CAPÍTULO 58
Empezaba a hacer mucho calor en la sala del archivo.
Los rollos de papiro y los muebles ardían a un ritmo vertiginoso y el humo comenzaba a volverse asfixiante.
Lorick notaba los chorros de sudor cayendo por su espalda mientras seguía apuntando a Sigrif con su arpón.
Ya casi había terminado. Apenas le costaría ya darle muerte teniendo en cuenta que el brujo estaba malherido y no se defendería. Solo un golpe más y…
─¡Lorick, sal de ahí! ─gritó Creta desde el corredor. Le dolía todo el cuerpo, pero había recuperado la consciencia en cuanto olió el humo. A su lado, como un bastón, Nilo la ayudaba a mantenerse en pie.
─¡Vete! ─respondió Lorick. Pero Creta no se movería de allí hasta que él accediera. No por nada era la segunda chica más terca de Nueva Pangea, aunque puede que, en esos momentos, ya estuviera a la altura de Atti.
─¡Lorick! ¡Sal de ahí o entraré a sacarte! ─insistió─. ¡Y sabes que, si lo digo, lo hago!
Lorick sabía que decía la verdad, que si no obedecía, Creta se metería entre las llamas y, entonces, todo se complicaría todavía más aún. Mientras tanto, Sigrif la observaba con un odio profundo, asqueado al verla todavía con vida.
─Es indigna de llevar el apellido de nuestro clan ─dijo─, me habría encantado matarla despacio, romperle los huesos, uno a uno, y rajarla en canal…
Una fiereza animal se prendió en las entrañas de Lorick.
Él, que siempre había actuado como un estratega sereno y calculador, dotado de templanza, sentía que las provocaciones del brujo sacaban lo peor de sí mismo.
Y es que, solo de imaginarse a ese diablo poniéndole a Creta las manos encima, estaba perdiendo la razón.
Tenía que acabar con él. Únicamente así se quedaría tranquilo, pues era la manera de asegurar que Creta estuviera a salvo de ese monstruo.
Se giró hacia Sigrif con el arpón preparado para atravesarle el pecho. Sabía que el tiempo que le llevara la última pelea contra él sería el mismo que las llamas se tomarían para obstruir cualquier vía de escape. Después, no habría vuelta atrás.
─¡Lorick, por favor! ─siguió gritando Creta. Y esta vez sus palabras sonaron como una súplica─. ¡No quiero perderte! ¡Quiero que te quedes conmigo! ¡Déjalo ya! ¡Aún te da tiempo! ¡Lorick!
Era imposible que su voz no lo conmoviera porque Creta, a pesar de las discusiones, de los desencuentros y los malentendidos, era el amor de su vida. En realidad siempre lo había sido de alguna manera. Y esa era su última oportunidad para poder amarla.
─¡Lorick, te quiero! ¡Te quiero! ¡Te quiero más de lo que nunca he querido ni querré a nadie! ¡Y si tú también me quieres…! ─Se le puso un nudo en la garganta y las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos mientras decía─: ¡Si de verdad me amas, sal de ahí ahora mismo! ¡Te lo ruego!
Para Lorick el tiempo se detuvo. Tenía el arpón en las manos, a Sigrif apoyado de mala manera contra un mueble, sangrando y malherido.
A Creta y a Nilo esperándolo al otro lado del fuego.
Si se giraba para escapar, era muy probable que el brujo aprovechara para atacarlo por la espalda.
Tenía que medir muy bien, ahora sí y sin dejarse llevar por las emociones, su siguiente paso. Y eligió vivir.
Primero derribó una estantería para bloquear al brujo, que quedó prácticamente atrapado entre aquella y la pared.
Ahora ya no podría clavarle a traición ninguno de sus aguijones envenenados.
Entonces, mientras se colgaba el arpón en la espalda, giró sobre sus pies, lo más rápido que pudo, subió sobre la mesa volcada, de ahí saltó para sujetarse con las manos a los nichos que llegaban hasta el techo de la estancia, donde se guardaban más y más rollos de papiro y, por un hueco que quedaba entre las llamas y la entrada de la sala del archivo, logró escapar por fin mientras veía, por última vez, el cuerpo de Sirio, que se consumiría allí dentro.
Cuando llegó junto a Creta, ambos se fundieron en un abrazo intenso pero fugaz.
Tenían que salir cuanto antes de la biblioteca.
─¿Puedes caminar? ─le preguntó Lorick. Creta dudó.
Las piernas todavía no le respondían y le temblaban los tobillos.
Sin esperar respuesta, el nórdico cargó con ella y se marcharon escaleras abajo buscando una salida.
Sin embargo, al llegar a la entrada principal cayeron en la cuenta de que, a esas horas, estaba cerrada. Y sin Sirio, nunca la podrían abrir.
─Volvamos arriba ─propuso Creta─. En lo alto del todo hay una azotea. Podremos escapar por allí.
Y dieron media vuelta. El fuego avanzaba sin remedio devastando a su paso muebles, vigas y, sobre todo, cientos de papiros en los que se habían volcado siglos de sabiduría y estudio.
Pronto no quedaría nada. El humo y las llamas salían ya de la sala del archivo estrechando el paso por el corredor.
Si no se apresuraban, se quedarían atrapados.
Así que avanzaron en fila. En primer lugar pasó Nilo, que sujetaba la mano de Creta por si perdía el equilibrio.
Y fue entonces cuando una criatura rastrera, una víbora venenosa, obsequió a la joven con una picadura en el gemelo: Sigrif, arrastrándose por el suelo con un aspecto lamentable, había logrado consumar parte de su venganza con las últimas fuerzas que le quedaban.
Creta cayó de bruces encima de Nilo y Lorick, ahora sí, descargó su arpón sobre el cuerpo del brujo, imbuyendo en él toda su furia y su rabia. Sigrif murió con las pupilas clavadas en él, con una mueca ruin a la vez que triunfal.
─¡Creta! ─gritó cogiéndola en brazos. Aún estaba despierta.
─Solo me ha rozado… ─susurró con la respiración agitada.
─No hables, no te muevas, o el veneno irá más rápido. ─Ella, con la mirada perdida, asintió─. Te salvaré, Creta. Te salvaré.
Con ayuda de Nilo, Lorick consiguió llegar hasta la azotea cargando con ella.
La Biblioteca de Virim no tenía más de dos alturas.
Además, estaba rodeada de tejados de otras construcciones que les sirvieron de ayuda en la difícil tarea de bajar con Creta en aquel estado.
Una vez llegaron al suelo, ya en la calle se dirigieron a toda prisa a casa de Sirio.
Entonces, Lorick depositó a Creta sobre su cama con mucho cuidado, concretamente sobre el vestido de seda verde que nunca pudo regalarle, ahora raído y malogrado por Sigrif.
Y se temió lo peor: estaba pálida, fría, le temblaba el pulso y comenzaba a adormecerse.
Tenía el gemelo inflamado, la herida había comenzado a supurar y la piel de alrededor se había tornado de un color que no auguraba nada bueno.
─¡Creta! ¡No puedes dormirte! ─le decía, zarandeándola─. ¡Creta, despierta! ¡Creta!
A medida que la vida abandonaba poco a poco su cuerpo, Creta lamentó no haberle hablado más a Lorick acerca de sus sentimientos.
Nunca más volvería a besarla. Nunca regresarían al río para ver juntos y en silencio los primeros botones de oro.
Lamentó también haber odiado tanto a Attaegina.
En ese instante, de hecho, la sentía muy cerca.
Había sido una buena hermana mayor y, si ella se hubiera sincerado más, tal vez no habrían peleado tanto.
Por otro lado, se alegró de haber conocido a Nilo.
A él sí le había confiado muchos secretos, pero se quedaría con las ganas de comer la mejor de sus recetas porque nunca llegaría con él a Teff.
Empezó a aceptar que su hora se acercaba y bastó un par de segundos para que empezara a soñar.
Entonces vio los prados de Caliza y sintió la frescura del arroyo en los pies.
Crecían berros bajo las rocas. Cada año recogía muchos de ellos.
Pero primero golpeaba las piedras con una rama porque debajo, en ocasiones, habitaban víboras.
Su padre le había enseñado ese truco cuando se la llevaba con él a recoger plantas silvestres.
Nunca le había mordido ninguna víbora. Hasta el día de su muerte.