El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 52
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CAPÍTULO 52

Ibis reposaba sobre su cama como una vieja loba enferma, incapaz de alimentarse por sí misma. Las doncellas le habían dejado una bandeja con sopa de cordero y lentejas, pero le parecía tan humillante recibir su ayuda para llevarse una cucharada a la boca que prefirió quedarse a solas con su hambre.

Había estado muy cerca de quedarse atrapada para siempre en el Akasha convertida en esclava del Gran Laurel.

Y le había dado miedo, mucho. Pero también se había horrorizado al sentir en sus propias carnes la muerte de Calíope a manos del Patriarca…

Aún no sabía si revelar el nombre número trece.

Solo ella lo conocía y eso la convertía en una pieza clave, un hecho que todavía aportaba valor a su existencia.

Sin embargo, y ahora que en la calma y el silencio empezaba a digerir todos los momentos vividos durante el trance, comprendía que, para su desdicha, revelarlo la convertiría en innecesaria.

─ Ibis, querida mía ─ dijo Nabor en cuanto entró en su cámara.

Iba solo. Había ordenado a las doncellas que se quedaran esperando afuera porque tenía que hablar con la Matriarca en privado.

Ibis tuvo que esforzarse para sonreírle porque le dolía todo, hasta la mandíbula.

Era como si le hubieran dado una auténtica paliza.

Cuando el Patriarca se sentó junto a ella, le acarició la frente con delicadeza ─ . ¿Calíope te ha hecho esto?

Ibis suspiró.

─ Se nota que la conoces bien ─ respondió con indignación ─ . Esa mujer me lo ha puesto muy difícil.

─Te creo. Calíope sabía muchas cosas que jamás compartió conmigo, ¿sabes? De hecho, no supe que era una traidora hasta muchos años después de su muerte. Me engañó como quiso y yo me lo creí todo…

Las advertencias de Calíope volvían a resonar de nuevo en la mente de Ibis: « Naúm es un ángel caído, jamás ha amado a nadie, ni siquiera a ti o a mí».

Pero, ¿y si era una treta de Calíope, otra de sus trampas convertidas en falsos recuerdos para confundir a las adivinas que intentaran indagar en ellos?

Al fin y al cabo, Nabor le había dado una vida digna de cualquier reina.

¿Por qué debería desconfiar ahora de él?

─ Libia está muy preocupada por ti ─ prosiguió el Patriarca ─ . Sin embargo, se cuidó mucho de revelar en qué estado te encontrabas. Ella sabe que, para ti, tu belleza y tu dignidad son muy importantes.

─Es una joven con muchas virtudes. Me gustaría adiestrarla para que, dentro de un año, pueda ser nombrada suma sacerdotisa.

─Sí, es una buena idea. Una mujer como Libia podría ocupar tu cargo.

Sí, Libia podría…

─Mi querida Ibis, has arriesgado tu vida por el Imperio ─continuó hablando mientras se sentaba más cerca de ella y le acariciaba una mano─. Pero, mírate, cómo has acabado… Pobrecilla, te ves tan desarrapada y frágil…

─Tenemos el nombre, Nabor. El último nombre de la bestia es Keriel ─le reveló.

En ese momento, un silencio siniestro ocupó todos los huecos de la cámara.

Esa palabra, Keriel, poseía una vibración muy densa, y cuando se pronunciaba en voz alta, parecía entablar un puente entre la tierra y los infiernos.

Así lo sintió Ibis, con la piel erizada, al percatarse de que un guiño perverso salpicaba el único ojo sano del Patriarca.

─Bien. Minos ya está preparado ─anunció Nabor con frialdad─.

Tu ayuda ha sido de vital importancia, Ibis.

Eres una de las mujeres más intrépidas y sagaces que ha pisado mi palacio y que ha dormido entre mis sábanas.

─La besó en la frente y le acarició la mejilla, y después los labios, secos y endurecidos─.

Has sido una gran Matriarca durante este breve periodo.

Tu presencia ha apaciguado al pueblo mientras yo me recuperaba.

Sin embargo, creo que podré volver a gobernar solo mientras Libia madura.

─¿Cómo que…?

Ibis intuyó que le quedaba muy poco cuando Nabor le sujetó con fuerza la mandíbula. Con aquel cuerpo viejo y desvencijado era incapaz de defenderse. El Patriarca sonrió con su dentadura de oro y siguió hablando sin mostrar lástima o arrepentimiento.

─Pensabas que te iba a devolver la juventud una vez más, ¿verdad, Ibis?

Y reconozco que, cuando entré por esa puerta, aún contemplaba esa posibilidad.

Eso dependía de ti, de cómo te comportaras.

Pero al mirarte a los ojos he notado en ti un cambio significativo, como si ya no fueras la de siempre, así que me he decidido por quitarte la vida.

─Le abrió la boca con violencia y colocó bajo su lengua una baya del Gran Laurel.

Después cubrió sus labios con la mano para obligarla a tragar.

Sería cuestión de segundos─. Calíope te contó cómo la maté, estoy seguro.

Es un secreto demasiado peligroso para quien lo conozca.

Y yo ya no puedo permitirme más traidoras.

Los latidos de Ibis cada vez se espaciaban más mientras su corazón se resistía a detenerse.

Le dolía el pecho, ¡le dolía todo! Pero ya no podía luchar.

Era la siguiente en esa sucesión de mujeres poderosas que habían ayudado a Nabor a ser todo lo que era, pero que habían terminado asesinadas en sus propias manos.

─Has sido una sierva ejemplar, pero tu raza es defectuosa e impura. Ningún ángel querrá compartir con los tuyos este mundo cuando llegue el fin de los tiempos. Así que duérmete ahora, Ibis. Pronto serás pasto de gusanos.

Ibis aún pudo escuchar sus últimas palabras mientras su alma abandonaba su cuerpo, esta vez definitivamente.

Ya no había cordón de plata que la sujetara al mundo físico, pero sí vio al espíritu del Gran Laurel, que la esperaba pacientemente para ajustar algunas cuentas pendientes por todos los privilegios que le había concedido mientras fue suma sacerdotisa.

Minutos después, el Patriarca anunciaba consternado la muerte de la Matriarca mientras el nombre número trece resonaba en su mente, pues se acercaba el momento de pronunciarlo en voz alta.