El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 60
65%

CAPÍTULO 60

La noche se hizo larga. La espera, aterradora.

Nilo y Lorick no pegaron ojo. Sekmis continuó durante horas sentada junto al cuerpo de Creta sin hablar, casi sin moverse.

Entretanto, la Biblioteca de Virim ardía a unas calles de allí.

El fuego ya se reflejaba en el cielo y una torre de humo ascendía impregnando de olor a quemado el aire de la ciudad. En cualquier rincón podía respirarse.

Lorick no paraba de rezar. Entonces observó a Sekmis: podría decirse que la edad, cada vez más rápido, se iba cobrando en ella la deuda por haberse mantenido joven durante décadas.

Esa noche, en concreto, su cuerpo se consumió todavía más a medida que volcaba en el de Creta el aliento vital que le quedaba.

Y poco antes del amanecer la suma sacerdotisa terminó su trabajo, separó su dedo de la frente de la joven y suspiró fatigada.

Para entonces, el rostro de Creta había recuperado el cálido tono de la vida y ahora, sencillamente, parecía dormir.

Lorick se levantó para verla, le acarició con cuidado el dorso de la mano y notó que su piel de nuevo desprendía calor. Entonces Sekmis le sonrió.

─Ya está hecho. Creta vivirá.

La herida del gemelo había cicatrizado por completo y a su alrededor no quedaba rastro del color de la ponzoña de Sigrif.

Nilo se acercó despacio temiendo romper el hechizo si se apresuraba o hacía el menor de los ruidos.

Sacó la trenza de Creta, todavía escondida bajo su camisa, y se la mostró a Sekmis, que enseguida comprendió de qué se trataba.

─Simpatía ─dijo. Lorick y Nilo no comprendían esa palabra. Sekmis lo explicó─. El brujo, el brujo vinculó a Creta con su trenza. Eso se llama simpatía: todo lo que le hiciera a la trenza, Creta lo iba a sufrir.

Sekmis enrolló cuidadosamente la trenza entre sus manos mientras susurraba un decreto. Después, besó el cabello y se la devolvió a Nilo.

─Las trenzas son objetos poderosos. Bueno, ¿qué os voy a contar que no sepáis? Vosotros dos visteis lo que Attaegina hizo con su trenza el día que destruisteis el Templo del Laurel. No ha pasado tanto tiempo de eso...

─Molok se comió su trenza ─recordó Nilo─, por eso a Nabor le costó tanto controlarlo.

─Te equivocas, niño. Molok perdió el control precisamente porque Nabor le impidió comerse esa trenza.

─¿Qué? ─Nilo no daba crédito─. ¿Por qué haría eso el Patriarca?

─Pues porque la trenza de un ángel es un talismán poderosísimo que ahora utiliza para que los diablos le obedezcan.

Lorick y Nilo se miraron mientras la imagen de Minos en Heimkel regresaba a sus mentes. Attaegina les había contado que lo vio agitando lo que parecía un pedazo de cuerda…

─Entonces, era la trenza de Atti lo que colgaba de la mano del general ─confirmó Lorick. Sekmis asintió.

─Sea como sea, tenéis que detener a Nabor y a Minos antes de que sea demasiado tarde.

En las calles, debido al incendio, la agitación de las gentes era atroz. Y es que, durante toda la noche, pobres y ricos corrieron en una y otra dirección para ayudar a sofocar el fuego de la biblioteca que amenazaba con devorar también a los edificios colindantes.

─Mientras sujetaba a Creta a la vida ─continuó explicando la anciana─, no he podido evitar bucear en sus memorias y sentimientos y… He visto algunas cosas. Y esto va por ti, Lorick.

─¿Por qué? ¿Qué has visto?

─En una ocasión intenté fisgonear en la consciencia de Attaegina. Y te vi, nórdico, te vi en sus pensamientos. Pero no encontré en ella ni la mitad del amor que su hermana siente por ti.

Lorick se estremeció mientras tomaba de nuevo la mano de Creta.

Entonces, Sekmis se levantó poco a poco.

Cojeando y con las piernas temblorosas, se dirigió hacia un rincón de la sala y se sentó allí para descansar, encogida sobre sí misma, y apoyó la cabeza en la pared.

Apenas quedaba de su cuerpo una pizca de hueso y piel, y en el fondo de su mirada, la exuberante belleza del pasado empezaba a diluirse como las ondas en el agua cuando uno arroja una piedra.

─Deberíamos irnos de aquí aprovechando la oscuridad de la noche ─susurró Nilo cuidando de no interrumpir el descanso de Creta─.

Este será uno de los primeros lugares que la guardia de Nabor registrará en cuanto amanezca.

Es la casa de Sirio. Creerán que él provocó el incendio para proteger el manuscrito.

Lorick observó a Creta, tan frágil…

─Necesitará dormir por lo menos un par de días para reponerse del todo ─añadió Sekmis con un hilo de voz─. Cuando despierte, nada le dolerá, solo se sentirá débil. Así que dadle bien de beber y de comer. Es todo.

─Está bien ─respondió Lorick─. Nilo, trae tu caballo. Llevaremos a Creta en él.

─Sí, pero, ¿a dónde vamos?

─Al Templo de las Ratas. Sus monjes dan asilo a quien lo necesite, sin juzgar. En ese lugar podemos acogernos a sagrado, así, aunque los soldados de Nabor nos encuentren, no podrán detenernos.

─Pues no perdamos tiempo. Vámonos ya ─resolvió Nilo. Después, compadecido, se giró hacia Sekmis. No podían dejarla allí sola─. Ven tú también con nosotros. Al fin y al cabo, has salvado la vida de Creta.

Pero la anciana no se pronunció. No hizo una sola mueca de asentimiento o de negación.

Con los párpados entrecerrados y una expresión de profunda paz, su cuerpo se había vaciado mientras su alma, ahora redimida por el Cosmos, se marchaba de la vida sin hacer ruido, sin molestar a nadie, como una pluma al caer por el aire.

Nilo, al comprenderlo, le deseó de todo corazón que fuera aceptada en el camino de la luz.

Entonces, con ayuda de Lorick, la tendió sobre una estera, con los brazos cruzados sobre el pecho, y luego le cerró los ojos con suavidad.

Por último, colocó entre sus manos uno de los bellos lirios blancos que Sirio, con tanta dedicación, había cultivado durante años en el pórtico de su humilde casa.

Sekmis ya no era hermosa ni joven, carecía de todo poder y no conservaba ni una sola de sus joyas de suma sacerdotisa.

Pero a cambio, su alma era al fin libre.