CAPÍTULO 37
─No te preocupes más por el agua, Attaegina. El Cosmos proveerá. Acepta y confía.
Atardecía durante la segunda jornada de camino a través del desierto.
Halcón y Attaegina formaban una pequeña caravana de seis dromedarios.
Dos les servían como montura. El resto, para transportar forraje, alimentos y las pieles de cabra con que levantaban las tiendas al caer la noche.
Y también para transportar el agua, claro.
El agua era la delgada línea que separaba la vida de la muerte en el vasto Desierto de Sari, pero Attaegina no había sellado bien las grebas, así que casi la mitad de la que habían recogido en un pozo de la frontera se había ido derramando por el camino.
Ahora contaban con menos de la necesaria y no podrían recoger más a menos que encontraran algún palmeral en medio del camino.
─Cuando te preocupas por lo que sucede fuera, dejas de habitar tu espacio sagrado, Attaegina.
Aceptar no es resignarse, sino confiar en la vida.
Será la lección que aprendas hoy. Recuerda que nada es por azar, por eso cerraste mal las grebas.
Por eso se derramó el agua. ¿Serás capaz de confiar en el Cosmos?
─Halcón, es que yo no sabía que las grebas…
─Responde a mi pregunta.
Attaegina se quedó callada. Ahora que Halcón era su mentor y su maestro, su energía y su porte habían mudado en una solemnidad y una sabiduría que nunca antes había visto tan pronunciadas en él.
Y había descubierto que eso le atraía todavía más.
Sin embargo, desde que se despidieron de los nawales viejos y de Pantera, convivían en un estricto régimen de silencio, ayuno y abstinencia.
Comían y bebían lo justo cuando llegaba el amanecer.
Después se ponían en camino y no volvían a probar bocado hasta que el sol se ocultaba.
Realizaban los trayectos generalmente callados y ni siquiera se habían rozado una mano o habían intercambiado una mirada sugerente.
Ni que decir tiene que dormía cada uno en su propia tienda.
─Aún no me has respondido ─insistió Halcón.
─Vale: entiendo que la confianza es el acto de fe, eso a lo que llamáis la Fuerza Espiritual. Y que esa fuerza es la que manifiesta nuestras voluntades cuando son honestas y libres de intereses personales o, mejor dicho, cuando no sirven para satisfacer al ego.
Halcón, sin dejar de mirar al frente, asintió en silencio. Luego, añadió:
─Solo con que tuviésemos la fe del tamaño de un grano de anís, podríamos mover montañas.
Y no dijo más. Era la enseñanza de ese día y Attaegina pasaría el resto del camino hasta que se detuvieran al anochecer reflexionando sobre ella.
El sonido mudo del desierto ocupaba tanto espacio como dunas se extendían hacia un horizonte interminable.
Era uno de los lugares más majestuosos que habían conocido sus ojos.
Ojos que se había protegido con el tradicional tizne negro de los nómadas, al igual que Halcón.
Ambos iban vestidos de azul índigo y blanco, con la cabeza cubierta con turbante.
Cuando el viento se levantaba, se tapaban el rostro para que los granos de arena y el aire seco no se les metieran por la nariz.
Attaegina manejaba el hambre y la sed relativamente bien.
Después de todo, en el Templo del Laurel ya había aprendido a ayunar.
Además, el calor le quitaba las ganas de comer.
Cuando el sol empezó a descender, Halcón detuvo a los dromedarios.
Pero en ese momento, el olor a fuego y la visión de una hoguera a lo lejos lo sorprendió gratamente: había un campamento más adelante. Miró a Attaegina y sonrió.
─El Cosmos te ha escuchado. Hay nómadas un poco más allá. Vamos.
Cuando Atti y Halcón llegaron hasta ellos, los nómadas estaban montando el campamento. Mientras algunos descargaban a los más de cincuenta dromedarios, otros levantaban las tiendas. Unos pocos avivaban el fuego y dos o tres cocinaban.
─¿Por qué solo hay hombres? ─preguntó Attaegina─. ¿Dónde está el resto de la tribu?
─Es una caravana mercante. Y por lo que veo, regresan a casa. Puede que lleven más de un mes de viaje. Creo que son saptis .
Cuando los nómadas los vieron acercarse, el que parecía el líder del grupo dijo algo a los demás en una lengua que Atti no comprendió. Entonces, Halcón detuvo a los animales.
─Debemos esperar aquí hasta que él venga. De no hacerlo, como poco nos considerará descorteses y, en el peor de los casos, lo tomarán como un agravio.
El líder se aproximaba con paso firme. Llevaba una espada enfundada en el cinturón, como el resto de sus compañeros, y no dudaría en utilizarla si se topaba con bandidos o enemigos. Pero aún no sabía qué eran esos dos.
─Descúbrete bien el rostro, Attaegina. Ayudará que se dé cuenta de que eres una mujer.
Aquel hombre no era más alto ni robusto que el resto de habitantes del Sari, sino más bien esbelto y de estatura media, al igual que Halcón.
Sin embargo, solo su porte era capaz de intimidar a quien osara desafiarlo.
Era obvio que se trataba de un líder experimentado, probablemente mayor que el resto de hombres con los que viajaba.
Su mirada era fija, profunda, y su semblante, el de un guerrero.
Pero al ver a Atti algo en él se relajó.
Saludó haciendo un gesto con los brazos y empezó a hablar en ese dialecto desconocido.
Entonces Halcón le devolvió el saludo y se apeó del dromedario.
─ Espera aquí ─ le pidió a Attaegina. Acto seguido, y para sorpresa de la joven, respondió al nómada en su mismo idioma.
Lo único que ella comprendió fue la palabra nawal .
¿Acaso significaba lo mismo en todas partes?
El nómada era de tez muy oscura, como la cáscara de las castañas, y una barba negra y espesa salpicada de canas recubría su barbilla con elegancia.
Pero para Atti no existía nadie tan elegante como Halcón, quien supo en todo momento responder a su anfitrión con los modales perfectos, y lo cierto es que esos días en que apenas cruzaban miradas o palabras solo estaban consiguiendo aumentar la pasión que sentía por él.
Ansiaba besar su piel del color del azúcar de caña, olerla, acariciarla...
No se dio cuenta de que se había quedado embelesada observándolo hasta que Halcón se giró a mirarla.
Aquel sonrió y, luego, continuó hablando con el nómada, pero lejos del aire formal con que habían empezado la conversación, cualquiera diría que acababan de compartir un chiste, porque el hombre liberó una carcajada.
Atti se preguntaba qué habían dicho. ¿Era algo sobre ella? Sí, seguro. Conocía a la perfección esa mirada astuta y pícara, de rapaz, que se le ponía a Halcón cuando ingeniaba alguna travesura. ¿Podían los nawales hacer travesuras? ¿Reírse? ¿Y enamorarse?
─ Ya puedes bajar ─ le informó Halcón ─ . Nos invitan a cenar.
─ ¿En serio?
Attaegina se apeó de su montura y Halcón agarró el ronzal que encabezaba la pequeña caravana para conducir a todos sus dromedarios hasta el campamento.
─ La hospitalidad de los nómadas no tiene comparación. Pasarían sed y hambre por dar de cenar a un huésped. En mi tribu, de hecho, se castiga con la muerte al que no dé de beber a un sediento
─ Vaya… Casi igual que los ancianos de Caliza… ─ añadió ella con ironía. Halcón recordó su primer viaje a Bérika y las estrictas condiciones de los ancianos.
─ Y que lo digas. Qué lejos quedan esos días en que fui expulsado de tu aldea por ser nawal , ¿eh? Pero aquí no tenemos que preocuparnos por eso: en el desierto, a los nawales nos tienen en alta estima.
Continuaron caminando hasta que se encontraron cara a cara con el resto de nómadas. Entonces, el líder hizo las presentaciones.
─Confirma lo que yo creía: son saptis ─ traducía Halcón mientras interactuaba con aquel. Después, le dijo su nombre y el de Attaegina. El líder también se presentó ─. Él se llama Kafaum. Y quiere que te sientes a descansar mientras los hombres cocinan.
─¿Cómo?
─Si te niegas, le ofenderás.
─Pero, ¿y los dromedarios? ¿Y las tiendas? No se levantarán solas.
─Tranquila, yo me ocupo.
Attaegina hizo lo que Halcón le indicó y, cuando terminó de ponerse el sol y todos estuvieron listos para comenzar a cenar, a ella se le sirvió en primer lugar. Una humilde calabaza seca hacía de cuenco, y en su interior había una comida que Atti jamás había probado.
─Son gachas de mijo, dátil y queso de cabra ─le explicó Halcón─. En el desierto lo comemos habitualmente.
Era un sabor muy distinto de todo cuanto había comido en Caliza. Dio las gracias a Kafaum y al resto y continuó cenando en silencio mientras los hombres comían juntos, tomando todos con cucharas de madera de la misma cazuela. Incluso Halcón. A Attaegina le pareció un acto hermoso de fraternidad.
Mientras tanto, el joven nawal continuaba hablando con Kafaum y los demás intervenían de vez en cuando.
Atti, en cambio, se dedicaba a mirar las estrellas.
Conocía el mapa celeste de Bérika, pero en esos otros cielos la inclinación de los astros variaba.
En cualquier caso, las estrellas habían hecho de guías para todos aquellos nómadas y sus antepasados desde que el mundo tenía memoria.
¿Sabría ella leerlas en medio del desierto?
Cuando llegó la hora de descansar, Halcón la condujo hasta su tienda, que era de las más cercanas a las brasas donde se había cocinado.
Las noches de otoño en el desierto eran frías, por eso los nómadas colocaban las balas de forraje de los dromedarios formando un muro que protegiera del viento a las tiendas.
─Los saptis me han pedido que los acompañemos lo que les queda de trayecto ─le dijo Halcón─. Quieren llevarnos a su poblado.
─Pero, entonces, nos desviaremos mucho del camino, ¿no crees?
─Para un nawal no hay camino. El nawal hace el camino. Y esos hombres necesitan que curemos a algunos de sus familiares. Puede tratarse de otra lección magistral para ti.
─Entiendo… El Cosmos y sus designios son inescrutables.
─Eso es. Además, le he contado a Kafaum lo que nos sucedió con las grebas. Dice que no temamos en absoluto por el agua, que hay suficiente para todos.
Atti sonrió.
─El Cosmos. Siempre provee, solo es cuestión de fe, ¿crees que he aprendido la lección?
─dijo. Halcón asintió. «¿Le habrá contado al líder que cerré mal las grebas?
», pensó después Attaegina, algo avergonzada, «¿por eso se rieron?
». Le habría gustado saber qué chiste intercambiaron en ese idioma del desierto que ella desconocía.
Y le habría encantado decirle a Halcón que era un bandido, una rapaz, un cabeza de alcornoque por contarle eso a Kafaum.
Pero, a efectos prácticos, ahora era su maestro.
Desde que había empezado el adiestramiento, interactuaban lo justo, solo para las enseñanzas y en caso de extrema necesidad.
Y si le decía todo eso, él simplemente sonreiría, burlón, y ella…
¡Ella aún lo adoraría más! «Silencio, ayuno y abstinencia», se dijo con firmeza.
Así que era mejor callar y, sencillamente, irse a dormir. Cada uno a su tienda.
«¿Tu discípula, dices? Yo habría jurado que era tu esposa…
», recordó Halcón, cuando se tumbó a descansar, las palabras de Kafaum.
«¿Te has fijado en cómo te mira, con esos ojos de otro mundo?
». Eso era lo que el líder le había dicho mientras Atti seguía montada en su dromedario.
Y esto fue lo que Halcón le respondió: «Es preciosa, sí…
Le pediré que sea mi esposa, muy pronto. Solo que ella aún ni se lo imagina».