CAPÍTULO 39
Durante tres días, Attaegina y Halcón se emplearon al máximo en el cuidado y cura de los necesitados del poblado sapti , que tenía unos trescientos habitantes.
Atti dormía en la casa de Kafaum. Cuidaba de las ancianas y de las niñas más pequeñas.
No entendía apenas nada de lo que le decían, pero estar con esas niñas fue como revivir los dulces años en Caliza con sus hermanos.
─Un nawal siempre está al servicio del necesitado ─le decía Halcón─. Las tareas más humildes dignifican nuestro espíritu: curar, dar consuelo, entrar en la casa del enfermo… A cambio, el Cosmos nos protege de cualquier enfermedad, incluso en tiempos de epidemias.
Attaegina lavó heridas purulentas, vendó huesos rotos y aplicó bálsamo de mirra a unos y otros. En cuanto a Halcón, le fueron presentados varios enfermos graves.
─Mi hijo nunca pudo caminar ─le explicó una mujer sapti mostrándoles a un adolescente tullido, sentado en el suelo de la casa.
Halcón había pedido a Attegina que lo acompañara. Quería que ella viese cómo lo hacía. El nawal , pronunciando un decreto en voz baja, hizo un gesto sencillo con la mano, como si definiera una línea vertical que bajaba del cielo a la tierra. Después, en la lengua del desierto, dijo:
─Camina.
El chico estaba desconcertado. También su madre y todos los presentes. Halcón insistió:
─Levántate y camina.
Entonces, y para asombro de su madre, el chico obedeció. Su sonrisa brillaba como una joya sobre su tez. La madre lloraba. El chico caminó hasta Halcón y se abrazó a él como si lo conociera de siempre.
─¿Cómo lo haces? ─le preguntó Atti cuando se quedaron a solas.
─Fe.
─¿Y nada más?
Halcón negó con la cabeza. Su discípula, sin embargo, necesitaba más explicaciones:
─Lo haces. Ya está. Cualquier pensamiento o reflexión puede representar un obstáculo. Puedes empezar a divagar en razonamientos hasta convencerte de que no es posible o buscar una explicación enrevesada. Eso no te ayudará, solo impedirá la sanación o la retrasará.
─Entiendo. ─Attaegina miró a su alrededor.
Halcón y ella se habían ido a descansar cerca de un abrevadero.
Solo había un dromedario saciando su sed.
Los saptis sabían que en los horarios de instrucción no podían molestarles a menos que hubiese una urgencia.
Entonces, Atti observó los rácimos de dátiles colgando de arriba de las palmeras─.
¿Qué significa el gesto que haces con la mano, cuando curas?
─Cielo y Tierra. Me conecto a Cielo y Tierra. Así.
Halcón volvió a hacerlo. En ese instante, Attaegina percibió un cambio en el aire, como si sus percepciones se hubieran vuelto más sutiles o se hubieran aguzado sus sentidos.
─Hazlo tú también.
Attaegina imitó a Halcón. Acto seguido, tuvo la sensación de que estaba conectada a la tierra y al cielo por hilos invisibles.
─Así es como los nawales conseguimos el prana .
─¿Qué es prana ?
─ Prana : la fuerza del Cosmos. Esta ahí para nosotros, para que la usemos al servicio de los demás y del propio Cosmos. Por eso el chico tullido ahora camina. Solo recibió el prana que le faltaba. Yo hice de canal, no más.
─Pero tú lo curaste.
─No, Atti. Él mismo se curó. Con fe. Recuerda lo que voy a decirte ahora: un nawal no cura, únicamente facilita, muestra el camino.
Pero la curación la asume el enfermo. Algunos nawales a lo largo de la historia se corrompieron al creer que tenían el poder de curar a los demás.
Esos suelen convertirse en brujos a sueldo y, como pierden la conexión con el Cosmos, acaban haciendo pactos con seres oscuros, de otros mundos, que les proporcionan poderes mágicos. Como Nabor.
Attaegina nunca podría olvidar la sonrisa dorada y siniestra del Patriarca. ¿Cómo un miembro de la familia angélica había terminado con el alma así de podrida?
El día que Halcón y Atti decidieron marcharse, los saptis les regalaron sacos de sémola, tomate seco, dátil y harina de mijo, además de un dromedario que añadieron a su caravana y forraje para este y los otros.
Llenaron de agua las grebas y Nasha, amablemente, enseñó a Attaegina el modo correcto de cerrarlas.
Así que poco antes de mediodía abandonaron el poblado, pero no sin antes despedirse de sus anfitriones, especialmente de Kafaum y su familia.
Fara, una de sus nietas, se había encariñado especialmente con Atti, que le había enseñado a hacer trenzas, trenzas preciosas, en su cabello y en el de sus hermanas.
Cuando Fara abrazó a Attaegina por última vez, refugió la cabeza en su pecho y se aferró a ella con todas sus fuerzas, al igual que habrían hecho Galatis o Ceres.
A Attaegina se le puso un nudo en la garganta, pero se mantuvo serena.
Algún día, sin duda, volvería a verlas. A todas.
La comunidad sapti al completo levantaba el brazo para desearles bendiciones antes de verlos desaparecer tras un recodo. Nadie entre aquellos nómadas olvidaría jamás la visita de Halcón. Aún menos la de Attaegina: la chica ángel, la de los ojos de otro mundo.