El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 57
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CAPÍTULO 57

─¡Apártate de ella! ─exclamó Lorick entrando en la sala del archivo con su arpón en las manos, como un felino a punto de atacar.

Había visto horrorizado el cuerpo sin aliento de Sirio, pero se consoló al comprobar que Creta aún respiraba.

Tras él iba Nilo, con su sable preparado─. Como vuelvas a hacerla gritar…

─¿Me lo contarás si la hago gritar? ─respondió Sigrif manteniendo la calma. Lorick seguía avanzando hacia él calculando todas sus posibilidades, anticipándose a sus movimientos. El brujo insistió─: ¿Me vais a explicar, tú o el niño, por qué buscáis el manuscrito de Calíope?

─¿Cómo? ─Lorick no esperaba esa pregunta. Junto a él, Nilo se puso nervioso al notar el rollo de papiro escondido bajo su camisa. ¿Averiguaría ese brujo que lo tenía él?

─De ti depende, Lorick, hijo de Oberón, traidor del clan. Si me lo cuentas, la mataré sin dolor.

Lorick corrió hacia él lo más rápido que pudo, pero aún estaba demasiado lejos, lo suficiente para que, una vez más, Sigrif retorciera la trenza en su manos. Fue un movimiento fugaz, apenas perceptible, pero Creta rugió como si la devoraran viva.

─¡Detente, por favor! ─le suplicó Lorick bajando el arma.

Los gritos de Creta se le habían clavado en el alma, como flechas ardiendo.

Pero había algo que no comprendía: si el brujo ni siquiera la había tocado, ¿cómo la hacía agonizar de esa manera?

Sigrif sonrió, complacido, regodeándose en la tortura de su víctima.

─¿Me lo vas a contar? ─insistió.

Creta, retorcida en el suelo, se giró con esfuerzo y, al encontrar los ojos de Lorick, con un hilo de voz susurró:

─No se lo cuentes. De todas formas, voy a morir.

─¡No! ¡No vas a morir! ─exclamó Lorick con el corazón en un puño─. No vas a morir, Creta. Nos iremos juntos de aquí. Te lo prometo.

─Pero, ¿entonces es verdad que quieres a esta mujer? ─lo interrumpió Sigrif. Lorick le asestó una mirada llena de odio. El brujo continuó─: Entiendo. Bueno, mejor así. ─Y le mostró la trenza con una mueca perversa─. ¿Te suena de algo?

Lorick reconoció enseguida la trenza de Creta, la misma con la que le había prometido un falso matrimonio delante de Titania. La misma que, torpemente, había perdido mientras procuraba salvar a Atti de Molok. Y de repente, el peso de la culpa lo atravesó como un rayo.

─Mátame a mí, Sigrif, pero libérala a ella ─le suplicó colocando el arpón en el suelo en señal de rendición─. Creta no tiene la culpa de nada. Ella ha terminado aquí por mí.

─No me sirve, Lorick. No funciona así. Mintiendo o no, ella se prometió contigo delante de todo el clan, por tanto, su traición es tan imperdonable como la tuya. En el nombre del Clan del Salmón, debéis morir los dos.

─¡Libérala, te lo ruego! Toma mi vida, mi patrimonio, ¡lo que quieras! Pero déjala ir. Deja que se vaya con Nilo.

Creta percibía la voz de Lorick como el eco vago de una ensoñación.

A consecuencia del dolor, su cuerpo se había rendido y, cada vez más adormecida, luchaba en vano contra el peso de sus párpados.

Rindiéndose a la fatiga, los músculos de su brazo perdieron la tensión que los mantenía en movimiento y su mano se venció sobre la hoja de plata de una de sus dagas gemelas hasta que, de pronto, salpicada por una lucidez imprevista, se dijo que no pensaba quedarse allí dormida mientras Lorick se jugaba la vida para salvarla.

¡No se lo pondría tan fácil a ese brujo de ultratumba!

Y aunque muriese en el intento, como poco sería tozuda hasta el final.

Entonces, reuniendo la fuerza que le quedaba, alcanzó la daga con los dedos y la arrojó a los pies de Sigrif.

Huelga decir que no le abrió una herida mortal, ni siquiera fue un golpe que lo dejara fuera de combate, pero sí un impacto lo bastante molesto como para que el brujo perdiera la atención, y bastó ese instante para que Lorick tomara ventaja sobre él.

Le golpeó la cara con tanta fuerza que lo derribó, y como consecuencia la trenza se desprendió de las manos de aquel, volando por los aires y cayendo muy cerca de Nilo, que la recogió de inmediato aun sin saber muy bien qué debía hacer con ella.

Entonces corrió hasta Creta y la levantó del suelo.

─¡Llévatela! ─le pidió el nórdico. Y Nilo, tras guardarse la trenza, obedeció.

Mientras tanto, Lorick continuó peleando contra el brujo sin darle tiempo para reponerse.

Era evidente que Sigrif no estaba a su altura en un combate cuerpo a cuerpo.

La sangre recorría su rostro mientras intentaba defenderse con poco éxito de los puños de Lorick, quien tenía un objetivo muy claro: acabar con él a toda costa.

Solo así, Creta estaría definitivamente a salvo.

Pero en un momento dado Sigrif logró escabullirse, y antes de que Lorick lo alcanzara, volcó una mesa que le sirvió de escudo mientras recobraba el aliento.

Entonces desenfundó el colmillo de jabalí y se lo mostró a modo de amenaza.

Lorick se detuvo. Conocía perfectamente los venenos que el brujo manejaba.

De hecho, suponía que con eso mismo era con lo que había asesinado a Sirio.

Además, su arpón estaba en el suelo a varios metros de él.

Iba desarmado. Al parecer, las tornas comenzaban a girarse.

─Sabes que tarde o temprano la voy a matar, ¿verdad?

─lo provocó Sigrif sonriendo con perfidia.

Lorick respiró hondo. No podía acercarse al brujo, pero tampoco darle la espalda.

Necesitaba un arma con la que defenderse.

Entonces, de soslayo, vio el color del fuego de la lámpara reflejado en el suelo, sobre la superficie de una hoja metálica.

Era una de las dagas de Creta y la tenía a apenas dos pasos de distancia.

Pero, ¿cómo alcanzarla sin bajar la guardia?

─Por encima de mi cadáver ─respondió. Y raudo como el viento, rodó por el suelo hasta alcanzar la daga, esquivando por muy poco el colmillo envenenado.

Cuando se puso en pie de nuevo, Sigrif avanzó hacia él con el brazo levantado.

Sin embargo, Lorick fue más rápido y, de una estocada, le hirió la mano.

Sigrif emitió un quejido ronco y el colmillo, manchado con su propia sangre, se desprendió de sus dedos.

Lorick corrió a recuperar su arpón, dispuesto a poner fin al combate con un último golpe.

Sin embargo, antes de que pudiera tocarlo, la lámpara de aceite se vertió sobre los papiros amontonados en el suelo y muy pronto comenzaron arder.

Delante de las llamas, Sigrif volvió a sonreír mientras se presionaba la herida con la mano sana.

─Puede que hayas salvado a tu prometida, traidor ─dijo─, pero tú te vienes conmigo. El fuego nos devorará en cuestión de minutos.

Lorick miró hacia la puerta de la sala del archivo.

El fuego había comenzado a propagarse desde ahí, justo en la única salida posible.

Sigrif lo había calculado a la perfección para que ambos quedaran atrapados.

Así, aun no pudiendo haber consumado completamente su venganza, se marcharía satisfecho.

Sin embargo, Lorick no se resignó. Por el contrario, recogió su arpón con entereza: en primer lugar, mataría al brujo que había torturado a la mujer que más amaba.

Después, se entregaría en soledad a la muerte asumiendo que nunca, nunca jamás, podría pedirle a Creta que aceptara ser su prometida.