CAPÍTULO 47
La torre de los astrólogos se encontraba a varias manzanas de la Biblioteca de Virim, casi donde terminaba la ciudad.
Era una vieja atalaya en realidad, perteneciente a una porción de muro semiderruida que ni siquiera tenía valor arquitectónico, pero que en su momento se había construido sobre una colina, en una zona agreste casi sin iluminación, y desde allí las vistas eran inigualables.
Especialmente cuando caía la noche y el cielo quedaba salpicado de interminables puñados de estrellas.
─Allí está ─dijo Creta cuando vio a Sirio llegar a las puertas de la torre, sonriente y rebosante de optimismo.
Se había vestido para la ocasión con una túnica elegante de color azafrán, limpia de manchas de tinta.
¡Iba hecho un galán! Creta no pudo disimular un gesto de ilusión mientras esperaba con Lorick y con Nilo, los tres ocultos en las sombras.
Había varios guardias custodiando la entrada y algunos grupos de estudiantes de astrología que seguían a sus maestros como polluelos a las gallinas del corral.
Y todos eran varones, claro, así que Creta ya se imaginaba las reacciones que esa noche su presencia iba a provocar en ese lugar.
Afortunadamente iría acompañada por el director de la biblioteca, a quien todos respetaban por protocolo, a pesar de desear su destitución.
─Creta ─la llamó Lorick antes de que se fuera. Ella se giró sin mucho afán. No habían vuelto a hablarse─. Lleva mucho cuidado.
─Puedes confiar en mí ─le respondió con parquedad─. Confiad en mí, los dos. Es muy importante que hoy hagamos esto. Además ─dijo señalando su cinturón, donde se había colgado discretamente las dos dagas gemelas─, las llevo conmigo. No va a pasarme nada.
Y se alejó lentamente notando cómo el alma de Lorick se partía en pedazos a medida que las tenues luces de la entrada de la torre alcanzaban su esbelta silueta.
Llevaba el mejor de sus vestidos de lino blanco, y el cabello negro, ya más crecido, le caía elegantemente a la altura de los hombros.
Lorick la contemplaba en silencio sin dejar de torturarse con la idea de haberla perdido.
Aún más cuando Sirio la vio aparecer y no pudo evitar sonreír deslumbrado por su belleza.
─Pensaba que, quizás, te habrías arrepentido ─le dijo tartamudeando un poco mientras redescubría su imagen femenina bajo la envolvente luz de la noche. Acto seguido, le rindió una leve reverencia y le regaló un precioso lirio blanco que Creta aceptó con notable entusiasmo. Sirio era tan atento…
Mientras tanto, Lorick los observaba con un nudo en el estómago, tenso, preparado para abalanzarse sobre ese estúpido bibliotecario en cualquier momento si osaba hacer algún movimiento indebido.
¿Cómo había podido estar tan ciego? Levantó la cabeza para mirar las estrellas.
Después miró a Creta otra vez, admitiendo muy a su pesar que ella había dejado de ser una luna nueva, oscura e invisible, para brillar más que cualquier astro de ahí arriba.
Y él no había sabido verla hasta ahora, o quizás no se había dado el momento adecuado.
Ya daba igual, su momento había pasado y ahora se sentía estúpido, ingrato y torpe, mucho más torpe que ese bibliotecario, porque Sirio, aun siendo incapaz de mantener sus estanterías ordenadas o de llegar a ellas sin que se le cayeran dos o tres rollos de papiro en el trayecto, había sabido apreciar la verdadera esencia de Creta desde la primera vez que ella puso un pie en su biblioteca.
Simplemente entendió cómo debía mirarla.
─Hay otra atalaya vieja a unos metros de esta ─advirtió Lorick guiado por su instinto de estratega─. Tal vez si subo allí pueda vigilarlos desde arriba.
En efecto, la antigua edificación se componía de varias torres de flanqueo, solo que la única que seguía en perfecto estado era la de los astrólogos. Por eso, las demás no se utilizaban. Ni siquiera había centinelas vigilándolas.
─Bueno, tú haz lo que quieras ─le respondió Nilo intuyendo que las intenciones de Lorick iban más allá de defender a Creta de un posible peligro─. Yo me quedo aquí hasta que bajen.
Y dicho y hecho, Lorick se encaminó hacia el viejo muro mientras Creta, acompañada por Sirio, llegaba por fin a la azotea de la torre de los astrólogos.
Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad y comenzó a distinguir aquella inmensa masa de estrellas, brillando cada una como un diamante, se sintió por un instante como en Caliza, es decir, como en casa, igual que cuando salía con sus hermanos a mirar el cielo durante las noches de verano, tumbados todos sobre el techo del granero.
Fue la presencia del resto de astrólogos aquello que la devolvió rápidamente a la realidad de Virim, esa ciudad extraña y ruidosa donde jamás escucharía a los carboneros ni encontraría al tímido petirrojo rebuscando insectos con el pico en la tierra recién arada.
Algunos la miraron con reprobación, pero solo fue una minoría.
Otros, sorprendidos por la elegancia de aquella dama sabia y misteriosa, observaban a Sirio podridos de envidia por su suerte, y el director de la biblioteca, todo orgulloso de la mujer que lo acompañaba, los saludó ajeno a los cuchicheos y las habladurías, sonriendo de felicidad.
─Ven conmigo, Creta ─le indicó haciendo caso omiso de los demás─. Nos sentaremos en aquella esquina.
Parecía un niño al que le acabaran de hacer un regalo, rebosante de emoción. Creta, con el lirio en las manos, se limitó a seguirle. Cuando se sentaron en el suelo, Sirio recorrió con la mirada el cielo, de extremo a extremo.
─Fíjate, ahí justo tenemos al Cisne, ¿lo ves? Ahí.
Creta miró donde decía, pero no conocía esa figura. Sirio le explicó con detalle la leyenda de aquella constelación. Era como escuchar cuentos ancestrales, de esos que habían dado forma al universo.
─Y esa otra es la Lira. Y la que está al lado, esa es el Águila. Mira. Hay un truco para identificarlas. Te lo explicaré, verás como no se te olvida nunca.
Sirio hablaba y hablaba. Usaba un lenguaje técnico, astrológico, desconocido para Creta quien, taciturna y comenzando a aburrirse un poco, se sentía despreciable por abusar de la confianza del bibliotecario fingiendo ser alguien que no era.
─Lo siento… ─se disculpó Sirio al descubrir que ella ya no lo estaba escuchando─. Voy muy rápido, ¿verdad?
Creta se sintió fatal. Ahora que conocía a Sirio y que había descubierto lo bondadoso que era en realidad, no era capaz de seguir mintiéndole. Él siempre había obrado de buena fe, siempre dispuesto a dejar todo a un lado para detenerse a escuchar lo que ella necesitaba.
─No es eso, Sirio. Bueno, o sí. No sé, creo que en mi tierra a las estrellas les dábamos otros nombres ─se excusó avergonzada por su falta de erudición─. Verás, yo vengo de un pueblo pequeño. Allí la vida era más fácil.
Pero Sirio no se rio ni la miró con condescendencia, como habían hecho a menudo los maestros y sabios que visitaban la biblioteca y que, muy a su pesar, tenían que cruzarse con aquella mujer rebelde e indeseable. Él solo asentía con la cabeza y comprendía. Siempre comprendía.
Lorick los escuchaba encaramado a la vieja atalaya en ruinas, aunque apenas distinguía sus siluetas en medio de tanta oscuridad, cosa que le fastidiaba bastante.
Necesitaba saber dónde ponía las manos ese bibliotecario o si se había sentado demasiado cerca de ella.
Y se sintió como un imbécil, ¡Sirio no era así!
Por eso a Creta le gustaba estar con él.
Desde que la conocía, ignoraba si había sido lo bastante comprensivo con ella.
«No, no lo he sido», se respondió a sí mismo.
No como Sirio. Puede que hubiera cuidado de Creta en muchas ocasiones para que no le sucediera nada.
Pero no se había detenido a escuchar qué necesitaba realmente ella.
Y ahí estaba el tonto del bibliotecario, a quien había mirado por encima del hombro, dándole en sus narices una lección magistral de humildad.
─Perdóname si te he hecho sentir mal o te he abrumado con mi verborrea ─se disculpó Sirio─.
Puede que me haya dejado llevar. A veces soy un poco…
intenso. Lo sé. No todos los días puedo hablar con alguien de astrología.
Bueno, me da vergüenza reconocerlo, pero quedarme contigo a solas me ha puesto un poco nervioso.
En fin, a lo mejor te ha parecido que soy un engreído. No ha sido mi intención si...
─¡No! No es eso. Es interesante escucharte y…
Una estrella fugaz la interrumpió. Al parecer, solo la vio ella. Se quedó pensativa. ¿Debía interpretar eso como una señal del Cosmos? Supuso que sí. «Adelante, Creta», se dijo.
─Óyeme, Sirio. Has de saber una cosa sobre mí.
Sirio esperó a que hablara. Paciente, siempre paciente.
─¿Y bien?
Creta cerró los párpados, como si estuviera a punto de dar un salto al vacío.
Y es que Sirio había empezado a importarle.
Ya no era un desconocido al que utilizar con el fin de la misión, sino que se había convertido en una persona con la que le gustaba compartirse.
Apreciaba su amistad y no quería perderla.
Pero, si le contaba la verdad, seguramente él se ofendería y se alejaría para siempre de ella.
Lo aceptó. Al fin y al cabo, Sirio no estaba en los planes. Pero le apenaba tanto...
─Que no soy ninguna estudiante ni pertenezco a ningún círculo.
Ni siquiera me interesa la astrología. Y casi no sé leer.
─Resopló. Aquello le estaba costando mucho.
Mientras tanto, Sirio continuó escuchando, atento.
Sin juzgarla─: Te he mentido. Te he mentido desde el principio. Y yo no me siento orgullosa de ello...
Abrió los ojos. Sirio la observaba con atención, pero no con desprecio ni decepcionado. Solo quería entenderla, entender por qué había fingido.
─Estoy seguro de que tienes un buen motivo ─le respondió el bibliotecario con loable templanza─. Todo en este mundo lo tiene, Creta. Y por lo poco que te conozco, intuyo que tus razones están más que justificadas.
Creta se conmovió por su capacidad de empatía.
Sirio era tan caballeroso, tan bueno… En la atalaya, sin embargo, Lorick se estaba poniendo de los nervios.
¿Por qué Creta había sido tan temeraria?
¿Cómo había sido capaz de contarle todo aquello a Sirio?
¡Si apenas lo conocía! Había demasiada distancia entre las ruinas y la torre de los astrólogos como para saltar en caso de que Sirio tratara de hacer algo peligroso, pero podría arrojarle una piedra a la cabeza o algo así.
«Confía en mí», le había pedido Creta. En quien no confiaba, desde luego, era en el bibliotecario.
─Vale, te lo contaré ─habló ella cogiendo aire─. Necesito saber qué escribió exactamente Calíope en sus profecías. Es el único manuscrito que me interesa leer. Por eso he pasado horas en la biblioteca buscándolo. Es muy importante para mí, para proteger a mi gente.
Sirio la escuchó sin objetar nada, sin mostrarse disconforme ni demasiado sorprendido.
Parecía estar atando cabos sobre el verdadero propósito de Creta mientras trataba de recordar a qué documentos había recurrido cuando visitaba la biblioteca.
De pronto, un poso de tristeza afloró en su dulce expresión.
Entonces, y también arrojándose al vacío, con plena confianza le preguntó:
─Creta, ¿eres una nawal ?
Ella se quedó boquiabierta, incapaz de responder nada.
Sirio sabía algo, estaba segura. Cualquier cosa que contestara en ese momento podría volverse en su contra, pero, al fin y al cabo, había sido ella quien había conducido la conversación hasta ese punto.
Sirio ya no sonreía. Una sobriedad nunca antes vista entornó su mirada.
Se levantó y Creta, con disimulo, deslizó discretamente sus manos sobre las empuñaduras de las dagas gemelas que colgaban de su cinturón, por debajo de su vestido.
Acababa de darse cuenta de que en la torre de los astrólogos ya no quedaba nadie más que ellos dos.
Mientra tanto, oculto en las sombras, Lorick ya tenía preparado un ladrillo roto para arrojarlo en cualquier instante.
Ahora le tocaba hablar al bibliotecario.
Era su turno: Sirio también ocultaba algo.