El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 40
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CAPÍTULO 40

Cualquier ciudadano de Teff habría jurado que era un día normal.

El sol calentaba los tejados como siempre, el jaleo habitual de la gente saturaba las calles más concurridas y hasta se prometía una próspera jornada de mercado.

De no ser, claro, por el maremoto que sorprendió a la ciudad a media mañana.

Nadie sabía qué estaba sucediendo exactamente, aunque el miedo a Molok, esa criatura del infierno que casi había matado al Patriarca cuando intentaba proteger el Templo del Laurel, era una herida muy fresca en la población, una amenaza constante que nadie sabía en qué momento podría dar la cara.

Los pescadores de Teff lo habían visto asomar últimamente por el horizonte, y en cierta ocasión ya había destruido una flota pesquera sin dejar un solo superviviente.

Aquella mañana, confirmando los peores temores del pueblo, el monstruo había regresado con ganas de vengarse, ensañándose, en primer lugar, con uno de los pesqueros del puerto, arrastrando el navío hasta el fondo del mar y engullendo a toda su tripulación.

Bastó un par de minutos para que Teff se convirtiera en un auténtico caos.

La muchedumbre corría en una y otra dirección agolpándose contra las murallas para escapar mientras el sonido atronador de las olas gigantes solapaba al de los gritos de horror.

La tierra temblaba bajo los pies de los centinelas, que intentaban inútilmente mitigar el pánico de la gente a la espera de órdenes de sus superiores para ir a abordar a la criatura.

─ ¿A dónde vas, loca? ─ reprendió uno de los guardias a una mujer que, toda azorada, corría hacia el interior de la ciudad ─ . ¿Es que no ves que estamos evacuando a la gente?

─ ¡Mi hijo está en casa! ─ suplicó ─ . ¡No puedo dejarlo allí!

El centinela la miró con desaprobación, pero no le prohibió el paso.

¡Bastante trabajo tenía ya! Seguramente, ese día iba a convertirse en el peor de su vida al servicio del régimen, eso si lograba vivir para contarlo.

Para colmo, dos ancianos acompañaban a aquella infeliz, ¿serían los abuelos del niño?

¿Qué más daba ya? Morirían los tres, estaba seguro, a menos que Nabor y su ejército consiguieran controlar a la criatura.

Sin embargo, el Cosmos nunca es azaroso.

Eso decía siempre Elkerael. Y aunque Yarbha, Pantera y él mismo ignoraban qué era todo ese desorden y por qué estaba sucediendo, resultó ser la oportunidad dorada para poder entrar en Teff sin levantar sospechas ni ser examinados por los centinelas de la muralla.

─ ¡Tenemos que llegar hasta los acantilados! ─dijo Pantera a los dos nawales ─. ¡Por aquí!

Elkerael y Yarbha hicieron lo que les indicó y, acto seguido, atravesando un aluvión de gente desesperada, los tres lograron acercarse a la costa.

Pero cuál no fue su sorpresa cuando se toparon de bruces con la mitad del ejército de Nabor y con una multitud de ciudadanos curiosos que miraban al mar con los ojos desorbitados.

Los soldados se empleaban a fondo en su labor defensiva pero, incluso así, Pantera se cuidó bien de cubrirse el rostro para no ser reconocida, pues no había nadie en Teff que no hubiera escuchado hablar de la adivina de los acantilados y sus dos colmillos de oro.

De repente, el calamar gigante surgió de entre las aguas agitando las mareas a su alrededor, como en un acto de provocación.

Entonces, de entre los soldados surgió una figura reconocida, un guerrero afamado por su fiereza a la vez que por su fidelidad al Patriarca.

Y Pantera lo reconoció: era Minos y llevaba en las manos el mismo objeto que vio Atti en Heimkel, un pedazo de cuerda o algo similar…

Los nawales lo reconocieron de inmediato y se miraron, inquietos.

Entonces, Elkerael susurró al oído de Pantera:

─Una trenza humana.

Antes de que Pantera pudiera preguntarse cómo había llegado eso a las manos de Minos, el general se colocó en lo más alto de un acantilado y, mirando fijamente a Molok, sacudió la trenza con movimientos circulares.

Su movimiento parecía irritar aún más a la bestia, que agitó sus tentáculos mientras se acercaba a tierra amenazantemente.

Si nadie la detenía, treparía hasta la costa y causaría otra masacre entre los cientos de soldados y curiosos que se habían congregado a presenciar ese combate.

Pero Minos parecía muy seguro de sí mismo.

Pantera comprendía ahora que el gesto del general era un auténtico desafío, pues Molok respondía a él con furia, emitiendo unos rugidos que estremecían a toda la costa y que hacían temblar los acantilados, pareciendo que fueran a desplomarse sobre el mar de un momento a otro.

¿A quién había pertenecido aquella trenza?

¿Y si era la de Attaegina? « Pero, eso no puede ser...

» , se dijo. En cualquier caso, se trataba de un bocado apetitoso para ese diablo, o quizás su recompensa no entregada.

Y es que un diablo jamás se olvidaba de su parte del trato, especialmente cuando no se cumplía.

La adivina sintió un escalofrío solo de recordar lo cerca que estuvo de él en el Templo del Laurel. Con una sensación nauseabunda en el estómago, también recordó a Nimeria sucumbir en la boca hedionda de esa bestia. A Minos, en cambio, no le provocaba ningún miedo.

El general no era el soldado más robusto del Patriarca, ni siquiera poseía un aspecto especialmente belicoso, al contrario: emanaba una tranquilidad admirable, incluso en presencia del monstruo más temido de Teff.

Aunque había algo en él, algo que no se podía explicar pero que era capaz de atemorizar a ejércitos enteros a juzgar por las habladurías de los ciudadanos, quienes al verlo allí se consolaron de inmediato.

Los había sonrientes, incluso los había que aclamaban a Minos dedicándole ovaciones a medida que se acercaba cada vez más al final del acantilado.

Pantera y los nawales no tardaron en percatarse de que ese hombre se había convertido en un héroe, en el hijo predilecto de Nabor y de todo un imperio.

Y en ese momento estaba a punto de llevar a cabo la más heroica de sus gestas.

Minos no desenfundó su sable ni apuntó al monstruo con su arco.

Ni siquiera sacó una sola flecha del carcaj.

De hecho, depositó todas sus armas en el suelo.

Tan solo sujetaba la trenza, eso sí, con fijación.

Y sin dejar de mirar a Molok, ajeno a las voces, al ruido y a todas las miradas que se cernían únicamente sobre él, empezó a engullirla.

De repente, su boca se abrió más que la de cualquier hombre, como la de una serpiente a punto de comerse a una presa.

Pantera sintió asco al ver sus mandíbulas blandas, cartilaginosas, tragando la trenza todo lo larga que era sin siquiera masticarla.

Y en cuestión de minutos, el general se transformó en algo que no era humano: su cuerpo aumentó un tercio de su tamaño, el color de su piel se oscureció adoptando un extraño color morado, y de sus extremidades y su columna brotaron espolones de hueso, negros como el ónice.

Pero lo más sobrecogedor era su rostro, que había pasado de la calma a la perversidad mientras dos astas negras crecían de su cráneo.

Todo a su alrededor quedó silenciado de repente, como si ese ser hubiera robado al mundo los sonidos, el calor, la vida… Y a continuación, se arrojó al agua.

Había mucha altura desde aquel acantilado y las olas rompían violentamente contra las rocas, pero la fuerza de Minos ahora resultaba ser descomunal, tanto que nadaba a contracorriente como una golondrina flota en el aire.

Al verlo caer, Molok rugió nuevamente y salió a su encuentro.

Y cuando al fin coincidieron en el mar, el choque de las dos bestias produjo una ola gigantesca.

Las aguas se levantaron hasta el lugar en donde soldados y ciudadanos contemplaban la escena, empujando peligrosamente a los que se habían acercado más a la orilla y ocasionando miedo y revuelo.

La gente se amontonaba para no ser arrastrada y los soldados se sujetaban a las rocas para no precipitarse al mar.

Entretanto, Pantera y los nawales se refugiaron debajo de un saliente, aferrándose con fuerza entre ellos.

Apenas unos segundos después, cuando la ola remitió y el lugar volvía a ser seguro, todos se asomaron para seguir la evolución del combate.

No había rastro de Minos. En cuanto a Molok, ya no se movía.

Nada en absoluto. Todos sus tentáculos flotaban inertes y sin vigor mecidos por la marea, al igual que su deforme cuerpo de monstruo.

La incertidumbre acalló toda voz. Nadie se atrevía a abrir la boca.

Nadie quería especular sobre lo que había podido suceder.

Sin embargo, un sentimiento común a todos los presentes gobernaba la escena: el miedo a que Minos no sobreviviera.

Todos los presentes se fueron contagiando de una devoción profunda, y por eso se fueron colocando uno por uno en posición de rezo, pidiendo protección para el general y rogando al Cosmos que salvara su vida.

Repetían las mismas oraciones una y otra vez, generando una atmósfera sagrada, mientras Pantera y los nawales , intercambiando una mirada cómplice, l os imitaban para evitar ser descubiertos.

Hasta que alguien rompió el clima ritual para exclamar:

─ ¡Alabado sea el Cosmos! ¡Está vivo!

La silueta de Minos, que incluso bajo esa forma monstruosa era veinte veces más pequeña que el cuerpo de Molok, levantaba los brazos en señal de victoria.

─ ¡Pueblo de Teff! ─clamó un soldado─. ¡Molok está muerto!

Un grito de júbilo colectivo coronó el acantilado entre aplausos, vítores y lágrimas de emoción.

Algunos coreaban el nombre de Minos añadiéndole epítetos tales como «Minos Heredero» o «Minos Patriarca».

Entonces, uno de los soldados sopló un inmenso cuerno: era la señal para las flotas militares que esperaban en el puerto listas para capturar a Molok, aunque estuviera muerto, y arrastrarlo hasta la playa, donde todos los ciudadanos podrían ver su cadáver.

Subido al cuerpo flotante de la criatura, Minos ya no se parecía en nada al discreto general que había acudido esa mañana a resolver el entuerto.

Por el contrario, se mostraba altivo, fiero, su sonrisa era pérfida, sus ojos, opacos y carentes de alma.

Y su rugido, atronador, retumbó por toda la costa y por toda la ciudad estremeciendo a todos cuantos lo escucharon y, por qué no, grabando a fuego en la memoria colectiva que él y solo él había vencido al demonio más temido de todos los tiempos.

¿Quién mejor que Minos para heredar el Patriarcado?