El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 62
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CAPÍTULO 62

La tumba de Ibis ocupaba un puesto de honor en los jardines del templo de palacio.

Nabor había pedido que fuera cubierta por una losa de mármol blanco y que los más habilidosos escultores tallaran sobre ella la figura de la Matriarca.

Y habían hecho un trabajo excelente, cabe decirlo: parecía que la mismísima Ibis estuviera tumbada allí, con las manos cruzadas sobre el pecho, cubierta de lirios y jazmines.

En cualquier caso, no habían escatimado en enfatizar su mítica belleza.

Eran muchos quienes comparaban esa tumba con la de Calíope en majestuosidad y en significado.

Al fin y al cabo, de ambas mujeres se decía que habían sido amadas por los Patriarcas de una y otra época y que estos, con el corazón roto, habían erigido para ellas monumentos fúnebres propios de una reina, como último regalo de sus enamorados.

Nadie sabía en realidad que Naúm y Nabor eran el mismo hombre, ni tampoco que Calíope e Ibis habían sido asesinadas por la misma mano.

Todos los días, después del saludo al sol, la joven sacerdotisa Libia se acercaba a llevar flores al sepulcro de su mentora. Retiraba las de los días anteriores si las veía mustias o secas y después se sentaba un rato para rezar por el alma de Ibis. Así se sentía un poco más cerca de ella…

─ Ha sido un golpe muy duro para ti, ¿verdad?

─ intervino de pronto el Patriarca una mañana cualquiera.

Libia, embebida como estaba en su oración, no lo había visto siquiera llegar.

Rápidamente, se levantó para saludarlo con corrección mientras se enjugaba los ojos.

Nabor le indicó con un gesto que no era necesario ─ .

Tranquila. Llora, llora lo que tengas que llorar.

Yo también la echo de menos. Era una mujer única en el mundo.

─ Sí… Lo era… Sekmis e Ibis fueron como madres para mí. Ahora me siento muy sola. Mis mentoras se han ido y mis compañeras también.

─ Lo sé, lo sé… Eras feliz en el Templo del Laurel, cuando vivíais todas en comunidad.

Libia se acordaba cada día de esa etapa. Su vida era un reguero de nostalgia que no conseguía superar.

─ Primero Sekmis nos traiciona ─ dijo ─ , y ahora Ibis nos deja. ¿Qué va a pasar en adelante? ¿Qué mujeres van a sostener la fe de nuestro imperio, si incluso hemos perdido el Templo del Laurel?

Nabor puso una mano en su hombro para consolarla.

─ Calma, querida, calma…

Pero Libia aún se puso más tensa. Él lo sabía.

A diferencia de Ibis o Sekmis, que habían sido cómplices incondicionales de todos sus crímenes, Libia en cambio poseía una admirable pureza de corazón.

Además, era una sacerdotisa virgen, fiel a los votos, abnegada y, sobre todo, obediente.

Mucho. Pero su obediencia respondía únicamente al camino de la virtud.

No era la clase de religiosa que se dejaría corromper ni sobornar a cambio de juventud eterna o de belleza divina.

Es más: si Libia descubría las verdaderas intenciones del Patriarca, posiblemente desertaría.

Pero él la necesitaba allí. Al menos de momento.

─El Imperio atraviesa malos momentos ─le explicó Nabor adoptando una actitud paternal─. Por eso, e s de suma importancia que ahora nos mantengamos unidos hasta que el agua vuelva a su cauce. Y tú, Libia, como heredera del legado de Ibis y Sekmis, tienes un cometido importante en esto.

─ ¿Yo? ─ se sorprendió ─ . Pero, ¿quién soy yo comparada con ellas, mis maestras? Solo soy una simple sacerdotisa que…

─ No, no. Te equivocas. Eres la sucesora de la Matriarca. Estás al nivel de una suma sacerdotisa. ¿Por qué, si no, Ibis confió en ti durante sus últimas semanas de vida, sobre todo sabiendo que se enfrentaba a una misión tan peligrosa?

Libia se quedó callada. Nunca se sintió digna de acompañar a su mentora en los viajes que hacía a través de la medicina del Laurel.

─ Querida, no fue culpa tuya. Ibis se entregó al máximo por salvar el Imperio. Es lo que hacemos todos. Si no, fíjate en mi pierna amputada. Fíjate en mi ojo vacío.

─ Señor, yo no tengo derecho a mirarlo a los ojos.

Nabor tomó su barbilla con una mano y la levantó con suavidad para que ella alzara la mirada.

─ Desde hoy, tienes derecho. Eres la sucesora de la Matriarca. Cuento contigo para gobernar esta ciudad.

─ ¡Pero, señor…! ¡Yo no soy digna de…!

Nabor le sonrió. Su dentadura de oro bajo el sol de la mañana emitía un brillo portentoso, y su belleza masculina continuaba siendo comparable a la de un dios.

─ Claro que eres digna. Ibis te eligió. No lo olvides.

Libia devolvió su mirada al suelo en cuanto aquel terminó de hablar. Por mucho que tuviera el permiso, fijar sus ojos en los del Patriarca seguía resultando intimidante.

─ Voy a necesitarte, Libia. Quiero que termines lo que Ibis comenzó.

─ ¿Se refiere a la profecía de Calíope, a los trece nombres?

Nabor asintió.

─ Será la noche de la última luna llena de otoño. Ese día, Minos recibirá por completo los poderes del Ángel de la Codicia para servir a nuestro imperio incondicionalmente. Lo convertiremos en nuestro ángel salvador. Necesito que seas tú quien los recite.

─ Mi señor, yo… ─Se sentía demasiado pequeña e inexperta para llevar a cabo semejante ritual.

Además, reconocía que Minos la asustaba.

Percibía una naturaleza oscura en él, no humana, y había escuchado a los soldados hablar.

De él contaban las atrocidades que cometía en el campo de batalla…

El Patriarca la miró como un padre comprensivo y entonces no fue capaz de objetar nada.

─Lo harás bien ─le dijo dando por hecho que ella estaba de acuerdo─. Confío en ti.

Cuando Libia se marchó para atender sus obligaciones de sacerdotisa de palacio, Nabor se concedió un momento para quedarse solo sobre la tumba de Ibis.

Lo hacía a menudo, de hecho, motivo por el cual su relación con la Matriarca ya había pasado a convertirse en una de las más bellas historias de amor de Teff, pues cada día esclavos, sacerdotes y soldados juraban verlo allí, visitando el sepulcro de su amada y dedicándole conversación.

─Espero que te vaya bien por el infierno, querida mía ─dijo mientras acariciaba el rostro de mármol de la hermosa escultura de Ibis─, porque ese es el único lugar donde habrán acogido a tu alma.

Por casualidad, ¿te has cruzado con Calíope?

─Se rio por lo bajo─. Si la ves, dale las gracias de mi parte.

Gracias a vosotras, el día del fin de los tiempos ya está señalado en el calendario.

Vienen vientos de cambio, una nueva era va a comenzar en breve y Nueva Pangea ya no será habitable para todos.

Solo quienes me entreguen su alma podrán quedarse.