El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 64
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CAPÍTULO 64

El quinto día de camino a través de la entraña del Sari, Halcón y Attaegina alcanzaron a una caravana de, por lo menos, doscientos dromedarios, pero en esta ocasión no se trataba de una caravana mercante, sino de un pueblo nómada al completo.

─Esos s e trasladan al noreste para pasar el invierno ─ explicó el nawal ─ . Juraría, por su ropa y por el tipo de tiendas que llevan, que son beresh. Mi tribu comparte lazos de sangre con la suya. Me acercaré. ¡Sígueme!

Halcón y Atti avanzaron en paralelo a la caravana dejando suficiente distancia para que los beresh comprendieran que no eran bandidos ni querían ofenderles.

En cuanto los vieron, avisaron al guía, que viajaba delante del todo y a pie, como en su momento hiciera Kafaum. Entonces, detuvieron la caravana.

─ Ahora esperaremos aquí. Bueno, ya conoces el protocolo.

Halcón se apeó del dromedario pero no dio un paso más.

Mientras tanto, Attaegina esperaba pacientemente subida en la joroba de su montura, con el rostro al descubierto.

El guía, al comprobar que solo eran un hombre y una mujer, debió de pensar, igual que Kafaum, que se trataba de un joven matrimonio desorientado.

No parecía tan severo como el líder de los saptis , aunque también iba armado.

Entonces, Halcón lo saludó en la lengua del desierto y el guía, de pronto, se acordó de haberlo visto de niño, cuando correteaba ingeniando travesuras.

«¡Claro, eres e l hijo de Raira! », exclamó con alegría.

«Y tú, el jefe Tabir», le respondió Halcón.

Después, el guía se quedó mirando a Attaegina: era obvio que se trataba de una extranjera, pero lo que atrajo su atención por encima de todo fue su mirada y, cómo no, su cicatriz negra.

Tabir dedujo que se trataba de una mujer valiente, además Halcón le explicó que era su discípula.

Y no fueron necesarios más motivos para invitarlos a formar parte de su caravana, pues los nawales , en todo rincón del desierto, eran siempre bien recibidos.

Cuando Atti y Halcón se acercaron al resto, todos los beresh saludaron educadamente, aunque no sin pasar por alto el exotismo de aquella joven de las cordilleras, con su tez trigueña y su cabello de color de la miel de encina.

A diferencia de los saptis , aquellos otros nómadas comprendían la lengua franca e incluso se atrevían a chapurrearla en ocasiones, como Tabir.

Cuando la caravana volvió a ponerse en camino, Halcón se separó de Attaegina para hablar con el guía y los cabezas de familias.

Mientras tanto, ella ocupó un discreto hueco entre los demás.

Los niños le sonreían con timidez y las mujeres, sintiéndose honradas por acoger como huésped a una futura nawal , entonaron un canto a coro para amenizar la marcha.

Los beresh no viajaban ni la mitad de rápido que los saptis .

Era lógico: se trataba de un poblado entero con ganado, perros, niños de pecho y ancianos que necesitaban mucho descanso y paradas frecuentes.

Halcón calculó que en dos días se separarían de ellos, cuando el trayecto se bifurcara.

Los beresh continuarían hacia el noreste y ellos en línea recta.

─ Los jefes están preocupados ─ le contó a Attaegina cuando regresó junto a ella ─ . Creen que Nabor planea ocupar el Sari.

─¿También el Sari? ¡Cielo y Tierra! La ambición del Patriarca es insaciable.

─Hace tiempo, en el mercado de esclavos de Teff, un hombre traído de las Islas Arkas ya me lo advirtió. « Los siguientes sois vosotros » , me dijo. Entonces me resultó difícil de creer.

Attaegina no escuchó eso último. Prestaba atención a otra cosa: Halcón se sujetaba el pecho de nuevo. Desde hacía días lo notaba diferente. Ella también se sentía inquieta. Quizás era la noticia del posible ataque de Nabor, ¿o no?

─Viajaremos junto a los beresh entre hoy y mañana ─prosiguió el nawal ─. Algunos de ellos necesitan cura y...

Una sensación extraña, como si el aire se hubiera enrarecido, evadió completamente a Atti.

Los pasos de los dromedarios se le antojaban lentos y pesados, las voces de las mujeres y las risas de los niños a su alrededor se entremezclaban alimentando una amalgama de ecos sin sentido.

Era abrumador. Quizás fueran la sed o el calor haciendo zozobrar a su mente, pero el caso es que, por un instante, creyó que su cuerpo se iba a desplomar allí en medio.

─¿Qué te pasa? ─le preguntó Halcón. Atti volvió en sí. Todo había sucedido en menos de un segundo. Estaba aturdida─. Attaegina, ¿qué te pasa? ¿Necesitas que paremos?

─Había un niño... ─titubeó, con la mirada perdida─. Había un niño mirándome.

Halcón se fijó en los niños, desconcertado.

─¿Qué niño? Hay decenas de ellos y todos te miran.

Tenía razón. Atti se sintió ridícula por un momento. Aquello no tenía ninguna lógica. Entonces le vino a la memoria la imagen de Anut. Anut Torvisco, un niño diferente. El único de la aldea que tenía un demonio viviendo en su interior...

─Hay uno que es como él ─murmuró. Halcón no comprendía.

─¿Como él? ¿Como quién?

─Halcón, hay un niño como Anut. Aquí, entre los beresh . Anut, ¿lo recuerdas?

El nawal dio un vistazo rápido a todos los que tenían alrededor, pero no detectó nada raro en ninguno.

Al menos a simple vista. Sin embargo, confiaba sin ninguna duda en la percepción de Atti.

Además, esa incómoda opresión en el pecho le molestaba desde que abandonaron el poblado sapti .

Procuraba que Atti no se diera cuenta porque sabía que se preocupaba, pero en ocasiones no lo podía controlar.

─Mantente alerta, Attaegina. Puede que esta noche tengamos que darlo todo.