El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 43
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CAPÍTULO 43

De Molok, el diablo de los mares que tan gran amenaza había significado desde tiempo inmemorial, ya solo quedaba una membrana seca y parda encima de la arena de la playa.

El sol se había encargado de secar sus restos y, en cuanto cayó la noche, se le prendió fuego hasta que quedó reducido a cenizas, dando lugar así a una noche de fiesta y desenfreno como jamás se recordaba en Teff.

El vino corría por las acequias y manaba de todas las fuentes.

Esa noche, ricos y pobres, jefes y esclavos, oriundos y forasteros, todos, estaban invitados a una copa, o a cientos de ellas, por cortesía del Patriarca.

Las calles abarrotadas se habían inundado de música, cantos y festejos.

Se compartía la comida y nadie iría a trabajar al día siguiente.

Los ciudadanos solo querían bailar y celebrar con euforia la victoria de Minos sobre Molok.

Unos a otros la relataban sin descanso, añadiendo detalles o quitándolos en función de cuán bueno fuera cada narrador.

Pero en lo que el pueblo entero coincidía, sin dudar, era en que Minos había salvado Teff.

La mayoría no había visto al general en persona jamás y solo una parte había sido testigo de su hazaña contra la bestia marina.

Era suficiente para que pasara a la historia como el gran héroe que, bendecido en el día de su nacimiento por algún ángel del viejo mundo, había luchado con una fuerza sobrehumana.

Incluso se contaba que le habían crecido cuernos y espolones para poder batirse contra el calamar gigante.

No solo tenía poderes sino que, además, era hijo del Patriarca, lo cual lo convertía en un heredero aclamado desde ya, mucho antes de ocupar el trono.

La noche avanzó y el vino bajó por decenas de gargantas, conduciendo al pueblo entero de Teff a una especie de borrachera colectiva.

Y en medio de semejante bacanal, una diosa de la belleza y de la guerra armada con dos colmillos de oro, un sable escondido bajo la falda y un cuerpo deliciosamente escultural, atravesaba la muchedumbre ondeando su cadera con sensualidad, en dirección a palacio, con un objetivo muy claro: saber más.

Los jardines de Nabor se habían convertido en un paraíso de desenfreno y ebriedad.

Allí no solo los aristócratas disfrutaban de una celebración sin precedentes, sino que incluso los centinelas habían comenzado a sucumbir al seductor espíritu del vino.

Por ese motivo, a Pantera no le resultó en absoluto complicado cruzar las puertas y adentrarse entre las hermosas celosías de jazmín.

Esperó al abrigo de la oscuridad, como un felino hambriento, estudiando a cada posible presa.

Pero no le servía cualquiera, pues, ¿qué sabría un pobre soldado de a pie?

No, no… No pasó mucho tiempo hasta que divisó al de mayor rango, un militar vestido acorde a su posición, con distintivos de oro y todo.

Incluso llevaba un casco especial, uno emplumado, solo que, a esas alturas de la fiesta, iba torcido sobre su cabeza.

Era una pieza perfecta, un animal atolondrado y confuso, aunque solo lo suficiente. Ni demasiado ebrio ni demasiado sobrio.

El militar, llevando en la mano una copa a medio terminar, habría jurado que dos o tres segundos antes no había nadie allí, pero de repente el Cosmos le enviaba a una deidad femenina con la piel oscura como el ébano y los ojos más negros que el sueño profundo.

Incapaz de hablar, no pudo sino sonreírle con cierta expresión libidinosa.

Pantera le correspondió mientras se recolocaba el cabello, dejando ver uno de sus hombros aterciopelados.

Sabía hacer buen uso de su belleza descomunal cuando era necesario.

─ ¿Qué eres? ¿Una diosa? ─le preguntó el militar. Pantera sonrió con elegancia.

─ Sí, lo soy ─respondió cargando sus palabras de sensualidad─. Y voy a concederte un deseo. ─El militar siguió sonriendo. Los ojos le brillaban─. Pero aquí no… Tú ya entiendes…

El juicio de aquel hombre quedó completamente nublado por la proposición de Pantera, que a esas alturas caminaba con ligereza hacia la arboleda más discreta y apartada de los jardines, donde nadie los descubriría. Entonces, corrió torpemente tras ella.

─ ¿Cómo te llamas? ─le preguntó Pantera─. ¿Eres Minos?

El militar se rio.

─ ¿Minos? Ya me gustaría a mí.

─ Pues a mí me lo había parecido.

Pantera sabía bien cómo hacer que ese infeliz se viniera arriba.

─ Minos es mi superior. Yo solo lucho bajo sus órdenes. Me llamo Hadi… Pero, para ti, soy quien desees… ─Hadi se arrojó sobre sus labios al tiempo que Pantera lo apartaba con una mano─. ¿Qué? ¿Qué pasa ahora?

─ Las armas. ¡Quítatelas! O me harás daño...

Hadi, resoplando con impaciencia, obedeció sin objetar nada, y en menos de un minuto se deshizo de su sable, de su daga, de su arco y de su carcaj. Entonces, completamente desarmado, regresó a los brazos de Pantera.

Dudaba que ninguno de sus compañeros estuviera en esos momentos besando a una diosa como la que se había topado con él. Pantera acariciaba su pecho con esas manos tan calientes y suaves que parecían ir a deshacerse. Después le masajeó los hombros y, por último, la espalda.

─ Estás muy tenso ─susurraba cerca de su oreja─, déjate cuidar.

Los voluptuosos pechos de Pantera, tan solo cubiertos por su fina túnica de seda dorada, descansaban sobre los omóplatos de Hadi mientras la adivina seguía cubriéndolo de caricias, regalándole algún mordisco travieso en el cuello.

Y él, ahora sí, se sintió más afortunado que todos sus compatriotas, más incluso que Minos…

hasta que sintió un frío metálico apoyado en su cuello.

─ Ahora, estate quieto o te mataré ─lo amenazó Pantera suavemente, sin levantar apenas la voz.

Hadi no sabía en qué momento ella lo había atado al tronco de un árbol con las manos tras la espalda.

Así que se limitó a obedecer, desconcertado, sin discernir qué era real y qué era efecto de la embriaguez.

─ ¿Qué vas a hacerme?

─ Si hablas, solo te haré dormir.

─ Pero, ¿qué diablos eres?

Pantera, presionando la hoja de su sable contra el cuello de Hadi, sonrió con crueldad mostrando orgullosa sus dos colmillos dorados. El soldado enseguida comprendió…

─ Amneris, la adivina…

Pantera enfundó el sable. Era consciente de que Hadi estaba entrenado para callar, incluso a riesgo de ser torturado.

Tal vez si hubiera ido un poco más borracho se lo hubiera contado todo.

¿O quizás solo le habría dicho cosas sin sentido?

Daba igual: ella ya había contado con eso y tenía otras herramientas.

─ ¿Qué haces, bruja?

La adivina se puso un dedo en el entrecejo, a la altura del tercer ojo.

Y con la otra mano, tocó esa misma parte del rostro de Hadi.

Así fue como se adentró en su consciencia: los soldados murmuraban en palacio.

Nabor apenas había salido de su cámara privada desde el combate contra Molok en el Templo del Laurel, y quienes lo habían visto, Hadi incluido, sabían que había perdido una pierna y que se había arrancado un ojo voluntariamente para someter al calamar…

Ahora comprendía, ¡esa trenza era la de Attaegina!

Y el Patriarca la había mantenido intacta sacrificando a cambio uno de sus ojos pues, al fin y al cabo, no dejaba de ser el ojo de un ángel, un suculento aperitivo para un diablo.

Supuso que Molok, en medio de su arrebato de ira, se había conformado con eso…

Hasta que volvió a tener hambre. Entonces, entró Minos en juego.

A través de Hadi vio al Heredero llegar por primera vez a palacio.

Venía desde Heimkel y llevaba la trenza envuelta cuidadosamente tras haberla utilizado para destruir al Clan del Salmón.

A simple vista era un joven pacífico, tranquilo y dócil, aunque acababa de cumplir veintidós años y ya era uno de los generales más importantes del Imperio de Alandum, pero no solo eso: también era hijo de Nabor.

Uno de sus muchos hijos bastardos, pero uno especial, diferente al resto.

Por último, Pantera escuchó a los soldados hablar durante sus entrenamientos en la palestra.

Minos apenas se relacionaba con nadie, pues era tan amado como temido: tenía una naturaleza extraña que lo convertía en un monstruo cuando pisaba el campo de batalla.

Hadi lo había visto transformarse en esa bestia, descuartizar a sus enemigos de un bandazo, arramblar con todo sin amago alguno de compasión.

¡Tanta era su fiereza! Los soldados humanos no eran capaces de llegar a eso, ¿matar a los ancianos?

¿Devorar a los niños? Hadi, en una ocasión, vomitó al ver a su jefe hacer aquello, y en ese mismo instante Pantera sintió una arcada golpeando su paladar y se contuvo a tiempo de no echar toda la cena sobre los bellos jardines privados.

─ ¿Qué me has hecho, mala pécora? ─preguntó Hadi desde el suelo, desorientado─. ¿Qué ha pasado?

─ ¿Qué sabes sobre el Ángel de la Codicia? ¡Contesta!

─ ¿Qué demonios estás diciendo, bruja? No sé de qué me habl…

─ ¡He dicho que contestes! ─bramó volviendo a colocarle la hoja del sable sobre el cuello─. Es Minos, ¿verdad? ¿Desde cuándo lo tenéis planeado?

Pero Hadi no daba para más y Pantera desistió: ni siquiera creía que a los militares les llegara esa información que, seguramente, habría sido confiada a Ibis y a sus más fieles discípulas en el mejor de los casos.

─ Tú estás borracha… Sí, eso debe de ser… Estás confundiendo una leyenda con la realidad…

Aparentemente, el pueblo no sospechaba que Minos pudiera ser nada de eso. Para la gente de Teff era un héroe con poderes divinos concedidos por el Cosmos. Si era hijo del Patriarca, ¿por qué iba a ser peligroso?, debían de pensar los habitantes de Alandum.

El paso siguiente era borrar sus huellas. Así que enfundó su sable y extrajo de su bolsillo una pequeña semilla, tan pequeña que le cabía debajo de la lengua. A continuación, se acercó a Hadi y se agachó frente a él para quedar a la altura de su rostro. Lo acarició.

─ Lo has hecho muy bien, cariño ─le dijo empleando de nuevo su tono más seductor.

Y Hadi, que no comprendía nada de lo que acababa de suceder, sencillamente se dejó besar.

No pasaron ni diez segundos cuando el soldado cabeceó y se quedó profundamente dormido.

Se había tragado la semilla─. Puede que sueñes conmigo esta noche.

En fin: te lo has ganado. Pero mañana no te acordarás absolutamente de nada y todos creerán que simplemente te emborrachaste y te perdiste por los jardines.

Luego lo desató, lo colocó en una postura creíble y se aseguró de dejar la copa muy cerca de sus manos para que nada más despertarse él mismo se convenciera de que todo, absolutamente todo lo vivido la noche de la fiesta, no había sido más que un delirio fruto de la borrachera.