CAPÍTULO 36
Una túnica de seda blanca como las gardenias indicaba el nuevo estatus de Libia, que había pasado de ser la mejor discípula de la escuela del Gran Laurel a ordenarse sacerdotisa en el templo privado de los jardines de palacio.
Una tiara adornaba su frente con acabados en plata y circonitas, y la joya principal, un amatista tallado en forma de gota de agua, colgaba del centro cubriendo su tercer ojo.
Solo era cuestión de tiempo que fuera nombrada suma sacerdotisa del Imperio.
Hasta entonces, Libia tenía muy claro qué lugar ocupaba.
Y por eso, una vez más acudió fielmente al llamado de Ibis para alimentar el fuego ceremonial y custodiar su cuerpo mientras la Matriarca, por segunda vez, bebía la medicina del Laurel para llegar al manuscrito de Calíope.
─ ¿Se encuentra con suficiente fuerza, señora? ─ le preguntó Libia. La piel de Ibis había recuperado la tersura y la juventud y ahora seguía pareciendo la de siempre. Aun así, Libia insistió ─ : ¿Quiere que en algún momento la releve en este propósito? Estoy a su servicio.
Ibis se negó, aunque agradeció su lealtad.
A falta de Sekmis, sabía que Libia se estaba convirtiendo en su mejor confidente, en su persona de mayor confianza.
Al fin y al cabo, incluso aunque llegara a ocupar el cargo de suma sacerdotisa, no dejaría jamás de ser su discípula, y esa clase de vínculo instauraba una especie de fidelidad eterna.
El viaje comenzó. Ibis, acompañada por el espíritu del Gran Laurel, caminó por las calles más humildes de Virim.
Era de noche y el pavimento se enfriaba bajo sus pies tras una calurosa jornada de mercado.
Apenas quedaba en las viviendas más luz que la de las teas que los vecinos acostumbraban a dejar en los pórticos y alféizares cuando se iban a dormir.
Sin embargo, había una pequeña construcción de adobe en un rincón muy discreto, al abrigo de unos toldos.
Allí dentro quedaba gente, y a medida que se iba acercando, pudo escuchar sus voces.
Entre ellas, reconoció la voz imperante de cierta mujer, una voz cargada de liderazgo. Cuando se asomó, reconoció a Calíope.
─ Es la única opción, no puedo esconderlo en el templo ni en la biblioteca ─ decía.
─ Entonces, ¿dices que los nawales tendremos que custodiar el manuscrito?
─ le respondió un hombre de avanzada edad, barba larga y tez oscura, vestido de color azafrán.
A su alrededor había otros dos más. Uno era adulto, con atuendo de nómada, de color azul índigo.
El otro era tan joven como Calíope y, a juzgar por su gesto, parecía más preocupado que ninguno. Y no solo por el manuscrito.
─ Sí, eso es. Los trece nombres no pueden caer en manos de Naúm porque, según mis profecías, cuando llegue el momento preciso, los usará para despertar a esa bestia.
« ¿Trece? » , se preguntó Ibis. Ahora encajaba todo: ¡eran trece los nombres del diablo!
¡Eran las palabras mágicas que activarían el decreto!
Por eso no surtió ningún efecto en Minos cuando Nabor lo leyó.
Calíope había guardado ese detalle para que el Patriarca nunca lo consiguiera.
« Bien, solo tengo que averiguar qué nombres son... » .
─Pues yo voto por que destruyamos el manuscrito y nos marchemos de aquí ─propuso el más joven. Calíope le dedicó una mirada triste, pero él giró el rostro, como si estuviera enfadado con ella.
─Ciro, si hacemos eso, el Patriarca dará persecución y caza a todos los nawales ─añadió el nómada.
─¿Qué más da? Si lo hará igualmente, tarde o temprano. Pero si destruimos el manuscrito, nunca nadie podrá invocar al Ángel de la Codicia.
─¡Claro que sí, joven! ─lo corrigió el anciano─.
¿O crees que no nacerán más adivinas a lo largo de los años?
Siempre sucede, siempre ha habido seres humanos con el don, hombres y mujeres que pueden ver más allá que los otros, como Calíope.
Y Naúm encontrará a esos oráculos, si no es ahora, dentro de cien años.
Recordad que tiene hechos pactos con el espíritu del Gran Laurel.
Ese diablo le proporciona una escuela de sacerdotisas videntes que trabajan a su servicio.
Pero la tenencia de este manuscrito y lo que Calíope ha registrado en él será la única manera de revertir la catástrofe… si es que un día llega.
─Como buen nawal no debes olvidar que el Cosmos habla ─añadió el nómada─. Da igual si quemas los escritos o asesinas al oráculo. El Cosmos terminará siempre dando sus mensajes, pues no se pueden poner murallas al mar. El problema es cuando esos mensajes caen en manos oscuras.
─Ciro, escúchame ─le habló Calíope─, gracias a mis profecías y a todo lo que he averiguado, los nuestros estarán preparados cuando llegue el fin de esta era.
─¿Preparados? ─protestó aquel─. ¿Dentro de ochocientos años?
A saber dónde estarán los nuestros entonces o si quedará alguno de nuestra estirpe.
─Una lágrima cruzó la mejilla de Calíope, pero ya está.
Ni una más. Su dureza de carácter era realmente de admirar, y en ese instante incluso Ibis reconoció que esa mujer era un manantial de virtudes.
Entonces, el joven nawal se vino abajo y el orgullo lo abandonó.
Era obvio que amaba a la profetisa más que a nada en el mundo, y el dolor de saber que iba a perderla, con el añadido de que visitaba cada noche la cama de Naúm porque formaba parte del plan, había corroído su corazón hasta provocarle más dolor del que creía poder soportar.
Ciro tomó a Calíope por las manos, bajando la cabeza, y en un susurro que apenas se oyó, le pidió en tono de súplica─: No tienes que seguir haciendo esto sola.
Por favor, ya es suficiente. Abandona la misión.
Ella mantuvo la entereza. No era difícil darse cuenta de que en sus ojos Ciro se reflejaba con un brillo diferente del resto de hombres.
Pero no podía ser: por motivos como ese se aconsejaba a los nawales no enamorarse.
Sin siquiera responderle, extrajo el manuscrito que llevaba semanas redactando y lo mostró a sus compañeros.
─He aquí el auténtico papiro ─explicó─. He entregado a Naúm dos copias casi idénticas y no ha sospechado nada.
Ciro, quiero que seas tú el primero en custodiarlo.
Y cada tres meses, con el cambio de estación, irá pasando de manos de un nawal a otro.
Así es como lograremos que perviva en el tiempo. Lo he visto en mis premoniciones.
Dicho esto, puso el papiro en sus manos con una frialdad que rozaba lo doloroso, y luego se dio media vuelta.
─¿A dónde vas?
─Vuelvo al templo. Naúm me espera.
─Sabes que te queda poco… ─le advirtió Ciro acongojado. Calíope se giró a mirarlo y asintió con la cabeza.
─Los nawales trabajamos para el Cosmos. Sus designios son inescrutables. Y nosotros hemos elegido servirle.
Una nebulosa envolvió a Calíope y a los demás mientras las paredes de la estancia se deshacían como arena mojada y sus voces se convertían en ecos incomprensibles para los oídos de Ibis, que tenía la cabeza hecha un hervidero de pensamientos.
«Así que nunca amaste al Patriarca, Calíope...
», rumió. No era capaz de discernir si eso aún le provocaba más celos o no.
Lo que estaba claro era que la profetisa tenía agallas y que, indudablemente, su plan para hacer caer el régimen de Nabor era un plan maestro de siglos de preparación.
Ibis se angustió. No conocía aún los trece nombres al completo y ya había pasado mucho tiempo en aquella visión, tal vez una hora en el plano físico.
Pero necesitaba saber más. Comprobó que seguía unida al cordón de plata aunque este se veía más translúcido de lo normal, como si empezara a desvanecerse.
─Dame un poco más de tiempo ─le pidió al Gran Laurel.
En el rostro de ese diablo se dibujó una sonrisa siniestra y, apenas un segundo después, Ibis volvió a encontrarse en la celda donde Calíope redactaba sus manuscritos.
De nuevo olió la madera rancia de los muebles y el aroma del yagra ardiendo sobre el carboncillo cuando vio a la profetisa.
Ibis ya había visitado ese recuerdo, ese fragmento del pasado, sin embargo, la vez anterior no había reparado en un pequeño detalle: los ojos de la profetisa, mientras escribía, no miraban a ninguna parte.
Se encontraban perdidos, absortos, como si no hubiese nadie ahí dentro mientras su mano trazaba caracteres de forma mecánica.
─¿Así es como llegaba al trance? ¿Escribiendo, nada más? ─le preguntó al Gran Laurel, prácticamente con indignación─. ¿Ella nunca bebió tu medicina?
El Gran Laurel negó con la cabeza. Esa capacidad de Calíope era muy poco común, prácticamente no existía nadie que pudiera bajar a la tierra tanta información del Akasha sin apenas esfuerzo: solo mediante la escritura.
Sin salir de su asombro, Ibis entró en la celda y se acercó a Calíope para ver el manuscrito.
Justo en ese instante había empezado a escribir los nombres del Ángel de la Codicia: Katul , Plutoh , Yavari , Quetzari , Prometeiu , Enlil , Enki , Anubuh y…
La mano de Calíope se detuvo cuando solo faltaba el último, el que hacía trece.
Toda ella se había quedado quieta y fría como una estatua.
─Sigue escribiendo, ¡maldita seas! ─exclamó Ibis perdiendo la paciencia.
Pero el cordón de plata se iba borrando por cada segundo de más que pasaba allí.
El Gran Laurel simplemente esperaba, de brazos cruzados, pues jamás interfería en las decisiones de quienes usaban su medicina.
Sin embargo, existía una regla de oro para quienes gozaban de su favor: si el cordón de plata se rompía, él se quedaba con sus almas mientras los respectivos cuerpos, en el plano físico, dejaban de respirar.
Ibis era consciente, sabía que se le acaba el tiempo, pero estaba tan cerca…
─¡Señora! ─oyó la voz de Libia, muy lejana─. ¡Señora, vuelva ya!
Cuando Ibis recuperó la consciencia, Libia la zarandeaba. Tomó una larga bocanada de aire y sintió que sus pulmones volvían a llenarse tras casi haberse vaciado por completo.
─¡Señora! ¡Beba un poco de agua!
Ibis ni siquiera era capaz de responder. Libia le puso la copa en los labios y le inclinó la cabeza con suavidad. Cuando Ibis notó que volvía a ocupar su cuerpo, empezó a hablar con dificultad.
─No me ha dejado terminar… Esta vez tampoco…
Libia la miraba compadecida y, por primera vez, encontró canas en la negra cabellera de su mentora. Las manchas reaparecieron sobre su hermosa piel y el surco de las venas se marcó en el dorso de sus manos. En esta ocasión parecía haber envejecido todavía más.
─Señora, esto la está dañando mucho. Compruébelo usted misma.
Y la llevó con mucho cuidado ante un espejo. Cuando Ibis se vio reflejada en él con todos esos años de más, maldijo su suerte.
─Señora, ha pasado mucho más tiempo del recomendable ─le advirtió Libia.
─Es necesario, por el bien de nuestro Imperio. He de conseguir esos nombres como sea, Libia. Ya casi los tengo todos.
─Pero, señora, podemos compartir la carga. Yo podría…
─Hacen falta muchos años de experiencia para escarbar en los recuerdos de Calíope. Menuda es de astuta… Ella era poderosa, Libia, no te puedes imaginar cuánto. Y también era sabia. Era una nawal .
─¿Una nawal ? ─se indignó Libia. En ese instante, trajo a su memoria la imagen de Attaegina, otra traidora cómplice de nawales . No pasaba un solo día sin desear que la guardia de Nabor capturase a aquella pueblerina para decapitarla en público.
─Acércame a mi cama y pide que me traigan algo para comer ─ordenó Ibis caminando con dificultad. Le dolían todos los huesos, como si hubiera envejecido veinte años de golpe, algo que, por cierto, había sucedido.
─¿Quiere que pida ayuda al Patriarca?
Ibis negó con la cabeza. Nabor todavía no sabía nada de sus repetidos fracasos. Se enfadaría mucho si ella le contaba que era incapaz de penetrar por completo en la memoria de Calíope.
─Él todavía no está bien recuperado. No debemos molestarle. En cualquier caso, dormir y comer me vendrá bien. Mañana por la mañana estaré mejor, ya lo verás.