El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 42
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CAPÍTULO 42

Minos se personó en la cámara de Nabor tan pronto como despertó.

Había pasado un día desde su afrenta contra Molok y su aspecto volvía a parecer humano.

Ya no quedaba un  solo rastro de sus cuernos y su tez había recuperado el color trigueño y saludable de cualquier joven de su etnia.

Al verlo llegar así de repuesto, con la ropa limpia y sin jirones, el Patriarca lo recibió con los brazos abiertos.

Minos, en cambio, se comportó con la misma inexpresividad que de costumbre, aunque en ningún caso faltó a los buenos modales: saludó cortésmente y se mostró agradecido mientras tomaba asiento en silencio.

─ Me siento orgulloso, hijo ─ comenzó Nabor mientras servía dos copas del mejor de sus vinos ─. Tus soldados dicen que mostraste un valor y una fortaleza dignos de admiración, que no vacilaste ni un segundo cuando la bestia apareció en el mar.

─Era un demonio muy rudimentario ─respondió el general aceptando la invitación─. En realidad, solo su tamaño era temible. Pero no me costó apenas encontrar su corazón.

─Entiendo. En el corazón de un demonio es donde reside su poder. ¿Qué hiciste? ¿Te lo comiste?

Minos bebió de su copa aunque no le apetecía. Incluso en eso se esforzaba por contentar a su padre. Después respondió:

─Lo destruí con mis propias manos. Pero no me lo comí. No quería comer nada después de…

Se quedó sin palabras y sus párpados se entornaron, deteniéndose en un recuerdo placentero. Sus labios empezaron a salivar.

─Después de haber probado esa trenza, ¿verdad? ─se anticipó el Patriarca─. Puedes contármelo todo, soy tu padre. ¿A que es eso?

Minos asintió. Su mirada seguía perdida mientras preguntaba:

─¿Cómo dijiste que se llamaba la joven?

─Attaegina Mentastro. Es una chica peculiar. Y tozuda, ¡la que más!

─Pero sabe a gloria bendita… Ahora comprendo por qué Molok estaba tan furioso. Él la probó, la tuvo dentro de su boca… Y se le escapó.

El general se quedó abstraído mientras se deleitaba en su imaginación, rememorando en bucle el sabor de esa trenza. La saliva le caía por encima de la barbilla, y su expresión, por un instante, se transformó en la de un auténtico diablo. A Nabor le pareció divertido.

─Esa trenza ha multiplicado hoy tu fuerza hasta límites insospechados. Imagínate de qué serías capaz si devoras a la chica.

─No hay nada que desee más en este instante, padre ─confesó. Sus colmillos comenzaron a afilarse y sus encías a retraerse─. Quiero volver a probar ese manjar. Quiero… ¡Oh, padre! ¡Quiero su corazón!

Su frialdad de carácter desaparecía por momentos dando paso a una perversidad latente.

─La tendrás, Minos. La tendrás. Pero todo a su tiempo. Ahora, has de esperar hasta el día de tu conversión.

─¿Y luego? ─respondió con impaciencia─. ¿Luego me dejarás ir a buscarla?

Nabor sonrió. Era, si cabe, más vil aún que el diablo de su hijo.

─No será necesario. A fe mía que ella vendrá por su propio pie. Ya verás: ese día, la tendrás para ti solo.

─Gracias, padre, gracias.

Minos se consoló con la promesa del Patriarca, que comenzó a hablarle de temas más triviales, como la reacción de la gente en su presencia o lo que se contaba sobre él por todo Teff.

─Los niños quieren ser como tú. Las mujeres quieren yacer entre tus brazos. Todo el pueblo te adora, hijo mío. Eres el mejor heredero que se puede tener.

Pero a Minos no parecía interesarle ninguna de aquellas glorias.

No respondía, como cualquier joven humano, a las promesas de fama o de éxito, ni siquiera a la seducción femenina o a los placeres de la carne.

El sabor de Attaegina ocupaba todos sus pensamientos y lo único que deseaba era que llegara el día en que pudiera devorarla.

Era, a pesar de su apariencia, una alimaña en toda regla.

─Puedes retirarte, hijo ─le concedió el Patriarca, satisfecho─. Esta noche se celebrarán tus proezas en Teff. Pide cuanto desees y será llevado a tus aposentos.

─Gracias, padre.

En ese momento, alguien llamó a la puerta.

Se anunció la llegada de Libia y Nabor dio permiso para que entrara.

Cuando la joven sacerdotisa se cruzó con Minos, se puso rígida.

Lo había visto llegar después del combate, bajo la forma del diablo que era en realidad, y le había dado miedo pensar que esa criatura vivía bajo el mismo techo que ella.

─Libia, querida, no seas tímida ─la saludó el Patriarca en tono magnánimo─. ¿A qué debo el honor?

Justo en ese instante, Minos abandonaba la cámara. Libia se relajó.

─¿Qué pasa? ─le preguntó Nabor─. ¿No te gusta mi heredero?

Libia se sonrojó. Era una pregunta bochornosa, pero supo salir airosa:

─Solo soy una sacerdotisa, mi señor. No sería propio de mi condición emitir semejante juicio sobre su hijo.

─Ya, ya, entiendo… Pero también eres una mujer, ¿no? Además, Minos tiene más o menos tu edad.

Libia hizo como que le reía la broma, pero en realidad no le gustaba quedarse a solas con el Patriarca porque la intimidaba. Por desgracia, Ibis no había podido acompañarla. Precisamente por eso estaba allí.

─Cuéntame, Libia, querida, ¿qué sabemos de tu mentora? ¿Ha progresado en la labor que le encomendé?

─Es por ese motivo por el que vengo, mi señor… Verá: la suma sacerdotisa se encuentra indispuesta después del último trance. Creo que usted debería venir a ver cómo está.

Nabor no dijo absolutamente nada, ni siquiera gesticuló, pero Libia creyó intuir que se sentía decepcionado. Con un deje impaciente, el Patriarca apuró el vino y dejó la copa sobre una mesa. Entonces, se levantó.

─Por supuesto. Dile que ahora mismo acudiré.