El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 45
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CAPÍTULO 45

La Biblioteca de Virim estaba a punto de cerrar sus puertas, pero Creta aún ocupaba una mesa entera cubierta de rollos de papiro.

Y no eran todos de poesía. Como buenamente pudo, buscó manuscritos de otros géneros, pero con poco éxito, pues le costaba horrores leer más de un párrafo sin que su mente se agotara, ya que esa práctica era todavía demasiado nueva para ella.

Leer se le hacía mucho más complicado que cabalgar, más que disparar con el arco y dar en el centro de la diana.

Nilo y Lorick habrían sido, sin duda, mucho más útiles, pero solo ella había conseguido adentrarse en ese mar de textos y papiros sin levantar sospechas y, además, granjeándose la amistad del bibliotecario.

Los demás usuarios, esos que seguían mirándola de vez en cuando con notable desprecio, ya se habían acostumbrado a su molesta presencia, pues desde hacía días se quedaba allí durante horas hasta que Sirio, con la amabilidad y diplomacia que lo caracterizaban, se acercaba hasta ella para anunciar el cierre.

─Ha debido de ser una tarde muy productiva, ¿verdad, Creta?

─le preguntó entusiasmado al ver todo aquel montón de documentos que, minutos más tarde y sin protestar, tendría la obligación de ordenar.

Creta asintió. Llevaba días fingiendo ser una erudita, una eminencia, y lo cierto es que Sirio era tan gentil con ella que cada vez se sentía peor por engañarlo y por abusar de su confianza.

El bibliotecario, aparentemente, no percibía nada.

De hecho, continuó trabajando mientras le decía─: Seguro que la maestra Neem se siente muy orgullosa de una discípula como tú.

Por cierto, me he permitido hacerte una selección de papiros que te va a encantar.

En ellos se recogen los más alabados poemas épicos sobre la fundación de Virim, incluido aquel en que se conmemora la muerte de la sacerdotisa Calíope, la grande entre las grandes, la primera Matriarca de Alandum.

Sirio se apoyó toscamente en la mesa y uno de los muchos papiros que Creta había tratado de leer sin éxito se cayó rodando al suelo. Deshaciéndose en disculpas, el bibliotecario lo recuperó y lo identificó con una sonrisa de oreja a oreja.

─¿Astrología? ¿Sabes astrología, Creta?

Creta no sabía qué responder. ¿En qué momento había puesto allí aquel manuscrito sobre astrología?

─Pues… No sé mucho, pero es que me interesa bastante ─se excusó sin dar muchos detalles─. En realidad, me interesa más que la poesía.

Se quedó esperando la reacción de Sirio. ¿Había sonado creíble? «Sí, se lo ha creído», pensó. Sirio casi hasta se había emocionado. Era tan cándido...

─Oh, Creta… Mi maestro es astrólogo. Él me ha enseñado todo lo que sé.

En un futuro, me gustaría saber leer en las estrellas como lo hace él.

¿Quieres que…? ─dudó. Posiblemente le daba vergüenza pero, aun así, continuó─: ¿Quieres venir conmigo a la torre de los astrólogos?

Claro, que tendría que ser de noche. De día, como comprenderás, no se ve nada de nada.

Era una invitación que no se podía desperdiciar, una verdadera oportunidad.

Puede que Sirio fuese poco diestro en apariencia, sobre todo cuando se le escurrían los rollos de las manos una y otra vez o cuando arrastraba alguna mesa haciéndola rechinar, rompiendo así el silencio sepulcral de la biblioteca, un hecho que ponía de los nervios a todos los maestros y estudiantes que acudían allí.

Sin embargo, Creta lo había observado, igual que observaba a los pájaros.

Y Sirio, a juzgar por lo que veía, era una fuente inacabable de conocimiento y de saber.

Podría hacerle mil preguntas, tal vez obtendría información valiosa sobre el manuscrito de Calíope. Así que, sin dudarlo, Creta afirmó:

─Me encantaría.

Su respuesta hizo muy feliz a Sirio, quizás porque, por fin, alguien se dignaría a escucharle.

─Entonces te espero mañana en la torre de los astrólogos, tras el cierre de la biblioteca.

Cuando Creta salió de allí era de noche, pero aquella mendiga de la otra vez continuaba sentada en el soportal, con la mano estirada a la espera de limosna mientras los párpados se le cerraban de sueño.

Creta se sacó del bolsillo un pedazo de pan y se lo puso en la palma con infinita delicadeza.

Entonces, la anciana despertó sobresaltada.

Al reconocer a la joven, sonrió con gratitud y asintió con un gesto de aprobación.

─Gracias, hija. Eres buena, sí. Eres buena.

Creta se despidió de ella y, después, miró en todas direcciones antes de emprender el camino de vuelta a la posada de los Cardamomos.

Le inquietaba un poco recorrer esa distancia sola ahora que las calles casi estaban vacías, pero no le quedaba más remedio.

Además, le venía bien un momento de quietud para poner en orden su mente, que en los últimos días se había convertido en una marejada de contradicciones.

Le gustaba la compañía de Sirio. Siempre sonreía, era amable y atento.

Con él estaba aprendiendo ciencias y disciplinas que jamás en Caliza habría conocido y, después de todo, quizás hasta sería una buena estudiante si se lo propusiera.

Su mente, poco a poco, iba asentando la lectoescritura.

Era una especie de magia de la que jamás había escuchado hablar.

La magia del pensamiento. Y aunque al principio miraba al bibliotecario con recelo, él era tan agradecido y siempre se mostraba tan dispuesto a ayudarla que en su presencia se sentía tranquila.

A salvo. Porque con Sirio todo era fácil.

Era puro encanto, siempre tenía una sonrisa para regalarle a pesar de las montañas de papiros que le dejaba para recolocar.

En cambio Lorick… Pensar en él le producía una tristeza profunda.

Era el peso de la condena de un amor imposible.

Con el paso de los días sus diálogos se habían vuelto cada vez más parcos y forzados, y el nórdico se mostraba esquivo como nunca, glacial.

¿Qué le pasaba por la cabeza? ¿Por qué, de pronto, la alejaba de su lado, si siempre habían sido amigos?

Amigos que habían compartido dolor y felicidad a partes iguales, pero también destino, aventuras, secretos.

«Eres la única persona a la que confiaría mi cabeza», recordó Creta sus palabras.

¿Seguiría convencido de eso? En cualquier caso, la estaba echando de su lado, despreciando su compañía.

Y ella por fin empezaba a aceptarlo. Tal vez fuera mejor así.

Tal vez lo menos doloroso era comprender de una vez por todas que él no la amaba, que nunca la había amado y que no la amaría jamás porque ella no era Atti.

Su larga historia de amor no correspondido ya no daba más de sí, había agotado sus fuerzas, sus ilusiones, todos sus sueños y planes de futuro.

Consumía sus ganas de vivir y sus esperanzas comenzaban a desvanecerse.

«Se acabó», pensó. «Mi corazón ya no te pertenece, Lorick».

Solo un par de pasos más adelante se lo encontró de frente. O mejor dicho, Lorick la encontró a ella. En realidad, llevaba un buen rato esperándola. Creta lo saludó con frialdad.

─No sabía que ibas a venir ─le dijo.

─Hoy se ha hecho muy tarde. Quería asegurarme de que estabas bien.

─Ya no soy la hermana pequeña de nadie. No hace falta que...

Lorick le hizo un gesto para que se callara. Miró a su alrededor y después, asegurándose de que nadie los seguía, le explicó en voz muy baja:

─Nos hemos cambiado de posada. Me parecía arriesgado permanecer tanto tiempo en el mismo lugar. Nilo ha encontrado otro sitio. Nos espera allí.

Mientras seguía los pasos de Lorick, Creta sintió de pronto que la amenaza de Sigrif empezaba a convertirse en una certeza, en algo real y demasiado cercano.

Durante el tiempo que permaneció en Heimkel jamás habló con el aprendiz de Titania, pero siempre percibió una rara sensación de peligro cuando pasaba a su lado, y su presencia la hacía mantenerse alerta, igual que cuando iba sola al bosque sabiendo que algún lobo hambriento y sin manada rondaba los alrededores.