El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

─ ¿Dónde está Lorick? ─ preguntó Creta, casi sin aliento, en cuanto subió a la azotea. Pero allí únicamente se encontraba Nilo, terminando de comerse una granada reventona. El chico se encogió de hombros.

─Acabo de llegar. No sé.

A Creta no le sirvió su respuesta y él lo percibió al instante: la notaba demasiado angustiada, y no creía que el motivo fuera una simple discusión con el nórdico. Era más grave.

─Creta, ¿qué pasa?

─He visto a Sigrif.

A Nilo se le cayó la granada de las manos dejando un salpicón de jugo rojo sobre el suelo de la azotea. Sigrif era un asunto serio, desde luego…

─Pero creo que él no me ha visto a mí, tranquilo.

─¿Cómo estás tan segura?

─Lo vi de lejos. En ese instante, me abordó un sentimiento… No sé cómo explicarlo, una sensación aciaga, de peligro. Como si me persiguiera una fiera. Sucedió justo cuando yo salía de la biblioteca.

─¿Has estado en la biblioteca?

─Sí, sí… ─respondió con poco entusiasmo─. Necesito ver a Lorick, Nilo. ¿Y si le ha pasado algo?

Su mente construyó en un momento una decena de historias terribles en las que Lorick era atacado por el aprendiz de Titania.

─¿A Lorick? Parece que no lo conozcas tan bien.

─¿Qué?

─Pues eso. Cómo se nota que tú no lo has visto pelear contra una calamar gigante. ¿Te crees que un hechicero de pacotilla le va a hacer algo? Lorick no solo es más fuerte. También es listo, mucho. Y te lo digo yo, que no tengo un pelo de tonto.

Creta lo sabía. Sí. Lorick era infalible. Pero también era el amor de su vida, aunque siguiera enfadada con él. Y si le ocurría algo...

─Creta, ¿qué pasa?

─¡Corre peligro! Se ha ido solo esta mañana y ni siquiera he querido despedirme de él.

Y todo es culpa mía, ¡de mi mal carácter!

Si hoy no regresara, si le pasara algo, lo último que se habría llevado de mí serían malas palabras y un portazo.

Y no me lo perdonaría… ─Un gemido desesperado brotó de su garganta─. ¿Y si no lo vuelvo a ver nunca más?

Luchó por tragarse las lágrimas, lágrimas de amargura, de resentimiento.

De rabia, también, hacia sí misma. Rabia por no atreverse a revelar sus sentimientos, por haber pasado toda su vida escondiéndose...

Una mano amplia y rígida se posó sobre su espalda para darle calma, paz. Para enfriar su dolor.

Era capaz de reconocer las manos de Lorick con los ojos cerrados, pues llevaba grabada en la memoria la forma angulosa de sus dedos, el tacto de su piel encallecida, el lugar donde dormía cada cicatriz y qué aventura o desventura fue responsable de ellas.

Sin atreverse a mirarlo a la cara, Creta se preguntó cuánto tiempo llevaba allí y si la habría escuchado decir todas aquellas cosas.

Lo único que deseaba en ese instante era que él permaneciese junto a ella, aunque solo fuera tocando su espalda.

─Yo también lo he visto ─se limitó a anunciar el nórdico─. Dudo que él me haya visto a mí. Pero hemos de llevar cuidado, sobre todo tú y yo, Creta. Recuerda que, para Sigrif, tú también has traicionado al clan... Y ha sido por mi culpa.

─No, no es verdad... Yo lo elegí, Lorick. Fue mi decisión y...

─Yo no tendría ni que habértelo sugerido ─la interrumpió. Se sentía completamente responsable de ese hecho─. Pero supongo que nada podemos hacer ya excepto andarnos con mucho cuidado. Sigrif es peligroso y sabe que estamos en Virim.

Una tensión incómoda los envolvió y hasta Nilo dejó de masticar. Entonces Lorick le tendió a Creta una torta de pan rellena. Al notarla caliente entre sus manos y oler el apetitoso aroma de las croquetas de garbanzo, se sintió reconfortada.

─Comida callejera... ─murmuró. Lorick esperó su reacción en silencio. Era un modo extraño de pedirle perdón, de darle las gracias por preocuparse por él. De decirle que, aun sin saber todavía de qué manera, quería quedarse con ella─. Gracias. Huele muy bien.

Él la miró sin decir nada. Aún se sentía culpable por el malentendido de la noche anterior.

Y es que ni siquiera él mismo estaba seguro de sus sentimientos: ¿aún recordaba a Attaegina o es que todavía no se daba permiso para pensar en Creta como en alguien más que la hermana menor de Atti?

Nilo no perdía detalle, pero se le daba bien hacer como si no se enterara de nada.

Por eso, y para romper el hielo, relató con fastidio lo poco productiva que había sido su visita al templo .

─Después de horas y horas, me permitieron entrar en el vestíbulo.

Bueno, a mí y a otro montón de peregrinos.

Apenas nos dejaron permanecer unos minutos frente a la Tumba de Calíope.

Una suma sacerdotisa rezó sus oraciones y luego nos dio su bendición para que nos marchásemos.

Hasta ella parecía harta de llevar todo el día haciendo lo mismo. Y eso es todo.

─Pero, ¿no viste nada extraño? ─le preguntó Lorick─. ¿Nada sospechoso? ¿Algún acceso?

─Todas las puertas están custodiadas por una guarnición generosa de centinelas. Creo que desde que pasó lo del Templo del Laurel, Nabor ha doblado la seguridad en todos los templos. Y el de Calíope no es precisamente una excepción.

─¿Y la tumba? ─preguntó Creta─. ¿Cómo es?

Nilo resopló.

─Es una puñetera caja de mármol rodeada de soldados ─resumió─. Sí, bueno, hay una escultura muy bonita de Calíope. Si de verdad era así, era la mujer más bella del mundo. Pero ocho horas de espera para verla... No sé si merece la pena.

─Y, ¿crees que dentro podría estar el manuscrito? ─sugirió Lorick─. Quizás enterraron a Calíope con él. Sería una manera de mantenerlo guardado en secreto.

─Yo lo que creo es que, si hubiera cientos de personas visitando mi tumba cada día durante siglos, me levantaría de entre los muertos para enviarlos a todos al carajo...

Creta siguió comiendo, taciturna, sin encontrar nada revelador en ese asunto de la tumba mientras Lorick tomaba la palabra:

─ He recorrido toda la ciudad. He conocido todos sus templos. Ahora sé que hay diez, pero ninguno alcanza ni de lejos la grandilocuencia del Templo de Calíope. El resto casi parecen hospederías de peregrinos. Algunos hasta carecen de vigilancia, como el Templo de las Ratas.

─ ¿El qué? ─se extrañó Nilo al escuchar ese nombre.

─El Templo de las Ratas. En realidad no se llama así, pero es como todo el mundo lo conoce. Al parecer está dedicado a una diosa con rostro de elefante. La máxima de sus monjes es dar servicio, techo y alimento a los desamparados. En señal de hospitalidad, dejan que entren hasta las ratas.

A Nilo le pareció un motivo incomprensible. A Creta, hermoso.

─Es obvio que Nabor no habrá escondido nada en un lugar como ese ─dijo esta. Luego añadió─: Yo he conseguido entrar en la biblioteca.

Lorick la miró sin dar crédito.

─Pensaba que las mujeres lo teníais prohibido.

─Lo teníamos, por lo visto ─respondió Creta─, hasta no hace mucho. El bibliotecario me lo contó. Bueno, mejor dicho, el director de la biblioteca. A él le parece bien que haya mujeres allí. Además, creo que le he caído bien. Quizás, si voy más a menudo, pueda ganarme su confianza y…

─Lleva cuidado ─la interrumpió Lorick. Se podría decir que hasta sonó un poco brusco, y de hecho Nilo y Creta se sorprendieron al notarlo casi molesto─. No podemos confiar en nadie.

─Lo sé, pero ha sido amable conmigo a diferencia de los demás hombres que había allí.

─Eso da igual, Creta. Que sea amable no significa que no sea fiel a Nabor.

─Lorick, ya lo sé. Sé que vas a recordarme que esto no es Caliza, que es una ciudad grande y todo eso que ya sabemos. Pero tienes que confiar en mí. Sirio sabe dónde encontrar cada papiro…

─¿Sirio?

A Lorick le desconcertó la cercanía que tan rápidamente se había entablado entre Creta y ese tal Sirio, quien fuese. A Nilo también, a decir verdad. Ella prosiguió:

─Creo que si voy cada día, podré sonsacarle.

─Creta, no es que no me fíe de ti ─intervino Nilo con más diplomacia─. Pero, ¿qué le has contado para que sea tan atento contigo?

Creta sonrió con altanería.

─Cree que soy estudiante de poesía.

─¿De poesía? ─se rio Nilo─. ¿No había nada peor que eso? Pantera me obligaba a leer poesía, ¡nunca la entendí! Solo que a ella le decía que sí para que me dejara en paz...

Creta también se reía. Lorick no.

─Bueno ─aceptó el nórdico con resignación─, por el momento es posible que se trate de nuestra mejor opción. Pero lleva cuidado, Creta.

─Lo haré.

Ella le dedicó una mirada amable, agradecida porque él se había preocupado.

Esperaba que se sentara a su lado y que se reconciliaran cuando Nilo, que había captado sus intenciones, se retirase para dejarlos a solas.

Pero Lorick, que se había mostrado más distante que nunca, se adelantó a sus planes, dio media vuelta con frialdad y se marchó de la azotea el primero, dejando a Creta perpleja, sin saber cómo interpretar eso.

A ella le habría gustado que se quedara por lo menos a ver las luces de la ciudad, bajo las estrellas, aunque ni siquiera hablaran.

Era tan poco lo que le pedía… Pero estaba harta, ¡harta de ir tras él!

Harta de mendigar sus migajas de cariño.

Le parecía injusto que Lorick, después de todo, se comportara con esa indiferencia.

Lo que no sabía era que, en realidad, él se marchó porque se sentía demasiado culpable.

Cada vez que ella volvía a perdonarle, era aún peor.

No se consideraba merecedor de su compañía y menos aún de su tan incondicional amor.

Lorick se odiaba por haber herido tantas veces el corazón de Creta, y por eso prefirió castigarse echándola de menos mientras daba vueltas en la cama.

El recuerdo de Attaegina le molestaba como una vieja herida cuando va a cambiar el tiempo, ¿qué podía hacer para que Creta no se viera como un segundo plato?

¿Se lo parecía a él? Se sentía aturdido, confuso, como un verdadero idiota.

Y aunque no quería reconocerlo, ese tal Sirio, aun sin haberlo visto nunca, ya le estaba poniendo de los nervios.

A todo se sumaba la amenaza que Sigrif simbolizaba. «Tengo que proteger a Creta», pensó.

Nilo ya roncaba al otro lado del cuarto cuando Lorick se levantó para buscar algo en un bolsillo secreto de su fardo.

Era la perla del Príncipe, la misma que Atti había rechazado cuando le pidió que se convirtiera en su esposa.

La llevaba consigo porque quería darle un nuevo destino, algún uso que sirviera a sus propósitos.

Estaba seguro de que esa perla legendaria existía para algo más que para posarse en el anillo de una mujer o permanecer en las vísceras de un pez gigante.

Y esa noche decidió qué nueva vida darle.