El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 44
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CAPÍTULO 44

─Chaval, ponme una ración de curry. Del más picante que tengas.

─En seguida ─respondió Nilo apresurándose a dar de comer a siete clientes hambrientos que hacían cola.

Había conseguido un trabajo como cocinero en un humilde puesto del mercado que no solo le proporcionaría alimento gratuito y algo de solvencia, sino también el privilegio de la información.

«En las calles, donde la gente habla, ahí es donde todo se sabe.

Y donde se come, todavía se habla más», les explicó a Lorick y a Creta cuando les contó el porqué de su decisión.

Y no se había equivocado: las noticias del Imperio de Alandum viajaban de boca en boca, sosteniéndose en el aire de la ciudad hasta que la jornada terminaba y cada uno volvía a su casa.

Así fue como supo a cuántos nawales había ordenado ya ejecutar Nabor, con nombres y apellidos.

No solo a nawales , sino también a todos aquellos que habían sido cómplices de sus actividades o que los habían encubierto.

Eso explicaba que en la Plaza Real, la más grande de Virim, los soldados llevaran a cabo decapitaciones en público casi a diario.

Por suerte, los nombres de Pantera y los demás seguían sin aparecer en aquellas listas de culpables.

─Yo quiero otro como el suyo, chico ─se sumó un octavo cliente con la cabeza cubierta y el rostro medio oculto bajo un turbante de nómada. Nilo reconoció la voz de Lorick.

─En seguida, señor ─respondió en tono servicial.

Sus manos iban tan rápidas que no se quemaban al rozar el aceite hirviendo.

Mientras tanto, las semillas de mostaza y los cominos empezaban a crepitar en el ghee , donde se cocían a fuego lento multiplicando la intensidad de sus aromas─.

En la taberna donde me crie teníamos algunos gatos.

Uno de ellos, cuando no había nadie en la cocina, saltaba junto a la olla y sacaba los pedazos de carne del guiso mientras hervía.

Era un hembra, la hembra dominante, por cierto.

La muy pilla se los iba comiendo hasta no dejar ninguno, todos los días.

Nunca se quemó ni un pelo. De hecho, tuvo una larga vida: murió a los veintiún años.

─Es una vida muy larga para un gato, sí ─respondió uno de los clientes recibiendo de buen grado su ración. Los demás rieron por la anécdota. Todos excepto Lorick. Serio y meditabundo, observaba a Nilo creyendo encontrar rasgos gatunos en su rostro.

─Aquí tiene el suyo, señor ─le dijo Nilo cuando terminó de despachar a los otros.

Y le puso en las manos un rollo de pan plano relleno de cordero asado, todo bañado en una intensa salsa roja que sabía a mil especias.

Lorick le hincó el diente con aire despreocupado y, por un segundo, se estremeció al saborear aquella delicia. Ni siquiera esperó a que se enfriara.

─¿Sabemos algo de Nabor? ─murmuró en voz baja mientras masticaba. Nilo continuó ocupándose de los fogones, de que el arroz estuviera en su punto, de dorar el ajo. Cualquiera que los observase de lejos no debía detectar que se conocían.

─Sigue convaleciente, dicen que ha perdido un ojo.

─¿Molok?

Nilo se limpió el sudor de la frente con la manga mientras negaba con la cabeza.

─La gente no se pone de acuerdo, pero juraría que el Patriarca no tuvo más remedio que sacrificar uno de sus bonitos ojos de ángel para calmar a la bestia.

Lorick terminó de tragar y bebió un poco de agua mientras Nilo compartía con él parte de su almuerzo: sabía que al nórdico le encantaba el contraste del limón con la dulzura de la patata y la agudeza del cilantro.

─Ahora que no tiene el templo, me pregunto cómo hará los sacrificios ─dijo.

─¿Ese cerdo? Parece que ha colocado a Ibis al mando de Teff.

─¿Ibis?

─Sí, la víbora de Ibis, la misma que se regodeaba pegando a mi hermana cuando era una niña.

En fin... Ya es oficial: la convertirá en su esposa.

Se ve que esa mujer sabe cómo dominar a las masas.

Pero la gente cree que el motivo de su matrimonio no es tener descendencia.

De hecho, dicen que Minos es su heredero, aunque sea bastardo.

De esos se ve que tiene unos cuantos repartidos por ahí.

─Entiendo… La gente no sabe que los Patriarcas jamás fueron hijos de nadie, que siempre fue el mismo diablo, siglo tras siglo.

─Eso es. Por eso cambia de nombre y de identidad cada cierto tiempo. Al parecer, cuando estuvo casado con Calíope, Nabor se hizo llamar Naúm. Hablan de él en las leyendas de Virim. Pero, al margen de eso, quien se está haciendo cada vez más popular es Minos.

─Sí. Ese hombre, al parecer, sabe dominar a Molok. ¿Será otro diablo? ¿O un brujo?

Nilo se encogió de hombros mientras picaba una cebolla roja.

─No sé…

Se quedaron callados cuando dos viandantes llegaron a pedir más comida.

El chico preparó sus raciones con una soltura envidiable y pronto los tuvo servidos.

Para entonces, Lorick casi había terminado de comer.

No existía un solo detalle que escapara al análisis de sus fríos ojos: personas, animales, las transacciones que se hacían constantemente en el mercado con monedas y género que iban de mano en mano, de manera interminable.

Cerca había un tendero que vendía sedas.

Se había dado cuenta de la forma en que Creta admiraba la ropa de las mujeres de Virim, pues era hermosa de verdad.

Además, la había de todos los colores, y a Creta le encantaba el color verde. Solo lo sabía él.

─¿Lo has visto? ─le preguntó Nilo. Lorick no sabía a quién se refería─. A Sigrif. Si lo has visto.

Lorick, sin mirarle, negó con la cabeza, limpiándose la grasa de los labios con el dedo pulgar.

─He visto al bibliotecario ─pronunció con desdén. A pesar de su frialdad, no pudo evitar que se le notara inquieto porque Creta llevaba días encontrándose en la biblioteca con Sirio. A solas. Nilo se rio por lo bajo.

─¿Y? ─preguntó mientras removía el dhal para que no se pegara a la olla.

─¿Y qué?

─Pues, ¿qué va a ser, Lorick? Que qué piensas de él, que cómo es, si crees que es peligroso… No sé, dime algo.

─No parece peligroso.

─Hombre, claro, será un vejestorio…

─Es que no es un vejestorio ─le espetó el nórdico. Nilo, por un instante, levantó los ojos de los pucheros y los clavó en él, sorprendido.

─¿No? Pues yo me lo imaginaba viejo, como Elkerael… No sé, es un bibliotecario.

Lorick resopló con resignación y continuó:

─Debe de tener mi edad.

─¿En serio? ¿Y ya es el director de la biblioteca? Pues sí que es listo ese Sirio…

─Está sustituyendo al director ─se apresuró a justificar Lorick, como si fuera de vital importancia demostrar que el tonto del bibliotecario no ocupaba ese cargo por mérito propio─. Es tan solo su aprendiz. Y no parece muy avispado que digamos.

─¿Y tú cómo te has dado cuenta de todo eso? ¿Es que ya lo conoces? ¿Has hablado con él?

─He estado observándolo un rato por la calle, cuando ha salido de la biblioteca.

─Espiándolo, mejor dicho.

Lorick hizo un chasquido con la lengua, incómodo.

─Bueno, sí… ─reconoció. Nilo sonreía, burlón─. ¿Y ahora qué he dicho?

─No hace falta que digas nada.

─¿Entonces?

─Pues que estás celoso, Lorick. Hasta un ciego se daría cuenta.

Nilo terminó de ahumar una berenjena y se la sirvió con una torta de pan rebosante de salsa de yogur, ajo y menta fresca. Sabía que Lorick aún tenía hambre. Mientras le entregaba el segundo plato, aprovechó para hablarle directamente:

─Yo también estoy un poco celoso, si te digo la verdad.

Pero a mí me da igual porque para Creta soy como su hermano pequeño.

Je je… Nunca me hará caso. En cambio tú…

─Respiró hondo y puso mucho énfasis en lo que tenía que decirle─.

Tú has sido el dueño de su corazón durante años y no te has dado ni cuenta.

Perdiste a Atti por no hacerle caso, y ahora llevas días evitando a Creta.

─Es que… Me siento fatal cuando la veo. Yo lo he hecho tan mal con ella que... No sé qué decirle.

─Siéntete como quieras, pero va a terminar cansándose de ti.

¡Si ni siquiera la saludas por la mañana!

Coges y te vas siempre antes de que se despierte, y al anochecer apareces como si nada, respondes con un par de monosílabos y luego te vas a dormir el primero.

¡Ni que fueras un abuelo! ─Tenía razón. Y Lorick lo sabía.

Por eso, se resignó a escucharle─. Si ahora pierdes a Creta, siento decirte que no quedan más hermanas para ti.

Y las Mentastro no son la clase de chicas que uno puede encontrar fácilmente.

Ya me gustaría a mí tener cuatro o cinco años más...

─Ya lo sé, ¿vale? ¡Ya lo sé! ─le respondió Lorick. Se sentía frustrado, enfadado consigo mismo porque todo eso estaba sucediendo principalmente por su culpa. Nilo tenía solo quince años y había resumido en apenas dos frases uno de sus peores tormentos. Fue como una patada en todo su ego.

─¿Todavía ves a Attegina cuando miras a Creta?

Lorick dudó antes de responder. Después lo negó. Era la verdad.

─No... Pero he decepcionado tanto a Creta, le he hecho tanto daño, que no me siento digno de que me quiera. Ella debería despreciarme, aunque no lo hace… Y, por otro lado, temo que, si damos un paso más, eso pueda romper nuestra amistad, apartarla de mí. ¿Y si saliera mal?

─¿Y si saliera bien? ─respondió Nilo casi sin pensar─. Reacciona. ¡Venga! O lo lamentarás.

Una nueva hornada de comensales se acercó al puesto y Nilo se ocupó de atenderlos, dando a Lorick un espacio de silencio para pensar.

Y mientras el chico se afanaba en sus quehaceres, se llevó la mano al bolsillo.

Llevaba la perla del Príncipe encima. Acababa de tener una idea.

Y despidiéndose de Nilo discretamente, se marchó de allí con una dirección muy clara mientras dejaba tras de sí la biblioteca, donde Creta a esas horas estaría fingiendo que leía poesía.