El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 56
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CAPÍTULO 56

─Traidora ─murmuró alguien a sus espaldas.

Creta percibió el olor a madera ahumada mezclado con el de la piel de carnero, y al girarse descubrió a Sigrif armado con un sospechoso aguijón.

Era un colmillo de jabalí impregnado con un líquido pardo, denso, y Creta recordó que, en alguna ocasión cuando estuvo en Heimkel, escuchó hablar de la maestría que el brujo demostraba en el arte de preparar bebedizos letales.

Eso explicaba que la muerte de Sirio hubiera sido tan rápida y, aparentemente, indolora.

Sin dudar un momento, desenvainó sus dos dagas de plata y se colocó en posición de defensa. Y aunque le temblaba el pulso y respiraba con agitación, hizo lo posible por mantener el aplomo porque no quería demostrarle a Sigrif lo aterrada que estaba.

Mientras tanto, el brujo la miraba como un depredador convencido de que se va a dar un festín.

Debajo de la ropa negra, su cara era pálida como un cadáver.

Pero era en sus ojos donde su ferocidad germinaba como una semilla cruel, unos ojos de color azul casi transparente, inertes como los de un pez.

Su mandíbula, medio abierta, permitía entrever sus encías, moradas, podridas como el fondo de sus uñas por un consumo habitual de pociones que mantenían a su cuerpo acostumbrado a todo tipo de venenos.

«No puedo fallar», se dijo Creta haciendo acopio de todo su valor.

«Si me roza, me mata». Desde que tenía memoria, ningún oso, lobo o jabalí de los bosques de Bérika le había dado tanto miedo.

En comparación, Sigrif era una bestia letal y, para colmo, inteligente.

Mucho. Creta avanzó hacia él con la intención de desarmarlo, sin embargo y para su sorpresa, el brujo se limitó a retroceder mientras guardaba con cuidado el colmillo en una funda de cuero que colgaba de su cinturón.

«¿Se rinde?», dudó cuando casi lo había alcanzado.

Y se puso en acción antes de darle la ocasión de escapar.

El brujo esquivaba vertiginosamente sus estocadas a medida que ella lo iba acorralando contra una pared.

¡Estaba tan cerca que no podía fallar! Creta jamás había matado a un ser humano, aunque solo de pensar en la imagen de Trueno y de Eclipse degollados, en el cuerpo de Sirio todavía caliente, tendido allí en medio, le daban ganas de hacerle lo mismo a ese hechicero inmundo, sin explicaciones, sin concederle una maldita oportunidad ni escuchar sus últimas palabras antes de la muerte, pues ese ser que tenía delante carecía de humanidad.

Entonces, con una daga lo hirió en un hombro.

Un gruñido sordo fue lo que el brujo emitió como queja ante el dolor.

El siguiente movimiento iría directo al cuello y sería el definitivo.

Es más: si no se revolvía en el último momento, puede que hasta muriese muy pronto cuando la hoja de plata le seccionara la yugular.

Pero el brazo de Creta no terminó su recorrido.

Sus dedos soltaron repentinamente la daga y, acto seguido, se encogió sobre sí misma para sujetarse el vientre en medio de un sufrimiento insoportable que no entendía cómo ni por qué se había producido, pues Sigrif apenas se había movido del sitio y no había desenvainado ningún arma.

Tan solo tenía la mano metida en un bolsillo de su capa.

─¿Qué guardas ahí? ─gimió Creta antes de que una nueva sacudida de dolor la recorriera. Sigrif puso una mueca que podía interpretarse como una sonrisa de triunfo. Entonces extrajo la mano del bolsillo: de sus dedos colgaba una trenza de color tan oscuro como el cabello de Creta.

─Esto te pasa por entregarle tu trenza a un hombre que no te ama ─dijo arrastrando las palabras con un marcado acento del norte. En ese instante, retorció la trenza con los dedos y Creta rugió al sentir que le partía los huesos─. ¿Creías que te iba a dar una muerte rápida, como al bibliotecario?

─¡Para! ¡Para! ¡Por favor!

─Las trenzas son muy poderosas, traidora. Sobre todo las de pelo humano.

Deshecha de dolor, Creta no tenía fuerzas para alcanzar sus armas, así que Sigrif las apartó de una patada. Se arrodilló junto a ella y le mostró la trenza de cerca haciendo un guiño perverso.

─Es tuya, sí. Lorick no tuvo ningún cuidado al perderla en el campo de batalla. Menos mal que allí estaba yo para recogerla.

─Él sí me ama... ─susurró Creta.

─Mentira. Él te ha mentido. Y los dos mentisteis al Clan del Salmón.

Ahora tendréis que pagar por ello. Pero antes, necesito que me cuentes algo.

─Sigrif dobló la trenza sobre sí misma y Creta notó que le estrangulaba las entrañas.

Gritó varias veces con todas sus fuerzas.

Era en vano, nadie la oiría─. ¿Para qué queréis el manuscrito de Calíope?

Creta, apretando los dientes, negó con la cabeza.

─No te diré nada.

Entonces Sigrif, sin titubeos, le provocó más sufrimiento. Creta sacudía las piernas y arañaba con impotencia los papiros que había desparramados por el suelo. Solo después de arrancarle varios aullidos desgarradores, Sigrif detuvo su mano de nuevo.

─Es un manuscrito muy especial, ¿verdad? ─le preguntó─. Pero, ¿para qué sirve? Si Nabor lo está buscando, debe de ser muy útil.

─¿Qué más te da, si todo tu clan ya está muerto? ─lo provocó Creta. Sigrif continuó torturándola sin compasión.

─Un solo hombre basta para vengar a un clan ─le respondió dándole unos instantes de calma─. Y también para levantarlo de nuevo. Tengo fervientes seguidores en las Tierras Verdes, ¿sabes? Me recibirán con honores en Heimkel cuando regrese allí con vuestras cabezas.

─¿Nuestras cabezas? ─dudó ella. Luego sonrió con un deje desafiante.

─¿Te lo tomas a broma?

─Ni en tus sueños ganarías a Lorick.

─¿Estás segura? ─Por un momento Creta se temió lo peor─. Ya he terminado con él, esta tarde, mientras tú coqueteabas con el bibliotecario.

─¡No!

─Pero a ti podría dejarte vivir si me cuentas más sobre el manuscrito de Calíope. ¿Por qué es tan importante?

Creta apenas podía moverse. Le dolía todo el cuerpo y notaba el aliento hediondo del brujo muy cerca de su rostro.

Temía por la vida de Lorick, pero no creía las palabras de Sigrif.

Era imposible que lo hubiera asesinado porque, si Lorick hubiera muerto, ella lo habría notado, habría recibido alguna señal del Cosmos o quizás se le habría detenido el corazón…

Un simple movimiento de los dedos del brujo sobre la trenza fue suficiente para que una nueva punzada de dolor la abordara.

─¿No me lo cuentas, traidora?

Creta se mordió los nudillos para poder soportarlo, pero no pensó en ceder. Nunca. La gente, con buenas razones, acostumbraba a decir que Attaegina era la chica más terca de Bérika. Y ella, su siguiente hermana, había aprendido de la mejor.

─Lorick está vivo, a mí no me engañas. Así que puedes matarme si quieres, no abriré la boca. Después de eso, Lorick te perseguirá hasta el fin del mundo para destrozarte.

─¡Calla ya, zorra! ─bramó el brujo. Y dio un tirón a la trenza.

En ese momento, Creta sintió que se le iba a romper la columna.

Sigrif detuvo su mano─. ¿Para qué queréis el manuscrito?

¿Cuál es el secreto que esconden sus líneas para que haya sido protegido durante tanto tiempo?

¿Se volverá más poderoso Nabor si lee lo que pone en él?

Creta le escupió a la cara agotando así las fuerzas que le quedaban mientras una parte de ella comenzaba a desear que la muerte se la llevara para poner fin a su agonía.

Entonces Sigrif lo comprendió: no había manera de someter a esa pueblerina asilvestrada.

Por más dolor que le infligiese, esa estúpida no soltaría prenda.

Podría asesinarla ya y terminar con su sufrimiento.

Después, se marcharía a buscar a Lorick para consumar la venganza del clan.

Esa era la prioridad. Pero también estaba Nilo.

El brujo lo había visto por primera vez en Heimkel ayudando a la chica ángel, y tenía que reconocer que era audaz pese a no tener más que quince años, aunque tal vez, con ayuda de sus venenos, podría sonsacarle acerca del manuscrito…