CAPÍTULO 49
Cuando Creta se serenó un poco, Sirio le cogió una mano. Era un modo de mostrarle apoyo, sin ninguna pretensión. Su tacto era limpio, firme, el de un amigo fiel, nada más. Entonces, cambió de tema y comenzó a relatar:
─Mi maestro se llamaba Casio. Y para mí ha sido mi padre.
Él me crio. Yo era otro de esos huérfanos nacidos en alguna esquina cochambrosa de Virim, pero el Cosmos quiso que me encontrara.
Casio había perdido a su hijo nada más nacer, y también a la mujer que amaba.
Siempre decía que yo era un regalo, una segunda oportunidad para ser feliz.
Con él no me faltó nada, me cuidó y me instruyó.
Yo he crecido en esa biblioteca, ¿sabes?
─Entiendo… ─respondió Creta con la voz enronquecida─. Por eso sabes tantas cosas.
Sirio hizo un gesto de resignación.
─Yo le pedí muchas veces que me hiciera nawal .
Él nunca quiso iniciarme. Decía que era arriesgado, que algún día en el futuro el Patriarca ordenaría asesinar a todos los nawales porque su sabiduría y su conocimiento podrían hacer peligrar su poder.
No se equivocaba. Sin embargo, me transmitió muchas enseñanzas, entre ellas las profecías de Calíope.
Mi maestro se ocupó de guardar y custodiar durante años el manuscrito que las contenía. El auténtico, quiero decir.
─¿A qué te refieres? ¿Cuántos manuscritos había?
─Verás, el papiro del archivo privado de la biblioteca es solo una copia del original, y además, está incompleta.
Mi maestro y otros nawales de Virim se ocupaban de esconder el auténtico constantemente, transmitiéndolo con sumo cuidado de unas manos a otras en secreto.
Pero hace algunas semanas, antes de que la guardia de Nabor viniera a llevárselo, Casio decidió hacer desaparecer ese papiro.
Por eso lo mataron acusándolo de robo y de falsificación.
Ni siquiera a mí me contó qué hizo con él, pues ante todo quería mantenerme fuera de sus asuntos, por mi bien.
─Entonces, ¿ya no hay manera de llegar a ese texto?
Sirio se encogió de hombros.
─Supongo que no. En teoría, lo hizo desaparecer para que nadie, absolutamente nadie, pudiera utilizarlo.
Ese manuscrito, en manos del mal, puede acabar con el mundo entero.
Casio lo leyó tantas veces que casi lo podía recitar de memoria: en él se narra la profecía del retorno del Ángel de la Codicia.
Calíope predijo que ocurriría alrededor de nuestros tiempos y citó una serie de eventos previos que servirían como indicador de su llegada.
─¿En serio? ¿Qué tipo de eventos? ¿Recuerdas alguno?
Sirio asintió:
─Calíope vaticinó que el cielo se partiría en dos y que las aguas se tornarían rojas. Que humanos y alimañas se verían obligados a pelear entre ellos por la tierra que pisaban y que el Ángel de la Codicia portaría en sus venas la sangre del linaje de los Patriarcas.
─¿Un hijo de Nabor? ─se sorprendió Creta.
─Exacto. Pero un hijo bastardo. Uno nacido bajo el sol del estío. Cuando ese hijo alcance la edad de veintidós años, estará listo para entregar su cuerpo al ángel de la muerte y la destrucción y, posteriormente, para devorar nuestro mundo.
─Minos… Tiene que ser él, sin duda...
Creta sintió un escalofrío subiendo por su columna. De todos sus hermanos, a ella era a quien más miedo le daba esa leyenda cuando Atti la contaba. Se quedaron en silencio los dos, meditabundos, durante unos minutos.
─¿Qué más escribió Calíope?
─Ahí está la clave, Creta. Calíope reveló una información que nunca tendría que haber sido conocida.
Ella era profetisa, usaba las técnicas de las adivinas.
A través del trance, su alma viajaba entre los mundos.
Así fue como averiguó, a lo largo de tres años, los trece nombres del Rey de los Diablos.
Trece nombres que, al ser recitados en ceremonia ritual, sirven para despertarlo tanto como para dormirlo de nuevo.
─¿Y Nabor conoce esos nombres?
Sirio negó con la cabeza, pero parecía preocupado por ello.
─En teoría no, aunque lleva siglos planeando esto y tiene medios para averiguarlos.
─Sí, lo sé. Nabor es el único Patriarca que ha gobernado a lo largo de la historia, simplemente ha hecho creer a su pueblo que había descendientes mientras jugaba a cambiar de identidad.
─Exacto. Y volviendo al manuscrito, el que mi maestro guardaba aquí, en Virim, el original de puño y letra de la propia Calíope, es el único documento en que la profetisa incluyó esos nombres.
Si no se pronuncian hasta el número trece, los doce anteriores no tienen la fuerza suficiente como para afianzar la invocación.
Creta se estremeció solo de imaginárselo. Únicamente con que uno de esos nombres se posara en los labios de alguien, bastaría para llevar a su alma el aciago sabor de la oscuridad. No sabía siquiera si deseaba conocerlos.
─¿Es que Nabor nunca sospechó?
─Parece ser que no... hasta ahora, pues habrá intentado utilizar el documento sin resultados. Supongo que está intentando despertar a esa bestia en Minos.
─Sí, todo encaja: el hijo bastardo, veintidós años…
─De todas formas, aunque el auténtico manuscrito cayera en sus manos, Calíope utilizó un lenguaje secreto que se fue transmitiendo únicamente de nawal a nawal a lo largo del tiempo.
El nombre número trece no aparece de manera explícita.
Está codificado, escondido entre el resto de palabras y caracteres. Casio lo conocía, él mismo supo leerlo.
Creta miró al cielo. Si ella apenas era capaz de leer, ¿cómo podría descifrar semejante información?
─Hay algo que no me cuadra, Sirio. Si Calíope y el Patriarca eran amantes, si dicen que fue la mujer a la que más amó, tanto como para santificar su tumba y erigir sobre ella el templo más grande de Virim, ¿por qué Calíope le mintió? ¿Quería traicionarle?
─Supongo que Calíope conocía las intenciones del Patriarca. Puede incluso que hubiera visto en qué iba a convertirse él con el paso del tiempo. Tal vez Calíope fingió para preservar su vida y la de aquellos a quienes amaba.
─Vaya… Yo nunca he visto al Patriarca. Pero su presencia debe de dar miedo. Calíope debió de pasarlo muy mal.
Creta pensó en Attaegina, pues también ella había estado en presencia de Nabor sola, acorralada, amenazada de muerte.
Tuvo que haber sentido horror. ¿Tendría ella el valor que había demostrado su hermana cuando desafió al Patriarca?
En ese instante, y sin explicarse por qué afloraban en su interior tales sentimientos, compadeció a Atti por lo que había debido de sufrir cuando permaneció encerrada en los calabozos de ese templo infernal, aguardando su muerte.
Es más: se sintió culpable por haberla juzgado con tanta dureza sin ponerse ni por un momento en su lugar.
─Sirio, ¿existen en Virim dos templos gemelos?
─El bibliotecario se puso a rememorar uno por uno cada edificio importante de la ciudad.
Creta intentó darle más detalles─. Verás: unos adivinos que nos están ayudando creen que el manuscrito de Calíope se guarda en uno de los dos templos gemelos.
Pero mis compañeros de misión han recorrido toda la ciudad y no han visto nada parecido.
Cada templo tiene un aspecto distinto, como si no existiera ninguna clase de orden o de patrón que los una a todos.
─Entiendo. Virim, con su arquitectura, es para volverse loco. Y que yo sepa, no existen dos templos iguales.
─Ya… Entonces, volvemos al punto de partida: no sabemos qué ponía en el manuscrito ni dónde está.
─Sin embargo, en las antiguas crónicas se hablaba de un templo que ya no existe desde hace siglos. Muchos cronistas creen que fue el primero que el Patriarca construyó aquí, en la ciudad, cuando se fundó.
─Pensaba que ese había sido el Templo de Calíope.
─No, no. Todo el mundo lo piensa, pero no es así.
El Templo de Calíope fue posterior. De hecho, se construyó una vez que ella ya estaba muerta.
Pero las primeras sacerdotisas se alojaban en un templo donde Nabor pasaba largas temporadas.
Se cree que fue destruido con mucho cuidado para utilizar el mármol en la fabricación de otro templo.
─No tenía ni idea de que eso fuera posible.
─Ya ves. Es una buena manera de ahorrar.
Creta continuó reflexionando.
─A propósito, ¿de qué color era el mármol?
Sirio se frotó con los dedos la barbilla mientras hacía un esfuerzo por recordar.
─Si no me equivoco, era un templo de mármol negro. Nabor solo utiliza mármol negro cuando construye edificios que considera herméticos, lugares en donde guarda conocimientos secretos a los que solo él y alguna persona más de su confianza tienen acceso.
─Ya… Pero el Templo de Calíope no tiene ese color.
─Y ni siquiera se parecen a juzgar por los antiguos bocetos que he visto. Sin embargo, me consta que el Templo del Laurel también era de mármol negro.
Creta nunca le había preguntado a Attaegina nada acerca de su estancia allí, aun sabiendo que habían estado a punto de asesinarla en ese lugar. Se sintió tan desconsiderada…
─Entonces, ¿crees que en Virim hubo un primer Templo del Laurel?
─Casi estoy seguro aunque, si lo hubo, ¿dónde se edificó? ¿Dónde estarán sus ruinas? Si se ha reconstruido cualquier edificio sobre ellas, será imposible encontrarlo.
Volvían a estancarse. Tenían mucha información, pero no les conducía a ningún lugar.
─Los nawales a los que yo conozco me aconsejaron pedir una señal al Cosmos si me encontraba perdida ─dijo Creta algo decepcionada.
El bibliotecario la miró con mucho interés─.
Uno de ellos es mi abuelo. Bueno, mejor dicho, más que mi tatarabuelo, en realidad es muy viejo, pero siempre lo hemos llamado abuelo .
Sirio no daba crédito.
─Vaya, Creta. No me esperaba que fueras descendiente de nawales …
Bueno, tal vez sí, por eso eres tan maravillosa.
─Le dedicó otra de sus sonrisas, inmensa, con esos grandes dientes blancos que incluso relucían de noche─.
Pero son buenas noticias. De hecho, las profecías vaticinan el triunfo de la luz.
Habrá que soportar un periodo de oscuridad, sí, pero Calíope también predijo que una inmensa fuerza del bien aparecerá para hacer frente al mal.
Creta pensó de inmediato en los nawales .
─En mi aldea se cree que esa fuerza del bien tiene la apariencia del Primer Ángel.
─Sí, también por aquí… Por cierto, ¿has escuchado hablar de la chica ángel? ─le preguntó Sirio─. Nabor ha asignado un alto precio a su cabeza. Dicen que unos nawales la están escondiendo de él.
─Pues claro que he escuchado hablar de ella ─respondió. Y por primera vez no sintió envidia de Atti, sino que se enorgulleció de poder decir─: Es mi hermana.
Cuando Sirio salió con Creta de la torre de los astrólogos, ya lo sabía todo sobre la misión, sobre Attaegina y lo que había sucedido en el Templo del Laurel.
Nilo y Lorick los esperaban en la misma esquina oscura en donde se habían despedido de Creta, pero al ver sus siluetas en la sombra, Sirio se puso en tensión.
Era consciente de que nunca podría defender a Creta de dos matones sin recibir una buena paliza o perder la vida en el intento, pero aun así, se colocó valientemente delante de ella.
─¡Son mis amigos! ¡Tranquilo! Son mis amigos. ─Y cuando Sirio comprobó que no tenían la menor intención de agredirles, entonces ella hizo las presentaciones─: Lorick, Nilo, este es mi buen amigo Sirio, el director de la biblioteca.
Se produjo un silencio muy incómodo en el instante en que Lorick le tendió la mano para saludarlo.
Y es que Sirio también sabía quién era él, pues pronto reconoció en el nórdico el halo de ese amor imposible del que Creta le había hablado.
Sin embargo, lejos de odiarle, lo único que deseó fue que aquel desconocido la hiciera feliz algún día para no volver a verla llorar como esa noche.
Tal era la nobleza del bibliotecario, su bondad no conocía los límites.
Hasta Lorick, no poco desconcertado, lo percibió: él, que había estado a punto de arrojarle una piedra a traición, que se había preparado para retarlo con la mirada y para provocar una discusión a la mínima que aquel idiota abriese la boca, no pudo sino contagiarse de su paz de espíritu, y comprendió así el motivo por el que Creta adoraba su compañía, pues Sirio era sencillamente lo que se veía, sin dobleces.
Un joven humilde, puro, educado por un nawal en el camino de la virtud.
Y en lugar de seguir considerándolo como una amenaza, halló en él ese regalo del Cosmos del que Creta hablaba.
Un regalo que esa noche Sirio les hizo a ambos: una segunda oportunidad.