CAPÍTULO 55
─Es muy tarde ya, Sirio. Debes de estar cansado ─le dijo Creta.
Desde hacía horas, ya no quedaba nadie más que ellos dos en la Biblioteca de Virim.
Incluso los centinelas se habían marchado dejando las puertas cerradas.
Al fin y al cabo, cuando Casio aún vivía era habitual que se quedara muchos días allí hasta la madrugada, y en no pocas ocasiones se lo habían encontrado por la mañana dormido sobre una mesa y rodeado de cientos de papiros desenrollados.
Visto así, no era extraño en absoluto que Sirio quisiera seguir sus pasos.
─Creo que estoy muy cerca, Creta. Estos planos de la ciudad son los más antiguos que se conservan. El templo gemelo debe de aparecer por fuerza en alguno de ellos.
Creta, apática, se sujetaba la cabeza con las manos mientras Sirio estudiaba por octava vez, o quizás novena, una montaña de mapas. Nunca imaginó que una biblioteca pudiera resultar más agotadora que una marcha por los bosques.
─Pero siempre llego al mismo punto, como si fuera un callejón sin salida: es imposible que ese templo estuviera en el centro de Virim.
No, no… Fíjate en este plano antiguo, Creta.
Y ahora mira este otro, el plano actual.
Si hubiera habido un templo tan grande en este punto, que coincide más o menos con esta barriada, la de la biblioteca, tendría que quedar algún resto.
No pudo desaparecer sin más. No lo entiendo.
Creta ya no sabía ni de lo que hablaban.
En su cabeza, la imagen de los caballos muertos la sacudía con crueldad una y otra vez, en bucle.
Ver a Trueno y a Eclipse degollados, en el suelo de las cuadras, y toda la paja a su alrededor teñida de sangre había sido uno de los mayores golpes de su vida.
Pero lo peor es que todos sabían que no se trataba de un acto vandálico o de un tropiezo con la mala fortuna, sino de un ataque premeditado, calculado con la frialdad suficiente como para no dejar pistas evidentes aunque sí una firma inconfundible: la firma de Sigrif.
Sus ojos castaños se perdieron en las filigranas que decoraban el marco del plano mientras Sirio, señalando uno y otro punto con los dedos, hacía conjeturas en voz alta.
Entonces encontró la torre de los astrólogos, el lugar en donde Sirio le había confesado sus sentimientos, el mismo también en donde se dio cuenta de que su corazón pertenecía a Lorick desde siempre y para siempre.
Buscó la misma torre en el mapa antiguo, pero en aquel solo figuraba la vieja muralla actualmente en ruinas.
Y tuvo una idea. Detuvo la mano de Sirio y dijo:
─¿Y si el centro de la antigua Virim no coincide con la construcción actual?
─El bibliotecario no respondió. Se quedó pensativo tratando de hilar aquellas ideas.
Creta prosiguió─: La vieja muralla se construyó más hacia el este de la actual ciudad, por tanto, el centro de la antigua Virim no se encuentra en esta barriada, sino que se habrá desplazado. ¿Me explico?
Puede que no supiera leer más de dos o tres palabras seguidas, pero había empezado a desarrollar una gran habilidad para interpretar mapas.
Cuando Sirio aplicó los cálculos de Creta, la yema de su dedo fue a parar sobre los trazos que dibujaban la Plaza Real, y rápidamente la imagen del enorme tocón seco y de los restos de mármol negro en las ruinas de los pórticos le dio la respuesta.
─¡Tu mente es brillante y maravillosa! ─exclamó─. ¡Oh, Creta! ¡El templo gemelo es la plaza porticada!
Creta sonrió, aunque fue incapaz de contagiarse de su júbilo.
─Perdona mi efusividad ─se disculpó Sirio.
─No, no… No tienes que excusarte. Yo también tendría que estar dando saltos de alegría.
─Ha sido un día muy duro para ti, es normal. Así que voy a ordenar todo esto y luego nos vamos a casa. Lorick y Nilo estarán esperándonos para cenar. Les contaremos lo que hemos descubierto y después iremos a la plaza porticada a buscar ese manuscrito.
Y dicho esto, se marchó a la sala del archivo portando en los brazos un buen puñado de mapas y documentos que devolver a sus huecos.
A Creta le enternecía la pasión con la que lo hacía todo, su buen carácter.
A pesar de seguir enamorado de ella, Sirio no volvió a hablar sobre eso.
No le insistió ni faltó a sus buenos modales.
Él sabía de sobra que era Lorick quien ocupaba el lugar más importante en su corazón, lo entendió en cuanto su mano y la del nórdico se saludaron.
Sabría también mantenerse a un lado con el fin de respetar las decisiones de Creta, de eso ella estaba segura.
Sin duda, conocer a Sirio había sido una bendición, un remanso de paz para sus tormentos, una ayuda más que generosa enviada por el Cosmos.
Ahora navegaban en el mismo barco, pues el bibliotecario se había unido a la misión.
─Gracias, Sirio ─susurró Creta sabiendo que no la oía─, gracias por tener un alma tan bella.
Se levantó con pocos ánimos. Llevaba casi todo el día sentada en esa mesa.
Tenía el cuerpo entumecido y el estómago cerrado, pero debían continuar porque estaban muy cerca.
Salió al pasillo de la segunda planta y se dirigió a la sala del archivo.
La biblioteca apenas se hallaba iluminada a esas horas y el escándalo de las calles se había reducido a un vago rumor.
Pero en medio de esa aparente calma un escalofrío heló sus huesos cuando creyó escuchar un grito ahogado.
Se le erizó la piel y, justo unos segundos después, cuando llegó con sigilo hasta la sala del archivo, Sirio la miró por última vez antes de desplomarse sobre el suelo y quedarse rígido, como una estatua, mientras una mancha roja a la altura de su pecho malograba su túnica blanca.