El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 67
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CAPÍTULO 67

Tadai dormía plácidamente, como si nunca hubiera sucedido nada aquella noche. Entretanto, Attaegina velaba su sueño sentada sobre una estera. Minutos antes, sobre el pecho de la niña había untado bálsamo de mirra e incienso.

─Apenas le quedará cicatriz ─susurró Halcón tratando de no alzar mucho la voz─. Y mañana no se acordará de nada. Quédate tranquila. La criatura ha sufrido mucho más que ella.

Atti no levantó la mirada de Tadai. Cada vez que recordaba la imagen de ese diablo, se sobrecogía.

─Algún día tendrás que hacer esto mismo tú sola ─continuó aleccionándola el nawal ─.

Cuando veas esa cosa sobresalir del pecho de un ser humano, tienes que tirar con firmeza.

Pero lleva mucho cuidado, no flaquees porque, si durante el proceso se rompe una parte de la alimaña y no la extraes del todo, con que se quede una pequeña porción dentro del cuerpo de la víctima volverá a crecer con los años y tendrá que repetirse todo el proceso.

─Me recuerdan a las garrapatas que se enganchan a nuestros perros. Mi padre nos decía que si se quedaba una parte dentro de la piel, los perros enfermarían y morirían. Él nos enseñó la manera de sacarlas.

─Es una buena comparación: las alimañas no son tan diferentes de las garrapatas.

Se quedaron callados de nuevo escuchando la respiración profunda de Tadai.

El resto de la tribu dormía. El nawal y su discípula se habían comprometido a cuidar de la niña durante toda la noche mientras sus padres descansaban, especialmente Tabir, que era el guía de la caravana.

Una brisa fresca y liviana penetró en la tienda agitando con suavidad las telas que hacían de paredes.

Tadai, al sentirlo, musitó alguna palabra en sueños y su expresión, aun dormida, manifestó un sentimiento angustioso.

Attaegina le acarició la frente y se la besó, y cuando sus labios entraron en contacto con su piel, un recuerdo golpeó su memoria: Halcón era un niño, lloraba en la cama junto a su madre, tenía fiebre, vómitos…

Y Elkerael se acercaba con paso misterioso mientras él pedía perdón con un tono de súplica que Atti seguía sin saber cómo justificar…

─Halcón, quiero hacerte una pregunta. ─Halcón, agotado, levantó la cabeza para mirarla─. ¿Te poseyó algún diablo cuando eras pequeño?

─No ─respondió sin dudar─. No, no. Lo mío fue diferente, Attaegina.

─¿Por qué estás tan seguro?

─Porque mi madre y Elkerael me lo habrían contado, claro.

El día que el maestro vino a verme, yo acababa de vencer a un demonio de arena.

Aún no me lo explico, yo solo era un niño.

Además, no me acuerdo de nada. ─Su respuesta no convencía del todo a Atti.

Quedaban piezas sin encajar. Continuó─: Elkerael piensa que, al ser hijo de dos nawales , pude heredar parte de su poder simplemente por transmisión sanguínea.

Por eso vencí a esa bestia. Por eso me iniciaron a los cinco años.

Supongo que mi madre, sabiendo lo travieso y rebelde que era, vio conveniente enseñarme a canalizar toda esa fuerza antes de que creciera más y me convirtiera en una flecha sin control.

─Entiendo… ─Después de todo, el testimonio de Halcón tenía sentido. Pero había más─: ¿Y el sello? ¿Por qué te puso el sello?

─Eso ya me lo preguntaste. ─Atti no dijo nada, pero por su gesto no parecía conforme con la respuesta. El nawal se lo explicó de nuevo─: Solo era protección. Un sello de protección. Al parecer, los diablos de la región me tenían muchas ganas tras haber matado a uno de los suyos.

─¿Por eso reaccionan en tu presencia?

─¿Qué?

Era otra de las cosas extrañas que Attaegina venía observando desde hacía un tiempo. Se explicó:

─Anut Torvisco, por ponerte un ejemplo. Él siempre había sido extraño, pero jamás se había comportado como la noche en que llegaste a Caliza.

Esa noche parecía una bestia de verdad. Lo mismo ha sucedido con Tadai.

Sus padres han dicho que la criatura jamás había dado la cara.

¿No te ocurriría lo mismo con Rey? Dices que, el día que llegaste a su aldea, se comportaba como un auténtico demonio.

Y eso nunca antes había ocurrido porque, de haber sido así, lo habrían matado.

Halcón se quedó pensativo. También le sucedió a Proserpina, la niña morena del cortijo de los Parras.

El día que puso un pie por primera vez en el comedor de la familia, Proserpina dejó salir a la alimaña que llevaba parasitándola toda la vida.

Y haciendo memoria, empezó a atar cabos y llegó a la conclusión de que el mismo patrón se daba una vez y otra…

─No lo había pensado, pero creo que tienes razón ─aceptó─. Quizás buscan venganza y cuando sienten que estoy cerca, la criatura toma el control sobre el ser humano para atacarme.

Attaegina escuchaba con atención mientras tomaba una mano de Tadai entre las suyas. La niña se había vuelto a serenar.

─Cuando hay alimañas cerca, me duele mucho el pecho, Attaegina ─continuó Halcón.

Y por primera vez en semanas desocupó el puesto de mentor y se mostró como el joven asustado que era en ese instante─.

Bueno, en realidad me duele casi todo el tiempo.

Y no sé por qué. Elkerael decía que, al principio, cuando se me borrara el sello que me puso, quizás notaría sensaciones extrañas.

Pero el sello ya se ha borrado del todo y cada día me duele más.

Lucho contra el dolor en silencio porque sé que te preocupas, por eso a veces tengo que fingir que todo está bien.

Pero, cuando me distraigo, sin darme ni cuenta me llevo la mano ahí, como si sujetara algo.

─Halcón, ¿por qué no me lo habías contado?

─Porque creía que era algo pasajero. Pero hay más: cuando tengo sentimientos negativos, cuando me enfado o miro a los ojos a alguno de esos diablos, siento que me va a reventar el corazón.

Y entonces pierdo el control, me vuelvo muy agresivo y digo cosas que no…

─Él mismo se interrumpió. Attaegina lo miró compadecida, pero no quería apartarse de Tadai.

Tampoco quería acercarse a Halcón sabiendo que no podía abrazarlo para darle consuelo, que tenían que evitar el contacto a toda costa.

─Entiendo ─dijo─. Esta noche te ha ocurrido, ¿verdad? Por eso no fuiste capaz de terminar de pronunciar el decreto.

Halcón asintió.

─Ya se lo advertí al maestro, lo avisé de que mi comportamiento no estaba siendo digno de un nawal y que, por lo tanto, no me correspondía ser tu mentor. Reconócelo, Attaegina, ¿qué clase de ejemplo te estoy dando?

─Deja de torturarte. Eres un nawal admirable, y también un buen mentor.

─Pues yo siento que me estoy alejando del camino.

Attaegina se giró hacia él, pero Halcón rehuyó su mirada.

─Si te alejas del camino, yo te tomaré de la mano y te traeré de vuelta. Sabes que nunca, nunca me apartaré de ti. Nunca te dejaré ir solo... A menos que tú me lo pidas.

Halcón no respondió nada. En ese instante, lo único capaz de curar esa sensación aciaga eran los brazos de Atti. Cuánto la echaba de menos, cómo añoraba sus besos, abrazarse a su cuerpo, sentir el calor de su vientre, oler su pelo...

Attaegina empezó a cantar. Era un canto suave, como una canción de cuna, para sosegar a Tadai. Pero también a Halcón. A falta de poder acercarse a él siquiera un poco, sabía que su voz calmaría su espíritu.

Mientras tanto, el nawal se deleitó una vez más en la imagen de sus hermosas alas blancas. Siempre que Atti cantaba, él podía verlas: candorosas, brillantes, oscilando despacio, con una cadencia majestuosa. « Mi dulce ángel » , pensó mientras empezaba a cabecear.

─Duerme, Halcón. Nos turnaremos para velar a la niña.

Y así lo hicieron. Cuando el nawal se quedó profundamente dormido, Atti se fijó en su pecho, que se hinchaba y vaciaba al ritmo acompasado del descanso.

Ella en alguna ocasión había visto su piel desnuda, incluso la había acariciado y besado, pero jamás había detectado ahí ningún agujero en donde un diablo se pudiera cobijar, algo que, en el caso de Tadai, era evidente.

Entonces se detuvo a contemplar su rostro.

Era el rostro del amor de su vida, y albergaba tanta paz que no podía comprender por qué en ocasiones afloraba en él esa fiereza.

« Porque no es suya » , se dijo. Estaba convencida de que existía alguna explicación.

Pero también de que a Halcón no se le había contado toda la verdad sobre su propia naturaleza.

En cierto modo, Elkerael ya lo había reconocido ante ella.

« Si te lo cuento, le daremos al Cosmos un motivo para que esa fuerza del mal despierte».

Fuera lo que fuera, no permitiría que nada ni nadie le hiciera daño.

Así que acabaría averiguando qué era todo ese misterio sobre el sello de protección, por qué se lo habían puesto y, lo más sospechoso de todo, por qué ahora que se le había borrado le dolía tanto.

Lo había decidido, llegaría hasta el final.