El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 50
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CAPÍTULO 50

«No te preocupes por mí, Creta. Tú eres una estrella fugaz.

Y no se puede retener a una estrella fugaz, únicamente dar las gracias al Cosmos por el milagro de haberla visto, aunque solo haya durado un segundo».

Eso era exactamente lo que Sirio le había dicho a Creta al oído en la torre de los astrólogos, lo que Lorick no alcanzó a escuchar.

Regresaban tarde y en silencio a la nueva posada en donde se alojaban ahora, sorteando callejones oscuros y laberínticos en apariencia tranquilos.

Nilo, a la cabeza. Detrás Creta, pensativa y muy callada, con el lirio blanco en la mano.

Lorick, el último, abatido como si llegara de una batalla perdida, sin quitarle el ojo de encima a Creta, a su discreta forma de caminar.

Si se lo proponía, ni siquiera hacía ruido con los pies al pisar la hojarasca, las piñas secas y las bellotas caídas.

Ser invisible era el don de Creta, aunque también había sido su cruz desde que Attaegina apareció en escena.

«Cuando sea mayor de edad pienso casarme con Creta», recordó haberle dicho Lorick a su madre adoptiva cuando tenía trece o catorce años.

Estaban en la cocina. Hacía frío y Prímula asaba carne en el fuego del hogar.

Quiso sonreírle a su hijo, por su determinación, pero en ese instante Oberón entró allí.

Todo lo veía, todo lo escuchaba. Todo lo controlaba.

«¿Con Creta Mentastro, esa infeliz?», preguntó desdeñoso, «pero si parece un muchacho, siempre sucia, andando por los bosques y montando a caballo...

». Prímula agachó la cabeza con sumisión y Lorick se sintió avergonzado, como si hubiera dicho una barbaridad.

«Attaegina es lo único que merece la pena de esa casa, hijo», prosiguió.

Y por último, sentenció: «A Madre Titania le gustará.

Así que céntrate en ganarte a Attaegina.

Eres el mejor chico de la aldea, no te costará nada».

Una montaña de recuerdos de infancia y adolescencia se abalanzó sobre Lorick esa noche.

Eran conversaciones, momentos y detalles que creía que había olvidado: y es que se pasó más de la mitad de su niñez con Creta.

Y, claro, ella era como otro muchacho por aquel entonces.

Solo eran dos niños que jugaban y se hacían compañía, incondicionalmente, eso sí.

Pero poco a poco, y a medida que Lorick se convertía en hombre, Oberón iba manipulando sus anhelos, moldeando su personalidad y sus ideas a golpe de amenaza, de humillación y de chantaje emocional.

Y sin darse cuenta, Lorick se propuso ganar el corazón de Atti al igual que se proponía ganar los juegos de las Fiestas de la Siembra para ser el número uno en la aldea, pues sabía que eso haría feliz a su padre y, quién sabe, tal vez Oberón por fin lo reconocería, pues, ¿quién no desea el reconocimiento de su progenitor?

Como Attaegina era tan bondadosa y tenía tantas virtudes, no le resultó difícil enamorarse de ella, o al menos creer que lo estaba, mientras Creta empezaba a desvanecerse, a quedarse atrás, a fingir que se apartaba de él para no entorpecer su cosecha de éxitos.

Pero, en realidad nunca se apartó del todo.

Siempre estuvo pendiente de él, de los abusos de Oberón sobre su hijo.

Siempre aparecía de la nada, como un tímido petirrojo en la nieve, cuando Lorick, con el labio reventado por la mano dura de su padre, se iba a maldecirlo en soledad a las pozas del río, bajo los sauces blancos.

Creta llevaba la cuenta de cada paliza, de cada golpe, de cada insulto.

Cada vez que Lorick se hacía jirones, ella acudía en silencio a remendarlo: le bastaba con quedarse a su lado, entonces le hablaba del bosque, de cómo iban las cosas por allí entre lobos, venados, jilgueros y zorros.

Ella le hablaba de la floración de los prunos, de las setas de chopo, o directamente le llevaba un saquito lleno de hojas de espino blanco, pues sabía que le ayudarían a sanar su dolorido corazón.

Creta permaneció agazapada, escondida en las cuadras de los Salmón, el día en que Lorick por primera vez detuvo la mano de su padre.

Los escuchaba discutir sin poder reprimir las lágrimas.

Habría disparado una flecha contra Oberón si hubiera podido para detenerlo.

Pero para entonces ella ya estaba fuera de aquellos asuntos.

Dos días después, Lorick se marchó para emprender su viaje iniciático con el propósito de hacerse adulto lejos del hogar.

Nadie entonces sabía que iba a tardar tanto en regresar.

La tarde de antes, Lorick fue a las pozas para estar solo.

Creta sabía que lo encontraría allí: y lo encontró...

besando a Attaegina. Ese día Creta se prometió desaparecer de la vida de Lorick, pero jamás pudo cumplir su promesa porque, de alguna manera, cada uno era parte de la vida del otro. Desde siempre y para siempre.

Cuando llegaron a la posada, Nilo fue el primero en entrar. Se había pasado todo el día cocinando en la calle y sabía que se quedaría dormido en cuando tocara la cama. Creta, cabizbaja, iba detrás.

─Espera ─la llamó Lorick. Creta se dio la vuelta. Nilo también, aunque pronto comprendió que no se refería a él, así que se limitó a marcharse para dejar a solas a aquellos dos.

Apenas unos pasos separaban a Creta de Lorick, pero ambos sentían que un muro infranqueable se interponía entre ellos, un muro de silencio, de heridas abiertas y de dolor antiguo acumulado en palabras inoportunas, dichas sin pensar, y en errores del pasado.

Creta sujetaba con fuerza el lirio blanco que Sirio le había regalado cuando Lorick se rindió en la visión de aquella flor exuberante.

Ninguna flor que creciera en los prados de la austera Caliza podría siquiera comparársele.

─Es bonita, ¿verdad? ─comenzó ella para romper el hielo. Lorick asintió con la cabeza. Tras unos segundos, y sin dejar de observar los pétalos, Creta enarcó una ceja en señal de desacuerdo─. Sin embargo, no es mi preferida. A mí me gustan más las flores pequeñas, como…

─Como los botones de oro ─la interrumpió Lorick.

Creta se quedó boquiabierta, sin saber qué responder.

Él prosiguió─: Los botones de oro eran tus preferidos.

Me lo contaste una vez. Creo que tenías once años.

El camino que vadeaba el río, a mediados de primavera, estaba cubierto de ellos.

Me agaché tan pronto como terminaste de decirlo para recogerte un ramillete.

Me pediste entonces que no lo hiciera porque, al arrancarlos, se mustian en seguida con el calor de las manos.

Me dijiste que preferías verlos vivos, unidos a Madre Tierra, aunque nunca pudieras poseer uno.

─Lorick… ¿Cómo te has acordado? ─le preguntó Creta conmovida.

─En el fondo nunca lo olvidé. Ni eso ni cada minuto que viví contigo. Creta, cuando nos íbamos los dos solos, el mundo desaparecía. Todos mis problemas se quedaban atrás, por eso galopaba tan deprisa. Y contigo a mi lado, sabía que siempre me cubrías las espaldas.

Lorick dio un paso. Luego otro. El muro se deshacía como los deshielos.

─No lo había entendido hasta hoy, Creta. Los botones de oro brillando vivos sobre el resto de la maleza… Me trataste con la misma dignidad y el mismo amor que a ellos: me dejaste vivir, libremente, sin intentar jamás poseerme.

Creta luchaba por tragarse las lágrimas cuando respondió, con un hilo de voz:

─Pensaba que jamás te darías cuenta. De hecho, esa fue siempre mi intención: que nunca sintieras presión por mi parte.

No quería representar otra más de tus muchas obligaciones, de las expectativas que tenías que cubrir.

Solo quería… ─Lorick dio otro paso. Con solo alargar la mano, ya podría tocarla.

Esperó─. ¡Cielo y Tierra, Lorick! ¡Solo quería amarte!

Y amar significa no poseer. Por eso jamás te insinué nada.

Elegiste a Atti, por los motivos que fuera, ya lo sé. Y yo no quería estropear tu felicidad.

Lorick se acercó otro poco. Quedaba escasa distancia entre ambos, menos de un paso.

─Quise a Attaegina, no te voy a engañar.

Tenerla a ella era mi único aliciente si asumía vivir bajo las condiciones y designios de mi padre y su clan, que me presionaban una y otra vez para que me casara con la chica oráculo.

Pero has de creerme también si te digo que Atti y yo, el día que nos besamos por primera vez, éramos auténticos desconocidos.

─Respiró hondo antes de continuar. Eran verdades dolientes que jamás había reconocido delante de nadie.

Con Creta podía compartirse, mostrar tal y como era el interior de esa profunda gruta que existía bajo la dureza de la roca─.

Las dos únicas veces en mi vida que me atreví a desafiar a mi padre lo hice porque sabía que tú estabas cerca.

La primera, en las cuadras de casa. La segunda, en Heimkel, delante de todo su clan y bajo la amenaza de un monstruo del infierno.

Si tú no hubieras estado ahí en esos instantes, yo me habría limitado a obedecer con la cabeza baja por miedo a las represalias.

Me habría convertido en su marioneta, en el hijo sumiso del que pudiera sentirse orgulloso.

Pero tú has sido en todo momento la fuerza motriz que yo necesito para convertirme en quien quiero ser.

La cogió de las manos como si fuera la última vez y quisiera impregnarse para siempre de su esencia.

Deslizó la mirada por encima de su frente, curtida por el sol, repasando el perfil de su nariz, la hendidura de sus labios acostumbrados a permanecer cerrados para honrar el silencio de los árboles.

También el silencio de Lorick. Ella nunca lo había perturbado, solo escuchaba pacientemente a su lado cuando las cosas no iban bien.

─Creta, te amo. Tú eres el amor de mi vida y quiero que demos un paso más ─se decidió a confesarle por fin─.

Pero entenderé que elijas a Sirio. Lo aceptaré sin reprocharte nada nunca.

He visto el modo en que te mira, la calidez que adopta su voz cuando se dirige a ti.

Sirio te venera, Creta. No me hace falta más para saber que, si lo eliges a él, te cuidará como a una estrella bajada del cielo.

Incluso te protegerá con su vida. Lo sé tan cierto como que el río fluye tras el deshielo.

Creta se conmovió por su sinceridad, por su comprensión.

Después de años de sufrimiento, de celos y de muchas lágrimas derramadas en soledad, Lorick al fin la veía.

Ella nunca había abandonado el lugar que ocupaba, siempre había permanecido para él como el tocón viejo de un fresno que, siendo pasto de musgos y rovellones, continúa conectado a Madre Tierra para sostener las vidas de otros.

Ahora el tocón reverdecía, había echado brotes nuevos y albergaba la promesa de un árbol que resistiría las heladas y las tormentas, siempre firme.

Lorick acarició las manos de Creta muriendo en su interior por tenerlas.

Por besarlas. Contemplaba la caída de sus hombros con el anhelo de, algún día, deslizar por ellos sus labios y oler de cerca el agreste aroma del cantueso que su cabello negro desprendía.

Pero ella continuó quieta, sujetando el lirio blanco entre los dedos.

Cuando Lorick, con el corazón roto, creyó entender su respuesta, cuando empezó a separarse de ella abatido, como si lo hubieran herido de muerte en batalla, Creta dejó caer el lirio al suelo.

─Espera… ─dijo. Y fue ella quien dio el siguiente paso, quien recorrió el último tramo que separaba sus cuerpos para abrazarse a su cuello y reposar por fin en sus labios.

Había soñado durante años con aquel primer beso, con los labios de Lorick.

Y él la besó con la delicadeza de la nieve al caer, como a una flor recién abierta, regalándole todos los botones de oro que jamás su mano arrancó.

Eran para Creta, todos: cada uno de sus logros, de sus fracasos, de sus recuerdos y motivos, pues ella era en verdad la tierra firme que había sostenido sus pasos, la tierra humilde que siempre le procuró medicina y alimento para el alma sin pedir nada a cambio, la tierra fértil en donde vería florecer la verdadera historia de su vida.

Su vida junto a ella. Y esa noche, el invierno y la primavera fueron una sola cosa...

─¡Creta! ¡Lorick! ─los interrumpió la voz de Nilo. El chico llegaba con la cara desencajada de horror─. Alguien ha asesinado a vuestros caballos.