El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

Minutos después, Creta apareció en una de las calles más largas y concurridas de Virim.

Para ella la ciudad era un bosque sin explorar.

No conocía sus sonidos ni a sus habitantes ni sus ciclos.

En la naturaleza los patrones seguían al sol, a la luna y a las estaciones.

En la ciudad los seres humanos no competían con bestias salvajes, aunque sospechaba que unos eran depredadores para otros a juzgar por la presencia de esclavos, algo que en Caliza jamás se habría podido concebir.

La rutina en Virim desafiaba incluso a la nocturnidad.

Ruidos y más ruidos se entrelazaban unos con otros alimentando un engranaje interminable de jaleo y, sin embargo, intuía que también allí existía alguna clase de orden dentro del aparente caos, solo que era un orden que ella aún no comprendía.

Pero lo más raro para Creta era que, a pesar de estar rodeada por una muchedumbre de cientos de personas, se sentía sola.

Absolutamente sola. En ese lugar la gente caminaba mirando al suelo o al frente, pero nadie cruzaba la mirada con nadie.

Es más: hacerlo podía ser interpretado de manera errónea.

Pronto aprendió que en medio de las calles de Virim lo más práctico e inteligente era pasar desapercibido, y Creta era experta en eso, mal que le pesara en algunas ocasiones, como por ejemplo cuando Lorick no captaba sus señales.

« Señales » , les había dicho Elkerael. Sí, se suponía que el Cosmos les enviaría señales.

« Pero yo no soy Atti, ¡maldita sea! Yo no sé interpretar esa clase de cosas » .

Continuó caminando bien atenta a sus bolsillos, como le había advertido Nilo, para que las manitas de ningún picaruelo hurgaran en ellos, y sigilosa, como cuando observaba a los verderones en la falda de las montañas, obedeció a su instinto. Simplemente.

Entonces se dio cuenta de que empezaba a acostumbrarse al sonido de la ciudad, a su gama indescriptible de olores de todos los tipos.

Allí la vida se abría paso en la riqueza y en la pobreza.

Los comerciantes de plata y de seda convivían en armónico equilibrio con la más absoluta mendicidad.

Gente que dormía en las calles se cruzaba con nobles que exhibían a sus damas cubiertas de oro, niños que comían de la basura con hombres capaces de pagar el salario de un mes entero a cambio de la compañía de una mujer hermosa.

Era como haber aterrizado de bruces en otro mundo.

Creta añoraba la paz del olivar y la quietud de los encinares. La ciudad le provocaba aturdimiento.

Trató de convencerse de que podía soportarlo cuando un vociferío atrajo todas las miradas de la calle.

En seguida, la muchedumbre se amontonó para abrir paso a una dramática escena: cuatro soldados arrastraban a la fuerza a un hombre atado de manos, tirando de una soga que le habían puesto en el cuello.

El preso rugía como una bestia infame, sacudiendo la cabeza a pesar de los golpes que recibía por cada intento de sublevación.

Hacinada contra un muro junto al resto de viandantes, Creta se fijó en su cara desencajada, en la vileza de sus retorcidas muecas, y comprendió que ya había visto algo parecido antes.

Ese hombre era una alimaña. Algún ser infernal había consumido su alma para apropiarse de su cuerpo.

Pero ningún ángel apareció para guiarlo hacia la luz.

Tampoco un nawal . Esa era la forma en que se reducía en Alandum a los endemoniados: se les daba caza y, si sobrevivían, eran arrastrados a golpes hasta los calabozos, donde se los condenaba a permanecer de por vida entre la oscuridad y la inmundicia.

Creta recordó la manera en que Halcón había librado al pobre Anut de ese mismo destino, y también el modo en que Atti abrazó al desdichado semihumano del bosque, ayudándolo a regresar a la luz.

Pero la violencia de los soldados y ese hombre en medio de la calle, magullado y casi desnudo, la superó.

Virim era más de lo que podía soportar. Entonces, como si el Cosmos lo hubiese comprendido, no tuvo que dar más que un paso hacia atrás para refugiarse en el primer hueco que encontró, y sin haberlo planeado se vio de pronto en el vestíbulo de la Biblioteca de Virim, donde el silencio, como un regalo para sus oídos, pareció devolverse al mundo de golpe.