El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 54
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CAPÍTULO 54

Nilo, sin vacilar, desenfundó su sable y apuntó a la anciana con su hoja. En realidad tenía ante sí mismo a una de las mayores enemigas de Pantera, a una de las mujeres que más sufrimiento le había ocasionado. No tendría piedad, por muy vieja que fuera...

─Enfunda el sable ─le pidió Lorick sin perder la calma─. Nilo, haz lo que te digo. Baja el arma o cualquiera que nos vea creerá que estamos atracando a una anciana. Y lo último que queremos es llamar la atención de la guardia imperial.

Nilo, sin apartar la mirada de Sekmis, obedeció a Lorick y guardó el arma muy despacio, a regañadientes, sin fiarse de la vieja mendiga que, por otro lado, no parecía en absoluto asustada, quizás porque ya se sentía más cerca de la muerte que de la vida.

─¿Qué te ha pasado? ─le preguntó Nilo con desprecio─. ¿Qué haces aquí? ¿Nabor te ha pedido que nos espíes o qué?

─Nabor me matará si me descubre, aunque seguramente cree que estoy muerta. ¿No me veis? Tengo más de cien años. La edad ha atropellado súbitamente a mi cuerpo en cuanto he dejado de recibir la magia negra del Patriarca.

─Entonces, ¿ya no le sirves?

La vieja Sekmis negó con la cabeza. Sus pupilas todavía mantenían las ascuas de la que fue su mítica belleza, la que en su momento le valió de moneda de cambio para ser admitida en el Templo del Laurel y convertirse en la preferida del hombre más poderoso de Teff.

─El día que destruisteis el templo, aproveché el caos y el desconcierto para salir por fin de allí.

─¿Por fin? ─la interrumpió Nilo, mordaz─. ¿Cómo que por fin? Hablas como si te hubiesen castigado ahí dentro, como le hacías a mi hermana. ¡Pero tú eras quien la castigaba a ella! ¡Eras la mano derecha del Patriarca!

─¡Te juro que yo quería abandonarle desde hacía años!

Quise marcharme de allí desde que mi hija fue sacrificada delante de mis narices con mi consentimiento.

Pero sé que no existe perdón para mi alma porque fui tan mezquina como el Patriarca, pues quien calla, otorga ─se lamentó.

Las lágrimas de un llanto silencioso, tan prolongado en el tiempo que ya estaba dado de sí, todavía acudieron a sus párpados flácidos.

Era tan miserable que hasta Nilo se compadeció.

Después, continuó─: Ya sé que yo no hice nada para impedir que Nabor asesinara a Nimeria.

Soy cobarde, indigna, jamás merecí que el milagro de la maternidad se obrara en mi vientre.

Pero me quedé allí, junto a Nabor y a mi hermana, porque no tenía dónde ir.

De cualquier manera, ya no había vuelta atrás.

Nimeria nunca regresaría a la vida y la herida infecta de la culpa terminaría por matarme lentamente.

¿De qué sirven la juventud eterna o la belleza de un cuerpo inmortal si se tiene el corazón podrido?

Nabor nos mantenía jóvenes y hermosas un año tras otro.

Congeladas en la apariencia de jóvenes de veinte años, fuimos sus sacerdotisas, sus cómplices, sus concubinas.

Vivíamos completamente a su merced una existencia de mentira donde, por muchas joyas de oro que nos cubrieran, seguíamos siendo esclavas de un diablo.

Nilo no añadió nada. Sekmis ya no era más que una calamidad y Pantera le había enseñado que no se debía hacer leña del árbol caído.

─Fue Attaegina, ella me abrió los ojos ─continuó─.

Cuando vi a Attaegina por primera vez me recordó tanto a Nimeria que el pasado se removió en mí.

Esa chica ángel no se dejó dominar en ningún momento.

Fue como si el Cosmos me hubiese enviado a una maestra bajo la apariencia de una discípula.

Cuando la vi luchar y resistir hasta el final sin ceder al miedo o al hambre de poder, vi reflejados en ella, como si de un espejo se tratara, todos mis defectos sin pulir.

Entonces me dije que no quería seguir engañándome y conformándome con un destino baldío.

Sentí que era el momento de comenzar a vivir de verdad, aunque me quedara poco.

Y aquí estoy, vagabundeando por las calles como un perro, comiendo de la basura y buscando la redención antes de que la parca me reclame.

Lorick y Nilo habían escuchado atentamente su relato. Al fin y al cabo, Sekmis ya no inspiraba más que lástima. No representaba ninguna amenaza.

─Attaegina era tu prometida, ¿verdad, nórdico?

Lorick asintió con la cabeza vagamente. Ese asunto le producía ya cierto hartazgo.

─Lo fue, sí.

─Pero ya no. Me he fijado en cómo miras a su hermana. Creta es buena, tiene el corazón limpio. Desprende casi tanta luz como Attaegina teniendo en cuenta que no es de naturaleza angélica.

─¿Nos has estado espiando desde que llegamos a Virim? ─le preguntó Nilo volviendo a desconfiar. Pero Sekmis se expresaba con la serenidad de quien ya no tiene nada que perder.

─Podría decirse que sí, aunque la verdad es que hubo alguien que me lo pidió expresamente.

─¿Quién? ─dijeron ellos al unísono.

Sekmis se llevó una mano a la parte baja de la espalda, para sujetarse la cadera, y cojeó hasta un muro para poder sentarse, donde acomodó muy despacio su viejo cuerpo huesudo y destartalado. Lorick y Nilo la siguieron y ella prosiguió:

─Fue Casio, el maestro de Sirio.

─¿Casio? ─se sorprendió Lorick─. ¿Os conocíais?

─Todos en Teff habíamos escuchado hablar del director de la Biblioteca de Virim. Casio era una eminencia, un gran estudioso de multitud de disciplinas. Pero, además, se conoce que era nawal .

─Precisamente por eso ha sido ejecutado hace semanas... ─añadió Nilo. Sekmis asintió con la cabeza.

─Desgraciadamente, sí. Nabor lo tenía en el punto de mira por sus grandes conocimientos y capacidades.

Por eso lo busqué: si había alguien dispuesto a traicionar a Nabor y a poner fin a su tiranía, alguien que llevaba años planeando cómo conseguirlo y a quien cuyos maestros habían aleccionado para ese fin, ese hombre era Casio, el último miembro de una larga tradición de nawales que, desde hace siglos, se ocuparon de custodiar el auténtico manuscrito de Calíope para que el Patriarca no tuviera acceso a él.

─¿Y cómo sabemos que Casio confió en ti? ─seguía interrogándola Nilo, todavía reticente─. ¿Cómo podemos confiar en ti, vieja bruja?

Sekmis no se inmutó por sus insultos. Rebuscó debajo de su atuendo y extrajo un paquete envuelto en una bolsa de lino sin teñir.

Entonces, Lorick y Nilo intuyeron que se trataba de algo muy importante.

Cuando la mano venosa y trémula de la anciana desenvolvió lo que parecía un rollo de papiro, se quedaron absortos.

─El manuscrito de Calíope ─concluyó Sekmis mostrándoselo a ambos ─ . Aquí lo tenéis. El propio Casio me lo confió antes de que se lo llevaran a Teff.

─Los Arcanos lo predijeron ─rumió Nilo─. Era verdad: el papiro, dijeron que lo encontraríamos en el templo gemelo. Pero no estaba oculto debajo de ninguna tumba ni guardado en una biblioteca. Tenía que ser hoy, aquí y ahora. En fin, bromas del Cosmos...

Sekmis asintió.

─Veo que Amneris te enseñó muchas cosas prohibidas, y parece que se te da bien el arte de la adivinación, muchacho…

De nacer hembra, habrías sido una gran discípula.

Pero bueno, volviendo al manuscrito, durante siglos los nawales de Virim, herederos del legado de Calíope, se relevaron en la custodia secreta de este rollo de papiro que jamás se guardó en templos ni en ningún lugar perteneciente al Imperio, como Nabor pensaba, sino que ellos mismos lo mantuvieron a salvo en sus hogares.

─¿Y por qué Casio te lo confió a ti? ─preguntó Lorick.

─Casio conocía la lengua de las estrellas.

Sus mensajes nunca fallan. En las estrellas leyó que vosotros seríais los últimos portadores del manuscrito.

Y también que una anciana adivina  desertora del Patriarca serviría de nexo de unión entre él y vosotros cuando Nabor lo ejecutara.

Prácticamente me estaba esperando la primera vez que me senté a las puertas de la biblioteca para pedir un poco de pan.

─Miró al cielo un instante. Los primeros astros ya se habían colocado allí arriba esperando a que la oscuridad de la noche se cerrara para que sus hermanos más tímidos salieran a acompañarlos─.

Me reconoció en seguida. Él creía fervientemente en el vaticinio de las estrellas, por eso depositó su fe en mí.

Y no se equivocó. Aunque vosotros desconfiéis de mí, lo cual comprendo, Casio sabía que esta era mi última oportunidad para salvar mi alma y que yo haría cualquier cosa para obtener la redención del Cosmos.

Por eso estoy aquí entregándoos esta pieza clave. Tomad. Ahora es vuestro turno.

A pesar de su estado tan vulnerable, su mano se mantenía firme.

Así lo sintió Nilo cuando recibió de ella el tan buscado rollo de papiro.

Pero una vez se desprendió de aquel objeto, su energía vital pareció mermar de repente, como si el propósito de cumplir su misión la hubiese mantenido sana y fuerte hasta ese instante.

Ahora que había llevado a cabo su encomienda, su tiempo se terminaba.

Incluso ellos la percibieron más débil y apocada mientras el color de su piel comenzaba a apagarse despacio.

─ Casio también sabía que iba a morir por esta causa ─ se lamentó. Ya no quedaba en ella un solo resto de la altivez del pasado ─. Pobre Sirio, con lo mucho que necesita a su padre, se ha quedado muy pronto sin él...

─Entonces, tenemos que llegar a Teff cuanto antes ─resolvió Lorick─. Minos está allí con el Patriarca. Y no debe de quedar mucho para que lleven a cabo su oscuro plan. Todo encaja: ese hijo bastardo de Nabor es, sin duda, el próximo Ángel de la Codicia del que habló Calíope.

Lorick se guardó el rollo de papiro y se dispuso a marcharse, pero antes se quedó mirando a Sekmis y sintió tanta misericordia de ella que le entregó un puñado de monedillas para que pudiera comer al menos durante una noche o dos, si es que vivía tanto.

La que fuera suma sacerdotisa del Patriarca, la intocable Sekmis, no era más que piel y huesos bajo aquel atuendo negro, con los pies descalzos manchados de la suciedad de las calles. Y se compadeció de ella.

─Te damos las gracias, señora ─dijo haciendo una leve inclinación con la cabeza─. ¿Hay algo que podamos hacer nosotros por ti?

Sekmis les sonrió con tibia resignación.

─Terminad el plan de Calíope e impedid que su profecía tenga lugar. Es lo único que os pido. Yo he llegado hasta aquí y he cumplido con mi parte. Ahora sé que me queda poco y que Madre Tierra y Padre Cielo serán clementes conmigo. Poco más puedo pedir.

Y se quedó allí, sentada, como un pedazo más de Virim, mientras Nilo y Lorick, tras despedirse de ella sin dejar de agradecerle, corrieron lo más deprisa que pudieron hasta llegar al hogar de Sirio.

La que había sido la vivienda de Casio, herencia actual de su hijo adoptivo, se encontraba en el corazón de Virim, en medio de esa maraña de callejuelas enredadas como hilos que a menudo se convertían en la pesadilla de los forasteros cuando no llevaban un mapa en condiciones.

Era pequeña y muy humilde a pesar de tratarse de la residencia del director de la biblioteca.

Pero tenía un encanto especial y un ramo fresco de lirios blancos adornaba siempre el pórtico de madera labrada.

Nilo y Lorick la encontraron gracias a eso.

─Voy a decirle a Creta que recoja todas sus cosas ─anunció Lorick tocando a la puerta─. Saldremos esta misma noche de la ciudad. Tenemos que llegar a Teff cuanto antes.

─¿Crees que podréis conseguir caballos? ─le preguntó Nilo.

Pero Lorick no le escuchó. Volvió a tocar a la puerta. Nadie abría.

─¿Estarán aún en la biblioteca? ─dijo. En ese momento la puerta cedió, como si alguien la hubiese dejado entornada.

Lorick sintió una presencia siniestra. Rápidamente, tomó su arpón y entró en la casa caminando con sigilo.

Al verlo, Nilo desenfundó su sable y se puso detrás de él para cubrirle las espaldas.

Había luz en el vestíbulo, una vela de cera apenas consumida.

Quien la hubiera prendido, había pasado por allí hacía menos de media hora.

No olía a comida y en la pequeña estancia en donde Sirio había servido un sencillo desayuno por la mañana, los pocillos de té y las migajas de pan continuaban en el mismo lugar.

Era obvio que Creta y el bibliotecario aún no habían regresado.

Entonces, ¿quién había encendido esa vela y por qué?

La casa únicamente disponía de dos habitaciones.

Una era la de Sirio. Estaba a oscuras y allí dentro no había nadie.

La otra había sido cedida a Creta mientras se alojaran allí.

Una cortina de lino ensartada en una rama de higuera hacía de puerta.

Estaba echada y dentro fulguraba una llama titilante.

Lorick creyó percibir movimiento, una amenaza, algo indescriptible.

Retiró la cortina bruscamente y acto seguido sujetó con fuerza su arpón con la intención de atacar sin piedad.

Tampoco había nadie. Quiso retroceder, buscar alguna pista, revisar cada centímetro de esa minúscula casa cuando Nilo se quedó mirando la cama de Creta con el pánico en la cara.

─¡El vestido! ¡El vestido, Lorick!

Era verde, el color preferido de Creta, como los prados tras el invierno.

Se trataba del vestido que ella siempre se quedaba mirando en los puestos del mercado, el que nunca se habría atrevido a comprar por miedo a sentirse pretenciosa, engreída o, simplemente, demasiado bella.

Lorick lo había adquirido en secreto días atrás, pero aún no había tenido el valor ni la ocasión para regalárselo.

Ahora el vestido estaba roto, abierto en canal, raído con violencia sobre las sábanas.

Y solo había alguien capaz de hacer semejante cosa para dar un mensaje.

─¡Sigrif! ─exclamó Lorick saliendo de casa y corriendo en dirección a la biblioteca.