El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 59
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CAPÍTULO 59

─ ¡Creta! ¡Despierta, Creta! ─ gritaba Lorick empezando a desesperarse ─ . ¡No me dejes ahora, por favor! ¡No me dejes!

Al otro lado de la cama, Nilo los observaba en silencio, compungido, sin poder dejar de llorar.

Aún no podía creérselo, pues apenas hacía minutos Creta estaba viva caminando a su lado, apoyándose en él.

Y en cuestión de un momento, Sigrif la había condenado con un simple roce de su colmillo envenenado. No era justo, ¡era muy cruel!

Lorick estrechó el cuerpo casi sin vida de Creta entre sus brazos. Ya no había nada que hacer, pero no quería separarse de ella.

─ No me dejes… mi amor ─ murmuró en un tono casi inaudible.

En ese instante se sintió terriblemente culpable por no haber matado a Sigrif cuando tuvo la ocasión.

Culpable por no haber muerto entre las llamas asegurando así la supervivencia de Creta.

Se sentía como un completo inútil incapaz de proteger al amor de su vida.

Entonces rogó, imploró y suplicó al Cosmos que le enviara algo de ayuda, si es que todavía quedaba alguna posibilidad.

Y la ayuda entró en la habitación bajo la forma de una anciana mendiga vestida de negro. Se trataba de Sekmis.

─ Apóyala muy despacio en la cama, nórdico ─ le dijo con la autoridad incuestionable de una suma sacerdotisa ─ . Su alma todavía está ligada a su cuerpo. Quizás podamos hacer algo.

Lorick obedeció sin objetar nada. La vieja Sekmis, en contra de lo que podrían haber esperado, era su última esperanza.

─ Sálvala, por favor ─ le pidió desesperado ─ . Si es necesario que yo entregue mi vida a cambio, estoy dispuesto.

Sekmis lo miró compadecida, pero no dijo nada. Luego, tomó una de las manos de Creta entre las suyas y negó con la cabeza.

─ No será necesario. Ella ya sabe que la amas. Y Attaegina os necesita a los dos. No, no… No hará falta que des tu vida por ella. ─Y después de respirar hondo, resolvió─: Seré yo quien lo haga.

Nilo y Lorick se quedaron desconcertados. ¿De verdad esa era la Sekmis que habían conocido, una mujer capaz de sacrificarse por alguien a quien apenas conocía a cambio de nada? Como si les hubiese leído el pensamiento, Sekmis respondió:

─La conozco mejor de lo que pensáis. Y es buena, lo supe desde el principio: Creta es muy buena.

Y yo soy un pobre diablo que, durante años, ha pedido al Cosmos una oportunidad para redimirse por los crímenes del pasado y así salvar su alma.

Hoy el Cosmos me ha enviado por fin la ocasión que necesitaba. Es ahora o nunca.

Sekmis se sentó en la cama junto al cuerpo tendido de Creta y, con el dedo índice de su mano izquierda, se tocó la marca que aún coronaba su entrecejo. Con la otra mano, tocó el mismo punto de la frente de la joven. Después volvió a respirar.

─No os impacientéis, solo rezad. Rezad por ella. Es necesario.

Lorick y Nilo obedecieron. Sin preguntar nada, cada uno se arrodilló a un lado de la habitación, en silencio, con las palmas de las manos juntas y los ojos cerrados.

Pero no fueron los únicos: muy lejos de Virim, en medio del Desierto de Sari, sentados sobre la arena bajo el cielo sembrado de estrellas, Attaegina y Halcón entraron en un estado de meditación profunda.

Y también en Teff, en la entraña de los acantilados más inaccesibles, Pantera, Elkerael y el abuelo Yarbha, uniendo sus manos para formar un círculo, susurraban poderosos decretos.

Y así fue como, esa noche, todos lucharon por sujetar a Creta a la vida.