El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 65
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CAPÍTULO 65

La caravana de los beresh se detuvo mucho antes del anochecer. Los ancianos estaban cansados, los niños, hambrientos, y además querían jugar. Mientras levantaban el campamento, Attaegina y Halcón se pusieron al servicio de todo quien pudiera necesitarlo.

─ Abre los ojos y mira a tus hijos ─ le dijo Halcón a un hombre ciego.

Había hecho lo mismo que con el chico tullido de los saptis : ese hombre llevaba años sin poder ver y, en apenas minutos, había recuperado la visión.

Para sus familiares era cuestión de magia, una magia blanca enviada por el Cosmos.

─ Para un nawal solo es fe. Recuérdalo, Attaegina.

Halcón se transformaba cuando realizaba las curaciones.

─ Es como si te vaciaras de ti mismo ─ apreció Atti ─ , de tu personalidad… A lo mejor estoy diciendo una tontería.

─ Ninguna. Sigue. Vas bien.

─ En esos momentos, te miro y no pareces tú. En realidad no pareces nadie pero inspiras una seguridad capaz de hacer que todos se detengan y se confíen a ti. Es como si entregaras tu cuerpo y tu ser al Cosmos, como si le cedieras una herramienta para que él obre a través de ti.

El nawal hizo un guiño de satisfacción.

─ Entonces, has terminado de comprender. Lección aprendida.

La noche, a un ritmo sutil, fue coloreando la arena con los tonos azulados del cielo, apagando su fuego.

Canciones de cuna entonadas por las madres sonaban como murmullos en el interior de las tiendas, pues casi todos los niños dormían ya en los hogares ambulantes de sus familias.

Sin embargo, Halcón y Attaegina seguían buscando a uno de ellos.

Tabir y los jefes, sentados en torno a una hoguera en el centro del campamento, charlaban sobre temas importantes para la tribu. Eran siempre los últimos en acostarse.

Todo parecía completamente normal. Incluso el viento se había ahorrado tener que soplar esa noche.

Era una calma exagerada, casi inquietante, como la que precede a una tormenta.

Y Atti lo notaba, lo sentía en sus entrañas.

De pronto descubrieron a dos niños riendo escondidos detrás de una de las tiendas.

Cuando se dieron cuenta de que el nawal los había pillado, dejaron de reírse y se quedaron inmóviles, asumiendo que les caería una buena regañina.

─ ¿Qué hacéis con eso? ─ les preguntó Halcón .

─Es la pipa de mi hermano… Queríamos esconderla para gastarle una broma.

─Ah, ¿sí? ¿Y la ibais a esconder ahí, detrás de la tienda?

Los niños asintieron con culpabilidad. Halcón se cruzó de brazos y suspiró con resignación.

─Ahí la encontrará en seguida ─dijo─. Yo la habría enterrado bajo la arena.

Los niños no daban crédito. ¿De veras eso lo habría hecho un nawal ? Cuando Halcón se dio la vuelta se topó con Attaegina, que sonreía. Era obvio que no entendía una sola palabra de aquella lengua del desierto.

─¿Qué hacen tan tarde? ─le preguntó─. ¿Qué les has dicho?

Halcón se sintió fatal.

─Nada… Solo que es muy tarde y que deberían irse a dormir.

Entonces se giró hacia los niños y les pidió que devolvieran la pipa a su hermano en cuanto saliera el sol. Ellos prometieron hacerlo así.

─Tampoco es ninguno de esos ─comprobó Atti.

Acto seguido, Halcón tuvo un pálpito muy fuerte y se llevó la mano al centro del pecho.

En la tienda que tenían justo detrás aún había luz.

Cuando prestaron atención, escucharon la voz quejicosa de un niño, un llanto que, tras prolongarse durante horas, sonaba como un gemido lastimero.

Su madre intentaba consolarlo. Attaegina estaba convencida de que ahí dentro habitaba algo muy oscuro.

Y sus sospechas no tardaron en confirmarse.

El llanto se convirtió repentinamente en un gruñido que ningún ser humano podría emitir.

Y a él se unieron los gritos de la madre y del resto de sus hermanos.

Desde fuera, parecía que un animal salvaje se revolviera dentro de la tienda, derribando las ramas que servían de soportes y echando por tierra las candelas.

Halcón entró allí tan pronto como fue capaz, seguido por Atti.

Entonces lo vieron. Lo habían encontrado: Tadai, la hija más pequeña de Tabir, apenas se parecía en ese instante a la niña mustia y enfermiza que solía ser.

Un color turbio había nublado sus córneas por completo, haciendo que su mirada semejara la de una criatura de ultratumba.

Y su boca desencajada, rebosante de espumarajos, ofrecía la visión de unos colmillos amarillentos, propios de una alimaña.

Halcón lo supo nada más verla: se trataba de un demonio de arena.