CAPÍTULO 53
─ Nunca había visto a Creta llorar de esa manera ─dijo Lorick mientras caminaba por las calles del centro de Virim con la mirada igual de perdida que sus pasos.
A su lado Nilo, con la camisa manchada de aceite frito, lo acompañaba tras una larga jornada de trabajo.
Las manos le olían a especias, a ajo, a cebolla, y aún tenía las uñas manchadas de grasa y de cúrcuma.
─ ¿Por qué habrá hecho eso? ─ le preguntó ─ . ¿Por qué a los caballos?
─ Es un mensaje alto y claro: los siguientes somos Creta y yo.
─ Ese cobarde de Sigrif… ¿Qué necesidad había?
Lorick permanecía imperturbable.
─ Nos tiene más controlados de lo que yo pensaba.
Anochecía en las avenidas más concurridas de Virim.
El fuego de los hogares y las teas de las ventanas se iban prendiendo como estrellas al caer el sol, pero ningún astrólogo habría mirado jamás allí abajo para interpretar los designios del Cosmos porque la ciudad era una maraña indescifrable de mensajes.
Atendiendo a las directrices de Sirio, Lorick había buscado todo el día en esa parte de Virim alguna muestra, resquicio o ruina del templo gemelo.
Nada. El centro de la ciudad, donde siglos atrás se suponía que se había erigido el primer gran templo de los Patriarcas, estaba atestado de edificaciones aglutinadas unas con otras, pero ninguna más importante que un hostal, una herrería o una casa de citas.
Fue una jornada de búsqueda completamente inútil.
─ Vámonos ya ─ sugirió Nilo ─ . Sirio y Creta ya habrán llegado a casa. ─ Lorick no dijo nada, pero se mostró disconforme con la idea ─. ¿Qué pasa? ¿Todavía no confías en el bibliotecario? Te recuerdo que nos ha acogido en su hogar sin condiciones.
─ No es eso…
─ ¿Entonces?
─ Sirio se está arriesgando mucho al ayudarnos tanto.
─ Ya… Pero él dice que viajamos en el mismo barco. No sé, supongo que, de algún modo, quiere vengar a su maestro. Recuerda que Nabor también es su enemigo.
─Puede que Nabor sí, pero lo de Sigrif solo me concierne a mí, y por mi culpa todos corréis peligro.
Sigrif no dudará en acabar con cualquiera de vosotros si alguno se interpone entre él y yo, y créeme que todavía no has visto nada.
No te imaginas hasta dónde llega su crueldad.
Yo lo he conocido oficiando sacrificios, tanto de animales como de humanos, y su mano no tiembla.
No se conmueve ni siente aversión por la sangre derramada.
Casi puedo afirmar que disfruta con ello.
Nilo se quedó impresionado. Suponía que Sigrif era peligroso, pero las palabras de Lorick terminaron de confirmar sus peores sospechas. La sensación de amenaza constante, de no saber dónde se escondía ni desde qué lugar los espiaba ese desalmado, resultaba aterradora.
Continuaron un tramo en silencio, atentos a cualquier silueta o figura que se desdibujara tras los callejones oscuros cuando, de pronto, Lorick se detuvo.
Habían llegado a la Plaza Real, la misma en que las fuerzas de la autoridad practicaban las ejecuciones en público.
Se trataba de una plaza porticada, de planta cuadrada, cercada por una estructura semiderruida soportada por altos arcos que, en el pasado, quizás habían sostenido una muralla o algo similar.
Lorick había transitado esa plaza muchas veces desde que habían llegado a Virim, pero esa noche algo llamó su atención: en ese pórtico ruinoso y decadente quedaban restos de glorias del pasado.
Glorias que, en su momento, alguien recubrió de mármol negro.
─¿Qué pasa, Lorick? ¿Qué has visto? ─le preguntó Nilo más bien inquieto.
─Sirio habló de mármol negro. El templo gemelo, o mejor dicho, el primer templo se construyó con ese material y, siglos después, fue destruido. ¿Y si fuera esta plaza?
Nilo se quedó desconcertado. Por un instante le pareció imposible: una plaza y un templo.
No podía existir ninguna relación. Pero, al recordar la cantidad de veces que se infiltró a escondidas en el Templo del Laurel, reconoció que su estructura guardaba cierta semejanza con la plaza porticada.
Después de todo, puede que Lorick tuviera razón.
─Mira, Nilo. Allí, donde ejecutan a la gente. ¿Lo ves?
Justo debajo del escenario atroz, donde la sangre de las últimas sentencias aún continuaba fresca, la forma de un gran círculo ocupaba el centro de la plaza: era un tocón, y sus numerosos anillos daban cuenta de su edad ancestral, como si, una vez talado el árbol que fue, su cadáver hubiera continuado creciendo, alimentándose de cada muerte que le era ofrecida, de cada instante de sufrimiento y de los horrísonos gemidos de súplica de los condenados.
─¿El Gran Laurel? ─preguntó Nilo─. ¿Crees que aquí tenían otro árbol del infierno como ese?
─Sin duda alguna ─respondió inesperadamente la voz de una anciana.
Lorick reconoció a la vieja del atuendo negro, la misma que solía mendigar a las puertas de la biblioteca y a la que Creta, todos los días, entregaba alguna limosna.
Parecía que los estuviese esperando, pero, ¿por qué?
Nilo también creyó reconocerla: ya había visto esos ojos en otro rostro, en otro lugar y otro momento...
─Hace siglos el Patriarca erigió dos templos gemelos, uno en Teff y otro aquí. Y justo donde pisamos ahora hubo un Gran Laurel que, como veis, aún se honra a diario con sangre derramada. Solo que nadie lo sabe.
─¿De qué te conozco? ─la interrumpió Nilo. Pero a la anciana no le extrañó en absoluto. Al contrario, sonrió como si le hubieran contado un chiste.
─¿De qué me conoces…? Vaya, pues sí que me he hecho vieja.
Se descubrió la cabeza y una cabellera blanca y rala se derramó con poca gracia por encima de sus hombros. En otro tiempo fue negra, lacia y reluciente, y su piel, comparable a la de una diosa de la belleza. Entonces se quedó mirando fijamente a Nilo.
─El hermano fisgón de Amneris ya no me reconoce ─continuó hablando la anciana desconcertándolos aún más. Después miró a Lorick─. Y tú eres el amigo de Attaegina, mi última discípula, la única a la que no pude domar... ¿Todavía no sabéis quién soy?
Se produjo silencio. Lorick y Nilo no se atrevían a responder, pero una parte de ellos se puso en guardia. ¿Por qué esa anciana sí sabía quiénes eran ellos?
─Soy Sekmis ─resolvió tras unos instantes─. Y esta es mi verdadera edad. Mi verdadero aspecto.