CAPÍTULO 46
Cuando ya se alejaron de la biblioteca y avanzaron solos por una callejuela estrecha, mientras Lorick caminaba por delante de Creta sin mirar atrás, ella anunció:
─Sirio me ha citado mañana por la noche en la torre de los astrólogos. ─Lorick no gesticuló, ni siquiera se detuvo ni le respondió. Creta continuó─: A juzgar por lo que he hablado con él durante estos días, conoce la historia de Virim mejor que nadie.
─¿Y vas a ir?
Creta estudiaba atentamente los gestos de Lorick. Sabía que le molestaba que hablara de Sirio y que pasara tanto tiempo con él. Pero, ¡maldita sea! ¿Por qué nunca decía nada?
─Por supuesto que voy a ir ─se reafirmó─. ¿Acaso lo dudabas? Debo ir. Sirio sabe mucho sobre la historia del Imperio. Además, creo que le inspiro confianza. Me contará cosas que yo sola tardaría meses en descubrir si tuviera que leerme todos esos papiros de la biblioteca. Es todo un sabio.
Creta esperó alguna reacción incómoda. ¿Insistiría en acompañarla a esa cita?
¿Se había puesto celoso? A esas alturas, el nórdico ya detestaba a Sirio sin conocerlo.
Le fastidiaba lo impresionada que Creta salía cada tarde de la biblioteca tras haber dialogado largo y tendido con aquel idiota.
Pero, independientemente del sentimiento de rivalidad que el bibliotecario le despertaba, le inquietaba que Creta se quedara a solas con él, de noche, en la torre de los astrólogos.
Había observado a Sirio durante días. No parecía peligroso, al menos de momento.
En una ocasión lo vio saludando a Creta en la entrada de la biblioteca.
No hacía falta mucho más para darse cuenta de que ella lo había cautivado: Sirio se quedaba embelesado cuando le hablaba, como si tuviera delante a una musa del saber.
Pero entonces, ¿de qué tenía miedo realmente Lorick?
¿Temía por la vida de Creta? ¿O temía por perder su corazón, si es que no lo había perdido ya?
De repente detuvo sus pasos y se giró hacia ella sin decir nada.
Hacía días que la evitaba en todo momento porque no se sentía merecedor de su compañía después de todas sus meteduras de pata.
Se sentía culpable por haberla puesto en el punto de mira de Sigrif.
Estaba enfadado, frustrado, celoso. Y mientras tanto, apenas le hablaba, casi ni la miraba a la cara mientras seguía encerrándose en sí mismo.
Pero esa noche no tuvo escapatoria: en la penumbra adormecida de los rincones, bajo la cálida luz de las teas que fulguraban en el alféizar de cada ventana, sus ojos encontraron en ella a una mujer que no había sido capaz de ver hasta entonces, y comprendió que, muy lejos de lo que había sentido en una ocasión por Atti, Creta le había robado el aliento.
Era la flor de almendro prometida abriéndose bajo el primer albor de primavera, despacio pero con la arrolladora sensualidad de Madre Tierra, regalándole por fin su dulce perfume y el sabor agreste de su atesorada feminidad.
Lorick reconoció por fin que había caído rendido a sus pies, y un deseo ferviente por besarla en ese mismo instante ocupó todos sus pensamientos mientras su instinto se anteponía a su capacidad de razonar, pues Creta acababa de prender en él una llama que hasta ahora había permanecido dormida.
Y ella percibió ese cambio, ¡claro que lo percibió!
Hasta podía respirarlo. Entre ambos siempre había existido una fuerte complicidad, un lenguaje más allá de las palabras.
Un lenguaje que, esa noche, a solas en aquel callejón, empezó a manifestarse a través de sus cuerpos al tiempo que una insoportable tensión los empujaba a acercarse hasta que sus labios se encontraran.
Creta moría por rendirse en sus brazos, por entregarle su primer beso de amor.
Sin embargo, toda la frialdad con que Lorick la había tratado seguía doliéndole.
Se había comportado con una indiferencia despiadada, pasando a su lado como si ella no existiera, ¿qué esperaba ahora?
Entonces se cruzó de brazos. Ese sencillo gesto bastó para cortar el flujo de la pasión que había empezado a envolverlos.
Era como echar un candado. Y Lorick, viniéndose abajo, lo captó en seguida.
Tras un instante de silencio incómodo durante el cual no fue capaz ni de mirarla a la cara, buscó algo en el interior de su fardo y dijo:
─Tengo algo para ti.
Creta se sorprendió, pero mantuvo la pose rígida y la severidad no abandonó su rostro. Continuó de brazos cruzados hasta que Lorick le dio a entender que quería colocar en sus manos un obsequio: era un estuche de cuero largo como su antebrazo.
─Ábrelo, por favor ─le pidió él.
Se quedó paralizada. ¿Era una declaración de amor? ¿O una ofrenda de paz? Cuando abrió el estuche, con los dedos temblorosos, vio una hoja brillante en el interior. Y luego, otra. Eran dos dagas gemelas, finamente labradas, relucientes como trozos de luna.
─ No te imaginas lo que me ha costado encontrar un herrero que supiera hacer este trabajo.
─ ¿Son de plata? ─ le preguntó ella sin terminar de creerlo.
Lorick se limitó a asentir cuando Creta, tímidamente, extrajo una de las dagas.
En la hoja se reflejaban las luces nocturnas.
Era ligera, con el mango cubierto de bellas filigranas.
La sacudió en el aire para comprobar su peso dándose cuenta de que estaba perfectamente equilibrada.
Debía reconocer que se trataba de dos auténticas obras maestras.
Entre tanto, Lorick aguardaba impaciente su reacción.
Quería saber qué le había parecido, si le gustaban.
¿Serviría ese regalo para facilitar el diálogo, para que Creta supiera lo mucho que le importaba?
Prácticamente había gastado en las dagas el total de lo que valía la perla del Príncipe.
De hecho, se la entregó al herrero como pago.
─Así podrás defenderte incluso de las alimañas. Me gustaría que, a partir de hoy, no te separes de ellas. Llévalas mañana, por favor, cuando te encuentres con Sirio en la torre de los astrólogos.
─ ¿Eso es todo? ─ le preguntó Creta con indiferencia mientras enfundaba de nuevo la daga junto a su gemela. Y Lorick, completamente roto, no supo qué responder.
¿Había escogido mal? ¿O es que una pareja de dagas no se consideraba un regalo apropiado?
En cualquier caso, no era una joya con la que agasajar a una joven.
Pero es que Creta era muy diferente de todas las demás, ¡siempre lo había sido!
Por ese motivo, Lorick y ella se habían hecho amigos inseparables en el pasado.
Además, quedaba otro obsequio. Su mano lo tocaba sin atreverse a sacarlo del fondo del fardo mientras las palabras de Nilo resonaban en su cabeza como el molesto zumbido de un abejorro.
«Reacciona. ¡O lo lamentarás!». Tenía que entregarle aquello a Creta.
Sabía que el color verde era su preferido.
─Te he hecho una pregunta, Lorick.
Lorick detuvo su mano, confundido.
─No te comprendo ─dijo él.
─¿Eso es todo lo que me tenías que decir? ¿Que te has gastado una fortuna en hacerme un regalo mientras pasabas días y días ignorándome?
Creta miró el estuche de cuero con resignación al tiempo que Lorick se desconcertaba aún más.
─Yo quería que estuvieras protegida, que pudieras defenderte si…
─¿Sabes lo que quería yo? ─El nórdico se limitó a escucharla─.
Yo quería que de vez en cuando me miraras a los ojos, Lorick.
Que te quedaras un rato conmigo, cada noche, para que conversáramos sobre lo que habíamos hecho o lo que nos había pasado, incluso para que me contaras qué habías comido, si picaba demasiado o simplemente sabía extraño.
─Creta, yo…
─Yo quería que me acompañaras algunas tardes, compartiendo el silencio, nada más, como hacíamos cuando nos tumbábamos en las dehesas para contemplar las nubes.
No me hacía falta más, Lorick. Solo necesitaba un poco de ti, migajas de tu amor, siempre las migajas, lo que sobra, lo que no guardarías para nadie.
Yo con eso me habría conformado. Pero desde que hemos llegado a Virim has conseguido que me sienta como una sombra, más invisible que nunca, como un fantasma.
Tengo el corazón lleno de remiendos y ya no me siento con fuerzas para volver a repararlo, ni siquiera cuando pienso en ti.
─Creta, escúchame, yo no sabía que…
─Me rindo.
Un llanto silencioso embargo los ojos de Creta, pero, a diferencia de otras veces, sintió que era el último que necesitaba para purgar todo el dolor acumulado durante años, para sacarse el veneno del mal de amor que la había fustigado desde que se había enamorado del chico equivocado.
─Creta, al menos quédate las dagas. Si mañana te sucede algo por no llevarlas, no me lo perdonaría en la vida.
Ella lo miró. Había un matiz hasta entonces desconocido en su expresión: se trataba de una mirada limpia de rabia y de frustración, cargada de nostalgia y casi compasiva.
─Sirio es enclenque y torpón ─ dijo ─ . Nunca ha cazado un animal mítico, nunca ha manejado un arma. No creo que sea ni la mitad de fuerte que tú. Lo tumbarías de un estornudo. Y, sin embargo, me he dado cuenta de que te aterra.
Lorick se contuvo. No tenía nada que objetar porque Creta describió perfectamente lo que pensaba y sentía respecto al bibliotecario.
─¿Y sabes por qué le tienes tanto miedo? Porque él lucha cada día con todo lo que tiene para ganarse mi amor.
Sus últimas palabras atravesaron a Lorick.
Lo rompieron. Lo mataron. Una lágrima, fría como la nieve, se escapó de uno de sus ojos mientras encajaba como podía la brutal derrota.
Y Sirio era el ganador. De nada servía ya insultarlo o reírse de su porte desairado.
Sirio era un inepto para muchas cosas, pero había sabido ver en Creta la luz cegadora de un sol en lugar de la sombra de otra mujer.
Y sufrió en sus carnes el dolor de las heridas que no tienen cura.
Su ruptura con Atti había sido una mota de polvo comparada con la angustia que lo abordó al saber que había perdido a Creta para siempre, pues ella, a diferencia de su hermana, había formado parte de su vida en todos los momentos: cuando se iban a cabalgar y reían a pleno pulmón pero también cuando Lorick huía de la furia de su padre, cuando se acercaban al río para ver el vuelo de las libélulas aunque también cuando él se escondía en el pajar, maldiciendo y con la nariz ensangrentada, porque había vuelto a interponerse entre los puños de Oberón y su madre.
Creta conocía todo eso, sabía más sobre él que nadie.
Por eso la amaba, ¡la amaba como nunca había amado!
Ella se había convertido al fin en la mujer que desde siempre persiguió en sus sueños.
La prometida que quería colocar a su lado.
La futura esposa que encarnaba todos sus anhelos.
Siempre la tuvo muy cerca, pero no la veía.
¡Nunca la vio! Era un tesoro eclipsado, enterrado bajo sus propios pies.
Un sueño de esos que se olvida cuando uno despierta.
Y allí seguía él, mordiendo el polvo, por haberse quedado dormido. Se le había hecho tarde.
─Pero, ¿por qué habéis tardado tanto? ─intervino Nilo de repente girando la esquina del callejón. Lorick se enjugó los ojos con la manga y, cuando el chico lo vio, dedujo no solo que llegaba en mal momento, sino también que aquello había salido peor que mal.
─Ha sido culpa mía ─se excusó Creta sin poder ocultar su tristeza, pero manteniéndose en calma─. Hoy he salido muy tarde de la biblioteca.
─Entiendo ─asintió Nilo con fastidio.
─Será mejor que entremos en la posada ─propuso Lorick recuperando la entereza─. No es seguro que deambulemos por Virim de noche.
Y así lo hicieron, caminando en completo silencio como una comitiva fúnebre.
La casa de huéspedes se encontraba en la calle contigua.
Era un austero edificio rectilíneo, de ventanas pequeñas, construido con adobe.
No tenía ninguna azotea para contemplar las estrellas, pero estaba más resguardado que la casa de los Cardamomos, donde justo en ese instante acababa de llegar un forastero de las Tierras Verdes pidiendo asilo.
─¿Viaja usted solo? ─le preguntó Rayik, el dueño, mirando de reojo su exótico cabello rubio.
─Sí ─respondió el extranjero con un marcado acento de Heimkel.
─Entonces le daré la celda de arriba. ¡Qué casualidad! Hace solo unos días durmió ahí otro joven del Norte, así, parecido a usted. Y eso que su gente no se deja caer mucho por nuestra ciudad, ¿verdad?
El forastero sonrió, cordial. Su rostro anguloso y pálido resultaba verdaderamente extraño en la ciudad de Virim. Mientras Rayik subía los escalones para guiarlo hasta la que sería su habitación, recitaba de memoria todo lo que allí servían para desayunar, comer y cenar.
─¿Cómo me había dicho que se llama? ─le preguntó por última vez antes de retirarse. El extranjero, sin apenas gesticular, repitió:
─Sigrif.
A Rayik le pareció un nombre raro, desde luego, pero fácil de recordar.
─Muchas gracias ─dijo antes de despedirse─. Y ahora, ya le dejo descansar.