El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 38
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CAPÍTULO 38

En los días que siguieron, Attaegina y Halcón se desplazaron con el resto de nómadas a lo largo del desierto, atravesando en silencio y en ayuno caminos interminables entre las dunas. Viajaban casi en primera línea, solo por detrás de Kafaum, que iba el primero y lo hacía pie.

─ Es impresionante la fortaleza de ese hombre ─ susurró Atti cuando el sol empezaba a declinar ─ . Ni siquiera va calzado. Ha caminado durante horas y apenas muestra signos de fatiga. Sin beber, sin comer… No solo el pan alimenta a los humanos.

Halcón se limitó a escucharla. Nada respondería esta vez. Un nawal aprendía a menudo mediante la atención profunda, y Attaegina había recibido un día entero de lecciones. Prosiguió:

─ Todos lo siguen sin un atisbo de duda.

Es obvio que conoce el camino como la palma de su mano.

Supongo que su antecesor se lo enseñaría, y a su antecesor, otro…

Y así hasta llegar al pionero, al primero que se atrevió a cruzar estos parajes sin garantías de nada.

─ Se quedó pensativa, tratando de responderse a sí misma.

Y en ese momento, una idea brilló en su mente, como si siempre hubiese permanecido allí a la espera de ser descubierta.

Los nawales llamaban a esas ideas verdades ─ .

Es el Cosmos: a través de la arena, del viento, del sol, a través del desierto entero.

El Cosmos habló a los nómadas desde tiempo inmemorial, les contó cómo recorrer este camino.

Kafaum puede escucharlo, aunque ni siquiera sea consciente de ello.

─ Al igual que Kafaum, ¿cómo crees que tus ancestros de Bérika aprendieron el uso de las plantas medicinales, cómo aprendieron a distinguirlas de las alimenticias?

─ Eso es… Escucharon la voz del Cosmos en los acebuches, en los alcornoques, en el mismo curso del río.

─ Se te acaba de revelar una verdad , Attaegina. Ya sabes: cuando el discípulo está preparado, llega el aprendizaje.

En el atardecer de la tercera jornada llegaron por fin al poblado sapti , una pequeña aldea de casas de adobe rodeadas por exuberantes palmeras.

Ese día, además, el poblado se había convertido en una auténtica fiesta.

Las mujeres celebraban el regreso de sus maridos, padres y hermanos clamando con su particular grito de júbilo, bamboleando la lengua para emitir un intenso ululato que Atti no había escuchado jamás en la vida.

Había comida y bebida para todos, pero al nawal y a su discípula se les recibió con especial dedicación.

La esposa de Kafaum les sirvió té con hierbabuena y pastelillos fritos de sésamo, hinojo y miel.

Entonces, Attaegina dudó si debía comer.

─Hoy es fiesta ─ le dijo Halcón en tono distendido ─ . Las fiestas y ceremonias también forman parte de la vida, como los ritos de paso. Y los nawales servimos a la vida. Si te parece bien, comeremos un poco para participar en la celebración. Después, volveremos al ayuno.

La esposa de Kafaum se llamaba Nasha. Vestía de azul oscuro y llevaba una melena larga y cana, aunque los signos de la edad no habían logrado robarle la belleza a su tersa piel de ébano. Cuando se arrodilló a servir el té a Attaegina, clavó en ella sus relucientes pupilas negras y le sonrió.

─ Gracias ─ respondió Atti. Halcón también lo hizo pero en el dialecto que hablaban los saptis . Después, Kafaum se acercó a decirle algo.

─ Dice que esta noche habrá cantos y baile ─ tradujo Halcón ─ . Les complacería que vayamos a verlo. Mañana nos ocuparemos de los enfermos.

Cuando una gran hoguera fue prendida en el centro del poblado, los timbales y panderos empezaron a sonar haciendo que la tierra retumbara.

Mientras tanto, los hombres bailaban y las mujeres, formando un círculo alrededor, cantaban a coro.

Olía a cordero asado y los niños comían dulces.

Y era tanta la felicidad compartida y tan grande el entusiasmo que Attaegina se sintió afortunada por estar allí.

Sentado junto a ella, Halcón era el otro testigo silencioso del evento.

Quizás fue por el sentimiento colectivo de alegría o puede que por el aire festivo, el caso es que, por un instante y después de muchos días, se permitió a sí mismo mirar a Attaegina como siempre lo había hecho, es decir, no como un mentor.

El fuego se reflejaba en el rostro de la joven sembrando destellos en sus misteriosos ojos de ángel, definiendo la sobriedad de su perfil y realzando el tono trigueño de su tez, ese que tan exótico resultaba a las gentes del desierto.

Sabía que pasarían semanas sin poder tocarse ni un centímetro de piel ni acortar la distancia entre sus cuerpos a menos de tres palmos, semanas sin poder decirle que cada uno de sus latidos le pertenecían o lo hermosa que estaba al despertar cada mañana.

Pero, ¿qué eran semanas frente a una vida entera?

Aún quedaba la parte más dura del adiestramiento, sin embargo, se sentía tranquilo porque Atti realmente albergaba un alma de nawal .

Cuando ella percibió que la estaba mirando, Halcón disimuló y fingió que observaba los bailes.