El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 63
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CAPÍTULO 63

─ Esta noche, cuando acampemos, trazaré un círculo de protección ─ dijo inesperadamente Halcón mirando en todas direcciones.

Atti y él llevaban tres días de trayecto por el desierto desde que habían dejado atrás el poblado de los nómadas.

Tres días que les habían devuelto el silencio y las rutinas tras el jaleo y la agitada vida social de los saptis .

A medida que el sol caía, al atardecer, un viento ligero aunque bastante molesto había comenzado a levantar la arena del camino.

Un viento sospechoso que, aunque no auguraba ninguna tormenta de arena, a ambos les hizo sentirse incómodos.

Attaegina llevaba semanas observándolo con atención cuando él no se daba cuenta.

Quería comprobar si se frotaba el pecho con la mano porque algo dentro de ella sabía que ese gesto repetitivo no era una buena señal, aunque no conocía el motivo y ni siquiera Elkerael se había atrevido a revelárselo.

El caso es que, desde que habían llegado al desierto, Halcón no lo había vuelto a hacer. Hasta esa noche.

─ ¿Qué notas, Halcón? ─le preguntó un poco inquieta─. ¿Por qué hoy lo consideras necesario y, sin embargo, los otros días no?

─Creo que será mejor así. Estamos llegando a la entraña del Sari, a la parte más alejada y más salvaje. Aquí viven algunas criaturas, las alimañas del desierto. Demonios de arena, principalmente, aunque de vez en cuando puedes cruzarte con algún nómada fantasma.

─¿Nómada fantasma?

Halcón desenfundó su bastón de nawal . Llevaba mucho tiempo sin utilizarlo.

─Por aquí los llamamos así. Y créeme, su naturaleza es cruel como la de cualquier demonio de la arena. Se trata de nómadas que se perdieron, bien porque se alejaron de sus caravanas o porque fueron desterrados de sus tribus. Y aquí, en el Sari, un hombre que va solo no suele sobrevivir.

─Entonces, ¿están muertos?

─Sus cuerpos están muertos, pero los diablos del desierto se los apropian. Es por eso que hablan y caminan, aunque ya no tienen alma.

Attaegina se acordó del semihumano, de la primera vez que las alimañas los abordaron. Y un escalofrío le recorrió el cuerpo.

─Ven, ya estás preparada para aprender esto ─la llamó Halcón con el bastón en la mano.

Ya habían  liberado a los dromedarios de su carga y para entonces descansaban sentados sobre la arena, que pronto empezaría a perder temperatura.

Solo faltaba levantar las tiendas y encender el fuego.

Cuando Attaegina se acercó al nawal , una ráfaga de aire frío le alborotó el cabello y le retiró el turbante de la cabeza.

Y eso le dio mala espina. Halcón le mostró un punto en el suelo y clavó el extremo de su bastón allí─.

Más adelante podrás usar un bastón pero, de momento, te bastará un dedo para trazar el círculo.

Observa: este punto se corresponde con el Este.

Eso es importante. Todo círculo ha de comenzar así.

─Es curioso… ─respondió ella, pensativa.

─¿Por qué?

─Pues porque a mis hermanos, cuando se iban a dormir, yo les dibujaba un círculo en la frente para darles protección y bendición. Tres veces. Y comenzaba por el Este.

─Eso tiene mucho sentido, Attaegina. El número tres es una llave para todo nawal. ¿Recuerdas cómo suelo hacer esto?

─En ocasiones, golpeas el suelo con tu bastón. Tres veces. Y el círculo aparece.

Halcón asintió. Le gustaba comprobar que Atti llevaba desde el principio fijándose en todos esos detalles.

─Más adelante tú también podrás hacerlo así. Pero, de momento, tendrás que señalarlo tocando la arena.

Así fue como procedió y, cuando terminó, Halcón le enseñó los decretos de protección que debía recitar para activar esa energía benéfica. Tres veces también. Y acto seguido, el viento molesto amainó y dejaron de percibir esa incómoda sensación de peligro.

─Si multiplicas tres por tres, obtienes nueve, el último de los números ─le explicó más tarde el nawal , mientras cenaban─.

Se trata de un número aún más poderoso porque contiene tres veces tres.

Nacimiento, muerte y resurrección. Es como una danza en espiral.

Jamás termina y cambia con el tiempo, pues nada permanece.

Attaegina seguía nerviosa por la mención de los nómadas fantasma, pero sabía que ninguno podría cruzar el círculo. Mientras terminaba de comerse su ración y se calentaba las manos en el fuego, Halcón suspiró. Sonreía.

─Hacía mucho tiempo que no venía por aquí ─dijo─. Estas dunas, el viento, las palmeras… Fueron mi hogar durante mucho tiempo.

─Pensaba que los nómadas no teníais hogar.

─Bueno, el desierto entero es nuestro hogar. Es nuestra tierra madre. ─Una nota de nostalgia nubló de repente su alegría─. Me gustaría volver a ver a mi madre. Ella me enseñó muchísimo sobre el camino de los nawales .

─¿Tu madre? ─se extrañó Atti─. Pensaba que había sido Elkerael.

─No, no… Elkerael me inició, lo cual lo convierte en mi maestro, claro. Pero pasé muy poco tiempo bajo su tutela. Fue mi madre la que, a lo largo de los años, me enseñó a decretar, a curar y a proteger. ─Volvió a suspirar, pero ahora con tristeza─. No sé cuándo la volveré a ver.

─¿Su caravana no cruza esta ruta?

─Ahora no. Volverán por aquí cuando llegue la primavera. Entonces viajarán hacia los macizos del Oeste. El invierno los cubre de nieve, así que sus valles se convierten en un paraíso fresco donde pasar el verano rodeado de pozas de agua cristalina.

─¿Y tu padre? ¿De verdad que no sabes absolutamente nada de él?

Halcón se encogió de hombros mientras su mirada se perdía en el tiempo.

─No puede ser, Halcón. Algo sabrás. Seguro que tu madre te contó alguna cosa sobre él.

─No. Ella no hablaba nada, nunca. Pero él… Mi padre le enviaba mariposas. Mariposas azules.

Attaegina recordó que, en una ocasión, Halcón se despertó diciendo haber visto mariposas azules. Pero, ¿eran de verdad? ¿O se trataba simplemente de una ensoñación? El nawal prosiguió:

─Los nawales sabemos enviarnos señales cuando necesitamos la ayuda de uno de los nuestros.

Es algo que aprenderás con el tiempo. Es como dar forma al prana , puedes moldearlo como si fuera barro.

Mi señal es un halcón, obvio, ¿verdad? ─Attaegina se rio─.

Pues la de mi padre era un grupo de mariposas azules, parecían formar una guirnalda.

Yo me ponía feliz cuando me levantaba alguna mañana y las veía revoloteando frente a la entrada de nuestra tienda, tan bonitas...

Cuando intentaba atraparlas, mis dedos las atravesaban como a un haz de luz que no puede tocarse.

─¿Y tu madre? ¿Ella no le respondía?

─No, mi madre se ponía muy triste. Lloraba tanto que, con el tiempo, dejé de preguntarle por mi padre.

En ocasiones, llegué a creer que él se había marchado por mi culpa, por lo mal que me portaba.

Ni siquiera conozco su nombre, solo que él es un nawal .

Pero ella jamás me contó por qué no podía vivir con nosotros.

Attaegina se quedó compungida al escuchar su relato.

─Halcón, lo siento mucho. Mi madre murió cuando yo era aún una niña, pero al menos la conocí, y mi padre y ella vivieron juntos muchos años. Tiene que ser muy doloroso que te falte uno de los dos.

Quiso alcanzarle una mano, tomarla entre las suyas, acariciar su dorso y transmitirle que estaba ahí para compartir con él su herida sin sanar. Pero el nawal se apartó veloz, como una rapaz, porque si sus pieles se rozaban… Attaegina lo comprendió de inmediato.

─Lo siento, perdóname ─se disculpó─. Ni siquiera lo he pensado. Me ha salido solo.

─Lo sé, lo sé…

Sabía que Atti era una fuente inacabable de consuelo para todo aquel que se acercaba a ella.

Al fin y al cabo, había heredado la bondad y compasión de los ángeles del cielo.

Pero allí abajo, en la tierra, de noche y a solas, eran un hombre y una mujer.

Y no solo eso: eran un hombre y una mujer que se amaban, que darían su vida por el otro en cualquier circunstancia y que, además, sin saber aún cómo ni por qué, estaban unidos por el Cosmos desde tiempo inmemorial.

─Será mejor que durmamos ─propuso Halcón levantándose del suelo y dándole la espalda─. Mañana nos espera otra larga jornada de dunas y más dunas.