CAPÍTULO 34
Un centinela armado la observaba extrañado, casi con reprobación.
No dijo nada, pero tras echarle un vistazo rápido y decidir que solo era una joven indefensa, le indicó que podía pasar haciendo un gesto con la cabeza, a lo que Creta respondió un tímido y torpe gracias mientras atravesaba el pasillo de la entrada y se dirigía a la sala principal, donde tampoco recibió una calurosa bienvenida.
Una veintena de hombres de avanzada edad, cada uno enfrascado en sus tareas académicas, dejó todo cuanto estaba haciendo al verla aparecer.
Creta se quedó paralizada, no sabiendo qué clase de protocolo se seguía en una biblioteca.
─Saludos ─ se limitó a decir. Eso lo empeoró todavía más, claro: no solo no le respondió ninguno, sino que todos, murmurando entre ellos, la miraron indignados por su presencia. Después, se limitaron a ignorarla.
Las paredes estaban llenas hasta el techo de pequeños nichos, y dentro de cada uno había un estuche cilíndrico de madera fina.
A Creta le pareció un inmenso panal de abejas.
La sala giraba en torno a un mostrador cubierto de papiros enrollados.
Se intuía que alguien los había intentado colocar en dos montones, pero a esas alturas ya se habían mezclado todos de nuevo.
Creta supuso que era de vital importancia mantenerlos en orden, así que compadeció al infeliz que tuviera que llevar a cabo semejante trabajo.
Un infeliz que, con poca destreza, gateaba por el suelo por debajo de una mesa, tratando de atrapar un rollo de papiro que, rodando sobre sí mismo, se alejaba cada vez más de su mano.
Al detectar la presencia de Creta, se levantó de inmediato golpeándose la cabeza y quejándose de dolor.
Los hombres doctos, casi al unísono, les arrojaron un sonoro « ¡ shhhh!
» al tiempo que el aludido se levantaba frotándose la frente y recolocándose la túnica, toda arrugada y manchada de tinta.
Era un joven más o menos de la edad de Lorick, de rasgos suaves, tez oscura y ojos redondos, relucientes como aquella dentadura que no dejaba de mostrar con una sonrisa nerviosa tras descubrir ante él a una mujer, un hecho poco habitual.
Entonces, se acercó a Creta y habló en voz muy baja:
─Perdona sus malos modales ─dijo en susurros─. No hace mucho que se permitió a las mujeres entrar aquí.
─¿Qué?
─¡Shh! En voz baja, habla en voz baja.
Creta no entendía nada. Él continuó susurrando:
─La Biblioteca de Virim, hasta hace menos de un año, estaba reservada exclusivamente a hombres de círculos intelectuales. Esos de ahí son más bien conservadores. Tú misma te habrás dado cuenta.
Creta, ahora sí, comprendió las miradas de reproche, de recelo. Incluso de asco.
─Pero yo no estoy de acuerdo con ellos ─se apresuró a informarle aquel joven atolondrado, atropellándose con sus propias palabras─. A mí me gusta que las mujeres vengan… A estudiar, digo. A leer y a estudiar.
Le temblaban tanto las manos que el rollo de papiro se le volvió a caer. Creta lo sujetó en el aire y se lo devolvió. El joven rio, incómodo:
─Justo a tiempo ─dijo─. Qué hábil… Perdona mis modales también. Me llamo Sirio. Soy el aprendiz de bibliotecario y…
Creta no pudo disimular su asombro. ¿Que ese torpe era el aprendiz de bibliotecario? Él notó su decepción. No era la primera vez que le ocurría.
─Mi maestro salió de viaje hace ya algunas semanas. Hasta que vuelva, yo estaré al mando. Así que, en realidad, soy el director de la biblioteca en funciones. Esto… ¿cómo puedo ayudarte? ¿A qué círculo perteneces?
─¿Cómo? ─respondió Creta. Parecía que le hablaran en un idioma que no conocía─. ¿Círculo?
─Sí. Claro. Todos los estudiantes pertenecen a un círculo. ¿De cuál vienes tú?
«¿Qué digo?», pensó Creta. Ante todo, tenía que pasar desapercibida, pero se lo iba a jugar todo en una sola palabra.
─Pues… ─balbució.
─¡No, no, no! No digas nada ─la interrumpió Sirio─. Espera, a ver si lo adivino.
Creta contuvo el aliento mientras el aprendiz de bibliotecario, o mejor dicho, el director de la biblioteca en funciones, la miraba penetrantemente, tanto que Creta dio un paso hacia atrás, incomodada. Entonces, un brillo repentino refulgió en el rostro ovalado e imberbe de Sirio.
─Ya lo sé ─afirmó, convencidísimo─. Perteneces al círculo de poesía de Neem. ¿A que sí?
Creta asintió con la cabeza, intentando que pareciera creíble. ¿Poesía? ¿Qué era poesía? Sirio sonrió, satisfecho.
─¿Lo ves? Siempre he tenido un don para intuir las cosas.
─Sí, ya se ve…
─En la segunda planta encontrarás un montón de documentos sobre poesía clásica.
Casi toda en está escrita en lengua antigua.
Nuestros escribas trabajan arduo para traducir todos esos papiros, pero aún les llevará años.
De todas formas, para una discípula de Neem no será ningún problema entender lo que pone en ellos, ¿verdad?
─Claro.
Creta le sonrió. Se sentía más falsa que los espantapájaros a los que su padre vestía de granjeros para disuadir a los mirlos, pero no le cabían dudas de que ese día el Cosmos se había puesto de su parte.
No solo había entrado en la biblioteca sin dificultades, sino que el propio director se lo había puesto en bandeja.
Mientras subía las escaleras, todavía se preguntaba si Neem era una persona o un lugar.
Y cuando llegó a la segunda planta volvió a recibir un baño de miradas inquisidoras de hombres doctos.
Solo a los discípulos más jóvenes les pareció bien su presencia.
Desde la entrada divisó otro panal interminable atestado de rollos de papiro. ¿Dónde diablos andaba esa poesía? ¿Y para qué servía la poesía? ¿Tendría algo que ver con Calíope y las profecías? No estaba segura. Y preguntarle a Sirio… No, no podía confiar en él ni en nadie.
Deambuló por toda la sala buscando en vano hasta que descubrió que el panal se dividía en porciones, y arriba de cada una de ellas un letrero grabado en madera indicaba un tema.
Aún con cierta dificultad, pues le resultaba más sencillo escribir que leer, los descifró: «Poesía Lírica», «Poesía Épica», «Tragedia», «Comedia»…
No entendía absolutamente nada. ¿Qué eran todas esas invenciones?
Nada que existiera en Caliza ni en todas las cordilleras de Bérika se llamaba con esos nombres tan raros, carentes de sentido.
Finalmente, extrajo al azar un documento.
Había visto a uno de los jóvenes hacer lo mismo, así que se limitó a imitarlo con tal de no infringir por segunda o tercera vez las normas de la biblioteca.
Luego, se sentó en la única mesa que quedaba vacía y lo desenrolló.
«Bien, Creta, demuestra lo que has aprendido.
Sabes leer», se dijo. Y sí, era cierto. Sabía leer.
Al menos sabía interpretar el sonido que unos caracteres, al sumarse a otros, formaban.
Sabía leer cada palabra de ese texto a la primera, eso si no era demasiado larga.
Pero tras descifrar la primera línea le pareció que nada tenía sentido.
Eran palabras sueltas, cada una por su lado, imposible hacerlas casar.
Nadie hablaba así en la vida real. ¿Cómo es que los otros entendían lo que leían?
¿O acaso fingían para hacerse los listos?
Quizás si Nilo hubiera ido con ella, entre los dos, quién sabe, le habrían encontrado algún significado.
Aunque, si eso era lo que llamaban poesía, entonces se trataba de escribir palabras una detrás de otra sin ningún tipo de coherencia.
Nada, nada. No entendía nada. Si solo sabía escribir y leer su nombre y los de sus amigos, ¿cómo iba a reconocer las profecías de Calíope?
Frustrada y malhumorada, se rindió. Enfundó el papiro en el rollo y fue a devolverlo a su nicho cuando el propio Sirio detuvo su mano.
─No, no, eso es mejor que lo haga yo ─le corrigió─. Me sé de memoria dónde va cada uno.
Creta observó cómo el joven director leía los caracteres grabados en la funda del papiro y lo colocaba en una casilla de madera sobre la cual aparecían los mismos. Así que era la forma de archivar los documentos…
─¿Llevas mucho tiempo trabajando aquí? ─le preguntó Creta.
─Me crie aquí. ─Ella lo miró con incredulidad─. Doy fe, puedes preguntarle a mi maestro. Cuando vuelva, claro.
Y dejando a Sirio en sus quehaceres, dio media vuelta y se dispuso a marcharse.
─¿Ya te vas? ─le preguntó él. Creta captó un tinte de decepción en su pregunta y asintió con la cabeza─. ¿Es que no te ha gustado nuestra sección de poesía?
─Sí, mucho, pero… ─mintió─. Ahora tengo que volver a Neem.
Sirio sonrió, admirado.
─Vaya, sí que os cuida bien la maestra. Eso es lealtad y lo demás son tonterías.
Y Creta se marchó con una sonrisa educada. Al menos ya sabía que Neem era una persona. No el nombre de un lugar.
Al salir de la biblioteca se detuvo. «Deberías llevar algo con lo que defenderte», resonaron de pronto en su mente las advertencias de Lorick.
Entonces, un repentino aroma ahumado golpeó su nariz.
No había olido nada igual desde que estuvo en Heimkel, con los del Clan del Salmón. «El Clan», se dijo.
A lo lejos localizó algo diferente entre la multitud y tuvo una sensación parecida a la de cuando iba de caza, solo que en esta ocasión sintió claramente que la presa era ella.
El aire quedó inundado de un energía hostil cuando reconoció un pedazo de cabello rubio sobresaliendo bajo la capucha negra de un forastero.
Y supo sin lugar a dudas de quién se trataba. « Sigrif... » .
«¿Me habrá visto él a mí?», se preguntó una y otra vez.
«Había muchísima gente, no creo. No, no creo».
Tenía que alejarse de allí corriendo, contárselo a Nilo y a Lorick.
¡Lorick! ¡Estaba en peligro! ¿Y si el brujo lo asesinaba antes de que ella pudiera advertirle?
Miró a un lado y a otro, haciendo tiempo para que Sigrif abandonara la calle.
¡Tenía que darse prisa y contárselo a Lorick y a Nilo cuanto antes!
─Muchacha, mírame ─oyó una voz justo a su lado.
Era una anciana mendiga, una de las muchas que se sentaban en los soportales de la biblioteca a la espera de una limosna, de un pedazo de comida o de un poco de atención.
Creta obedeció sin pensar y luego rebuscó en sus bolsillos alguna monedilla para darle.
El dinero que llevaba encima era fruto de haber cambiado el doblón de oro que su padre, en secreto, le había dado antes de partir, como hizo en su día para Attaegina.
Creta se preguntaba si Aleff tendría uno guardado para cada uno de sus hermanos…
─Gracias, hija ─le dijo la anciana cerrando los dedos despacio.
Le sonrió y Creta descubrió que, a pesar de su avanzada edad, las pupilas de esa mujer mantenían calientes aún las ascuas de la que debió de ser una belleza sublime.
La anciana la observaba fijamente, puede que también ella hubiese descubierto algo.
Entonces, susurró─: Eres igual que ella.
«¿Igual que quién?», se preguntó Creta palideciendo. Dedujo que era una broma, o quizás una treta con la que esas ancianas, ejerciendo de adivinas o de milagreras, se ganaban el pan. Prefirió ignorarla y marcharse, al fin y al cabo ya había sido benévola con la menesterosa. La anciana insistió:
─Igualita, sí. Igual que tu hermana.
Pero Creta continuó caminando. No le terminaba de gustar que alguien en Virim supiese nada sobre su familia.
Trató de convencerse de que la anciana simplemente ejercía su papel, de que formaba parte de su oficio echarle un poco de astucia y decir esa clase de cosas para captar e impresionar a los posibles clientes.
No podía ser verdad, pues Atti jamás había pisado Virim.