácil? ─Se quedó callada un instante. Continuó─: Pues mira a tu alrededor. Aquí no hay nada. Ni una maldita ortiga puede crecer en estas tierras. ¿Qué pensabas que ibas a encontrar?
Se hacía de noche. Si no montaba ya la tienda y prendía una hoguera, la oscuridad se le echaría encima antes de lo esperado.
Entonces se levantó y comenzó a moverse.
El trabajo manual aquietaba su mente, sobre todo la cocina, la alquimia de los alimentos.
Ya no tenía fuerzas para llorar, quizás porque había derramado todas sus lágrimas.
Era como haberse vaciado. Pero el vacío podía llegar a ser tan aterrador como el desierto en la noche, como su silencio y su oscuridad.
Cenó poco, pues apenas tenía hambre, y después trazó el círculo de protección tal y como Halcón le había enseñado.
Si permanecía dentro hasta que saliera el sol, se mantendría a salvo de las alimañas, aunque aquel lugar estaba tan aislado de todo que incluso llegó a dudar de si las bestias se acordaban de pasar por allí.
La lumbre moría y ella aún no había conseguido conciliar el sueño, y aunque llevaba encima, como siempre, la gema de Halcón, se limitó a tocarla con los dedos, pero no prendió su espiral de luz porque consideró que sería como hacer trampa.
Encogida debajo de la tienda, empezaba a sentir frío.
Ignoraba qué querría de ella el desierto, el Cosmos.
En esos momentos ni siquiera estaba segura de qué les podría ofrecer.