El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 48
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CAPÍTULO 48

─Mi maestro era un nawal ─reveló─. Unos soldados se lo llevaron hace semanas.

Yo sé que está muerto, que lo han ejecutado en Teff por orden de Nabor.

Si ya no me estás mintiendo y de veras estás buscando ese manuscrito para hacer el bien, entiendo que pertenecemos al mismo bando.

Pero podría suceder que fueras una espía y que intentaras averiguar si yo también soy nawal , para llevarme a decapitar.

Y podría ser que quisieras encontrar el manuscrito para entregárselo a Nabor.

─Se quedó pensativo, mirando al infinito─.

Siempre he pecado de ser un ingenuo, Creta.

Soy consciente. Se ríen de mí por eso. Sé que todos los sabios y maestros que visitan la biblioteca murmuran a mis espaldas, me consideran un inepto, están deseando que me echen de allí a patadas.

No soy demasiado astuto ni muy avispado tampoco, como habrás podido comprobar.

Pero contigo, además, he caído de bruces porque me gustas muchísimo.

─A Creta le dio un vuelco el corazón. Desde hacía días se olía algo, pero entonces, ¿por qué ahora que él se declaraba directamente se ponía tan nerviosa?

¿Era tan importante para ella? Con un aplomo admirable, Sirio afirmó sin dudar─: Me has gustado desde que te vi, Creta.

Eres bella, por dentro y por fuera. ¿Ves todas esas estrellas del cielo?

─Creta asintió, perdida en la sonrisa de Sirio, siempre tan jovial─.

Pues no hay ninguna que no envidie tu brillo y tu luz.

Tú eres la más radiante de todas y, ¡bendito sea el Cosmos!

¡Aquí estás, sentada a mi lado! ¿No crees que soy el hombre más afortunado de Virim?

─Suspiró. Estaba muy nervioso también él, no cabía duda, pero eso no le impidió expresar sus sentimientos más sinceros.

Entonces, sus miradas coincidieron y Sirio se entregó valientemente─: Creta, esta noche me estoy enamorando perdidamente de ti.

Y hay algo que he escrito, bueno, que quiero decirte… En fin, allá voy:

Yo conozco el sabor de la distancia,

las palabras que jamás se pronunciaron.

Y en el tímido vacío de tus manos,

yo probé el amargor de la añoranza.

Descubrí que el color de los lamentos

y de mi alma en su noche más oscura

se prendieron de tu luz en la negrura

cuando diste de beber a este sediento.

Eres gota de rocío del albor,

fuente limpia serenando mis tristezas,

para mi garganta seca, manantial.

Agua fresca para este pobre mortal

que a sabiendas de su suerte y su torpeza

te hace entrega de su humilde corazón.

Cuando Sirio terminó de recitar aquellos versos, Creta tenía la piel de gallina y la respiración agitada. De hecho, necesitó algunos instantes para recomponerse antes de preguntarle:

─¿Es eso poesía?

Sirio la miró con ternura. Cómo brillaba su sonrisa...

─Tiene gracia que me lo preguntes, Creta: tú eres poesía.

Nunca pudo imaginarse que la poesía, esa maraña de palabras que cuando intentaba leer carecía de todo sentido, pudiera estremecer su cuerpo de aquella manera al ser recitada por la cálida voz de Sirio.

Hasta había cambiado su ritmo respiratorio, que se había tornado más pausado y profundo.

Era obvio que no iba a necesitar echar mano de ningún arma.

Sirio acababa de sincerarse, de entregarse, de rendirse.

Si ella hubiera sido en verdad una espía, podría haberlo asesinado allí mismo sin que el bibliotecario opusiera apenas resistencia.

Pero Sirio la había puesto en una tesitura aún más complicada.

¿Qué debía responder? ¿Que sí pertenecían al mismo bando?

¿Que su dolorido corazón aún no estaba listo para volver a amar a nadie? ¿O sí lo estaba?

Lorick lo había observado todo sin perder detalle, al abrigo de la oscuridad.

Primero aflojó la mano, dejando caer la piedra con la que minutos antes tenía pensado dar de lleno en la cabeza hueca del bibliotecario.

Y después, sabiendo que nadie le veía, se dio permiso para llorar amargamente y en silencio la pérdida de Creta.

Echando la vista atrás, los celos que en su día sintió por Halcón eran solo una anécdota en comparación con los que Sirio le provocaba.

Jamás había sufrido tanto por una mujer.

Era un dolor que retorcía sus entrañas como un hierro al rojo vivo.

Y es que Sirio, a pesar de su escaso carisma y su falta de garbo, acababa de convertirse en un rival invencible, o peor aún: en el campeón de aquel duelo.

Era alguien a quien Creta admiraba y respetaba. Alguien que la escuchaba.

─Te prometo que ahora no miento ─aclaró Creta sintiendo el aguijonazo de los remordimientos─. Ni soy una espía ni trabajo para Nabor. Todo lo contrario.

Sirio volvió a sonreír, aunque la tristeza continuaba imprimada en su expresión.

─Y en cuanto a ti ─continuó ella deshaciéndose en lágrimas─, en cuanto a ti…

Sirio, me has tratado muy bien todo este tiempo.

Mira este lirio, tu poema, tu rostro eternamente sonriente, la calidez con la que te expresas…

Eres único. Eres único en tu especie, de verdad.

A veces en el bosque sucede ese milagro: incluso cuando crees que ya conoces todas las especies de pájaros que viven allí, de repente un día te encuentras con uno diferente, y sabes que no hay más ejemplares, como si Madre Tierra y Padre Cielo lo hubieran diseñado exclusivamente para regalarte ese momento.

Tú eres ese regalo, Sirio. Y sé que únicamente he de alargar la mano para colocarte a mi lado, para quedarme junto a alguien capaz de entenderme. Si solo alargara la mano…

Se interrumpió para ahogar un sollozo. Entonces él se acercó y, muy despacio, le enjugó una lágrima con el dedo pulgar, con cuidado, como si acabara de recoger un diamante.

Lorick, desde su posición, envidió la piel de sus dedos por aliviar la tristeza de Creta que, incluso así de triste, despedía una luz incomparable aquella noche.

Habría muerto por consolarla, por arroparla con su abrazo y quedarse a su lado hasta el amanecer.

Comprendía tarde que ella había sido en todo momento su verdadero amor imposible, el regalo que le había sido enviado para hacer de su vida un camino más sencillo y menos tormentoso.

Creta adornaba discretamente y con austeridad cada recuerdo feliz de su infancia, cada momento en que no se dejó embargar por la desesperación.

Si tan solo hubiera alargado la mano… ¡Ella siempre había estado ahí, para él!

Pero la había dejado ir. Y ahora, el Cosmos quería regalar la luz de su presencia a otro hombre.

─Sirio, comprende que yo querría sentir por ti lo mismo…

Me gustas mucho y me encanta tu compañía.

Eres un ser tan puro… ─Temblaba de arriba abajo porque, ante todo, no deseaba herirle, pues él se había entregado generosamente.

Pero ya le había mentido bastante y no quería tener que hacerlo más─.

Perdóname, pero no eres tú. No es por ti por quien late mi corazón.

Y eso es algo que yo no puedo controlar, es casi una condena, un castigo que me acompaña desde que tengo memoria…

Pues el hombre del que yo estoy enamorada no me quiere.

El llanto de Creta era un veneno contenido durante años, un veneno que había emponzoñado sus entrañas por cada vez que Lorick no se había dado cuenta de cuánto lo amaba.

Desde la vieja atalaya, corroído por la impotencia, él la vio llorar mientras Sirio la consolaba apoyándole una mano en el hombro, hablándole con calma, con ese tono suave y conciliador que poseía de manera natural.

No escuchó lo que le susurró a Creta al oído, aunque la hizo sonreír y ella, a cambio, lo besó en la mejilla.

¡Cómo lo detestó Lorick en aquel instante!

Aunque el bibliotecario, en realidad, no tenía la culpa.

Y por eso, decidió que solo era justo detestarse a sí mismo, pues ahora comprendía la magnitud del sufrimiento que había provocado en Creta.

Para colmo, ella seguía amándole. Por un momento deseó que le olvidara, que se enamorase de Sirio o de alguien que supiera verla, entenderla, amarla.

Él no sabía, no había sabido jamás, posiblemente no sabría nunca. Y una vez más, se maldijo por ello.