El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 51
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CAPÍTULO 51

« Esta vez no me la vas a jugar, Calíope » , se dijo Ibis cuando apareció por sexta o séptima vez en la celda de la profetisa.

Siempre llegaba al mismo momento y al mismo lugar, pero también sucedía siempre lo mismo: Calíope se quedaba congelada y dejaba de escribir, así que nunca podía acceder al nombre número trece.

En el plano físico, y mientras era inducida al trance, Libia cuidaba de su deteriorado cuerpo.

Y es que Ibis ya no aparentaba la edad de veinte años, sino que la vejez le iba haciendo mella, de forma cada vez más visible, a medida que consumía más y más medicina del Laurel sin lograr nada provechoso en sus viajes.

« Ahora verás, traidora » , pensó. Y cambió el patrón.

En esta ocasión pondría en práctica algo que nunca antes había hecho, con sus riesgos, claro está.

Ibis se acercó a la profetisa y tocó su tercer ojo con la yema del dedo.

Fue como entrar en trance dentro de otro trance.

Sabía que sería más difícil salir de allí, especialmente si Calíope le tendía alguna trampa.

Cabía la posibilidad de que se quedara atrapada, pero era su última opción.

De pronto, Ibis buceó en las memorias de Calíope.

La vio besando apasionadamente a Ciro en la oscuridad de las calles antes de despedirse de él para siempre.

Sintió el dolor desgarrador de su separación como si fuera propio, y sin darse cuenta, se metió en la piel de la profetisa y empezó a perder su propia identidad.

Cada vez se acordaba menos de sí misma, de que era la Matriarca de Teff, de hecho, si le hubieran preguntado su nombre en ese instante, no habría respondido Ibis , sino Calíope .

Sintió la angustia de tener que fingir que amaba al Patriarca, la resignación de tener que ofrecérsele en la cama cada noche.

Pero lo peor de todo fue prever su propia muerte, pues Calíope no murió de forma natural: saber el día y la hora en que el Patriarca la asesinaría y, aun así, descartar cualquier intento de huir o defenderse sería la prueba más dura de su vida.

Calíope sabía que tenía que entregar su vida para que Naúm no sospechase de su traición, para encubrir a los nawales y que el plan maestro siguiera adelante porque, gracias a su sacrificio, un día ganaría la luz.

Estaba tendida en la cama, desnuda, como cada mañana, contemplando la luz del amanecer al penetrar por el balcón.

Y era consciente de que se trataba del último amanecer que presenciaría.

Cuando escuchó los pasos de Naúm llegando hasta allí y sintió cómo hundía las rodillas sobre el colchón, se preparó e hizo acopio de toda su valentía.

─ Eres la mujer más bella que Nueva Pangea jamás verá ─ le dijo el Patriarca con una dulzura sibilina, colocándose sobre ella ─ . El Cosmos ha vertido sobre ti todos los dones que pueden concederse a una mujer humana.

La besó lentamente, disfrutando una última vez del calor de sus labios. Y mientras la besaba, acercó los dedos a su boca. Había algo que sujetaban, un objeto que a cualquier sacerdotisa le resultaría familiar y cuyo peligro todas conocían: una baya del Gran Laurel.

─ Pero precisamente por eso, porque eres humana, también eres impura, Calíope.

─ Introdujo la baya en la boca de la profetisa y con una mano se la cerró para impedir que la escupiera ─ .

He disfrutado tus mejores años, pero algún día envejecerás, morirás y te convertirás en pasto de gusanos.

Tu raza es una plaga decadente y nunca merecisteis poblar este mundo que, por orden natural, pertenece a los míos, a los ángeles.

« Tú no eres un ángel » , pensó Calíope un par de segundos antes de morir.

Entonces, su corazón se detuvo y su cuerpo se vació.

El Patriarca le había dado una muerte rápida y sin apenas dolor.

De esa manera, su hermoso cadáver podría ser exhibido en una lujosa procesión fúnebre y todos los ciudadanos creerían sin dudar que la profetisa había expirado de forma natural, como en un amable sueño.

Cuando Ibis se sintió muerta, empezó a recordar que ella no debía estar ahí, en ese cuerpo ni en ese momento.

¡Tenía que salir de la memoria de Calíope!

¡O moriría también! El cordón de plata se borraba.

Debía regresar. Pero antes, indagó en las memorias de la profetisa por última vez y entonces se vio a sí misma escribiendo aquellos nombres: Prometeiu , Enlil , Enki , Anubuh y K a …

─¡Sal de mi cuerpo, fantasma! ─la empujó Calíope violentamente. Ibis había vuelto a la celda golpeándose contra las estanterías de madera. Delante de ella, la profetisa la miraba con gesto amenazador.

─¿Puedes verme? ─le preguntó aún aturdida.

─Yo sí, puedo verte. Y te he visto muchas veces intentando fisgonear en mis memorias. ¿Qué quieres? ¿El manuscrito? Te lo ha pedido Naúm, ¿verdad?

─¡Señora! ─sonó lejana la voz de Libia. El tiempo se acababa. Ibis tenía que darse prisa. Vio el manuscrito encima del escritorio y se lanzó a por él. Calíope lo cogió al vuelo y cada una tiró de un extremo.

─¿Crees que el Patriarca te amará más si le llevas esto?

─le advirtió la profetisa─. Eres una necia si crees que le importas.

Naúm es un ángel caído, jamás ha amado a nadie, ni siquiera a ti o a mí.

Su único objetivo es destruir Nueva Pangea y a la humanidad.

Nos esclaviza y utiliza para conseguir sus fines, y si no le paramos los pies, cuando llegue el fin de esta era prescindirá de nosotros, los humanos, y lo destruirá todo.

─¡Dame eso! ─le exigió Ibis tratado de ignorar sus advertencias─. ¡Se me acaba el tiempo!

Y el papiro se partió en dos. Ibis y Calíope perdieron el equilibrio, cayendo cada una hacia un lado de la celda.

Fue el instante fugaz que la Matriarca aprovechó para abrir el papiro y, por fortuna, descubrió que en su trozo figuraba ese nombre, el número trece.

El que terminaría de despertar al Ángel de la Codicia.

─¡Señora, debe regresar! ─la llamaba Libia. El cordón de plata casi se había desvanecido por completo y el espíritu del Gran Laurel sonreía con perfidia mientras se acercaba a Ibis para retenerla. Solo unos segundos más y se quedaría con su alma. Era la Ley─. ¡Señora, abra los ojos! ¡Dígame algo!

Libia zarandeaba el cuerpo de Ibis como en otras ocasiones, pero esta vez no lograba despertarla.

─¡Señora! ¡Señora! ─gritaba.

La respiración de Ibis comenzaba a escucharse como los estertores que preceden a la muerte, y los párpados, trémulos, luchaban por abrirse hasta que recuperó el sentido y tomó aire con la boca abierta y la mirada sembrada de pánico.

─¡Señora! ¡Ya está de vuelta, a salvo! ─la consolaba Libia abrazándola contra su pecho. Y es que Ibis se había vuelto tan anciana que ahora su visión despertaba compasión y ternura, con su cabello completamente blanco, la piel surcada de arrugas, flácida y apagada.

─Lo tengo, lo tengo ─susurró con la voz enronquecida de una anciana enferma─. Libia, escúchame atentamente. Si yo no sobrevivo…

─¡Señora, no diga eso! ¡Usted sobrevivirá! ─la interrumpió Libia tratando de calmarse─. Ahora voy a llevarla a su cama y después pediré ayuda a los médicos de palacio y a las otras sacerdotisas.

─¡No! ¡No, Libia, no! ─se opuso Ibis incorporándose con mucha dificultad.

─Pero, señora, ¿no se ve? Si parece que tenga más de cien años… Por favor, déjeme pedir ayuda.

Ibis, sujetándose la cadera y encorvada, sentía dolores reumáticos por todo el cuerpo. Por un instante, recordó lo que el Patriarca le había dicho a Calíope antes de asesinarla: « He disfrutado tus mejores años, pero algún día envejecerás, enfermarás y te convertirás en pasto de gusanos » .

Aun así, no tenía mejor opción.

─ Está bien, Libia. Pero llama solo a Nabor.