El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 66
71%

CAPÍTULO 66

Halcón desenfundó su bastón de inmediato y apuntó a Tadai, que se encontraba a solo unos pasos de él, en guardia, como un animal salvaje que sabe que va a ser atacado.

La niña respiraba con sonoridad, con la boca muy abierta y la barbilla manchada de saliva.

Detrás de Halcón, Attaegina prestaba atención a cada movimiento, a cada sonido, preparada para reaccionar de inmediato mientras protegía con su cuerpo a la madre y a dos de los niños.

En ese momento, Halcón dio un paso adelante, veloz como una rapaz.

Pero Tadai se dio la vuelta y salió huyendo, escurriéndose por debajo de las paredes de tela de la tienda.

─ ¡Sígueme! ─ le dijo el nawal a Atti. Y ambos salieron de allí corriendo lo más deprisa que podían, buscando a Tadai entre los laberínticos caminos que las tiendas formaban ─ . ¡Tú ve por allí!

Attaegina obedeció de inmediato, pero, ¿qué debía hacer si se encontraba al demonio de frente?

Ella no era nawal , ¿cómo podría doblegarlo?

Lo que estaba claro era que Halcón confiaba en ella, y jamás le habría encomendado aquello si no la hubiera visto preparada.

No tenía otra opción. Con dudas o sin ellas, se apresuró a encontrar a la niña.

Entonces, una voz interior le ordenó detenerse.

Desde allí tenía buena visibilidad. Subió a una duna cercana y echó un vistazo rápido.

Justo entonces la vio: Tadai salía de los límites del campamento corriendo hacia el desierto. Y Attaegina fue detrás.

No supo muy bien cómo ni por qué, pero sintió que dos alas de pluma blanca brotaban de su espalda repentinamente.

Ya le había sucedido otras veces. La última en Teff, escapando de Molok: era parte de su herencia angélica.

Dos alas que, batiéndose con energía, la impulsaron en el aire hasta caer planeando suavemente sobre la niña.

Tadai, o mejor dicho, la criatura que la habitaba se sorprendió al ver aparecer un ángel que se interponía en su camino.

Una mezcla de rabia y temor se conjugaron en ella, que no sabía cómo huir de Attaegina.

Podría haber sido la pequeña Galatis, tenía su misma edad.

Por eso Atti, al principio, se quedó paralizada.

Y se acordó de Anut, de lo que pasó aquella noche cuando le hirió el rostro para siempre.

Había aprendido de la experiencia. Esa de ahí no era Tadai.

Ya no. Y aunque fuera un demonio pequeño, no se confiaría.

Notaba las alas en su espalda. El demonio de arena podía verlas y le asustaban.

Probablemente eso lo haría comportarse con más fiereza.

Attaegina respiró hondo. Halcón no le había contado aún cómo tenía que proceder en una situación así, y ella carecía de bastón y de cualquier arma de plata.

Además, debía evitar por todos los medios herir a la niña.

De pronto vio la silueta de Halcón acercándose al lugar. Varios metros por detrás de él iban Tabir y otros. El nawal les pidió que no avanzaran más y, acto seguido, prendió una luz blanca cristalina en el extremo de su bastón, una luz que, por lo visto, molestaba mucho a la criatura.

Halcón sujetó al demonio con un cordón de luz. La criatura gruñía y pataleaba para librarse de su atadura mientras el nawal caminaba hacia ella, acortando la distancia que los separaba y recitando decretos de protección en voz baja. Se quedó mirando a Attaegina: ahora era su turno.

─ Mira a la altura de su pecho y dime si ves lo que veo yo.

Atti hizo cuanto le dijo. El demonio se revolvía de un modo que resultaba imposible distinguir nada. Entonces, Halcón tiró levemente del cordón de luz para aquietarlo un instante.

─ ¡Ahí! ¡En el centro del pecho! ¿Lo ves?

En el pequeño cuerpo de Tadai, justo a la altura del esternón, había algo que los ojos de los no iniciados eran incapaces de ver: parecía el extremo de una raíz sobresaliendo de la tierra, pero su textura era traslúcida, se transparentaba a la luz y desaparecía en la oscuridad.

Lo más sospechoso de todo era su movimiento, similar al de un tentáculo o la cola de un reptil.

─ ¡Lo veo! ¡Lo veo!

─ Pues voy a tirar de él ─ le avisó Hacón ─, pero en cuanto lo haga, el demonio saldrá del cuerpo de la niña. Así que apártate.

Attaegina se ciñó a las instrucciones de Halcón que, sujetando aquella especie de raíz, tiró de ella con todas sus fuerzas extrayendo del cuerpo de Tadai un horrendo demonio de arena que se sostenía sobre varias patas, como lo haría un escorpión.

Sus extremidades estaban recubiertas de filamentos y su cola golpeaba el suelo como un látigo.

El nawal estaba preparado para someter a la bestia.

Attaegina no corría peligro. Sin embargo, la criatura dio un giro inesperado a la situación y, valiéndose de su escurridiza cola, alcanzó a la niña, que había caído inconsciente, y trató de huir con ella a cuestas.

Atti, al ver cómo se llevaba a Tadai, sintió verdadero horror, y batiendo sus alas una vez más alcanzó a la criatura y la golpeó con no más que sus brazos, logrando al menos que soltara a la niña.

Sujetó a Tadai casi al vuelo, pero el demonio se revolvió y sacudió su cola sobre ellas.

Attaegina apenas tuvo tiempo de pensar qué hacer, lo único que le salió por instinto fue proteger a Tadai con su cuerpo, abrazándola como si fuera su caparazón.

Fueron sus alas de ángel las que amortiguaron el impacto.

La cola del demonio de arena poseía la rigidez del acero y quemaba como hierro al rojo vivo.

Le dolió, mucho. Y gritó. Ignoraba que sus alas tenían la misma sensibilidad que su piel.

Además, olían a pluma quemada y parte de estas se tiznaron de un color oscuro como el carbón.

El mismo color de la cicatriz de su rostro.

Fue Halcón quien detuvo el segundo golpe de la bestia.

Armado con su bastón, envolvió al demonio de arena con varias cadenas de luz y, cuando la criatura apenas podía moverse, se acercó hasta ella, firme, y comenzó a recitar los decretos que terminarían de destruirla.

Pero cuando estaba a punto de terminar, cuando apenas le quedaban tres palabras que pronunciar, los cuatro pares de ojos de ese monstruo captaron su atención como si se tratara de un embrujo hipnótico.

El nawal se quedó mirando fijamente a la criatura, en silencio.

Y Attaegina se dio cuenta: ella ya lo había visto antes.

El hermoso color miel de la mirada de Halcón cambió, o mejor dicho, se encendió.

Primero se tornó cobrizo, y después ganó intensidad hasta que sus pupilas parecieron dos cráteres rebosantes de lava en erupción.

Le sucedió lo mismo la última vez que peleó con Lorick, y también cuando se toparon con el semihumano en los bosques de Bérika.

Lejos de la templanza con la que salvó a Anut en su momento, ahora Attaegina lo percibió agresivo.

Eso no era natural en Halcón, al menos no era así cuando lo conoció.

«Pero, ¿por qué no termina el decreto?».

─Voy a matarte, maldita bestia ─amenazó Halcón al demonio de arena─. Te arrepentirás de haberla tocado, diablo. ¡Vas a saber lo que significa sufrir!

─¡Halcón, el decreto! ¡Termina el decreto!

La voz de Atti lo sacó de inmediato de aquel estado, como agua fría sobre una quemadura.

De pronto, el nawal no recordaba muy bien qué había dicho y qué no.

Pero al mirar otra vez al demonio de arena una furia incontenible hirvió dentro de su pecho, debajo de esa parte que solía molestarle y que, justo en ese momento, le dolía.

Le dolía a rabiar. No le salían las palabras, era incapaz de pronunciarlas.

Volvió a comenzar y, cuando llegó al final, cuando solamente faltaba por terminar la frase, Attaegina apareció a su lado y cerró el decreto sin titubeos:

─A la luz. Yo te envío a la luz.

Y acto seguido la criatura se desmenuzó por completo. Ya no era más que arena que los pies de los nómadas y las pezuñas hendidas de sus dromedarios pisarían al amanecer.