CAPÍTULO 31
El viejo Rayik f ue tan insistente que no encontraron motivos para negarse.
Al fin y al cabo, necesitaban descansar y echarse algo a la boca después de todo un día caminando por la ciudad.
Cenaron sopa de dhal , arroz aromático, pan de ajo recién hecho untado con ghee , todo aderezado con curry casero y mucho, muchísimo cardamomo.
Nilo estaba acostumbrado a la variedad de sabores.
También Lorick por el tiempo que había vivido en Teff.
En cambio Creta pensó que su paladar iba a explotar de un momento a otro: demasiados alimentos extraños para probar en un solo día.
¡Era como si cada mordisco llenara de ruido su boca!
Echaba de menos las sencillas sopas de tomillo, las tortas cenceñas, el queso de cabra calizo.
─ Me quedan dos habitaciones ─anunció Rayik cuando le preguntaron─. Hay una para la dama. La otra tendrán que compartirla ustedes dos ─dijo refiriéndose a Nilo y a Lorick─. No es muy grande, pero es la única que sube a la azotea. Las vistas allá arriba son de ensueño.
Y no le faltó razón. Las celdas dejaban bastante que desear, pero desde la azotea podía verse a toda Virim iluminándose lentamente, como si de un goteo de motas de fuego y candil se tratara, y en ese instante, la humildad y la grandeza de la ciudad se convirtieron en una sola cosa.
─ ¡Eh, Creta! ─la llamó Nilo.
Creta se había quedado absorta mirando a la lejanía, las construcciones rectilíneas de adobe rodeadas de frondosos árboles que en nada guardaban parecido con las encinas y los olivos de Bérika.
─ ¿Cuántos templos habrá en Virim? ─preguntó Lorick─. Habré contado unos seis. No había tantos en Teff.
─ Pantera me contó que en Virim el fervor religioso es bárbaro ─explicó Nilo─, aunque se trata de templos menores. Ninguno como el Templo del Laurel.
─ El Templo de Calíope es el más grande e importante de la ciudad ─aportó Creta─. Pero es imposible entrar. Y, según vosotros, no es gemelo del otro.
─ ¿Y la biblioteca? ─preguntó Nilo─. Ya, ya sé que es muy obvio que el papiro no lo tendrán al alcance de cualquiera, claro. Pero, ¿y si está en una sección restringida o algo así?
─ Ni siquiera creo que lo escondan allí ─dijo Lorick─. Estoy convencido de que lo guardan en un templo. Pero, tal vez, si se hacen las preguntas adecuadas al bibliotecario...
─ Seguramente el bibliotecario no tenga ni idea ─opinó Creta─. Es información demasiado secreta. Nilo, ¿no podrías preguntarle a los arcanos? Todo esto empieza a parecerme imposible de resolver sin ayuda de los nawales .
Nilo resopló.
─Vale, s upongo que algo nos revelarán… ─Y se marchó escalera abajo para buscar su pequeño oráculo, dejando solos a Lorick y a Creta, que suspiró frustrada.
─ Sin nawales que reciben señales del Cosmos, sin Pantera que es adivina, incluso sin Atti, que aún posee el poder de la intuición… ¿Cómo diablos vamos a encontrar el papiro?
Lorick la miró sin abrir la boca. Su sentimiento era muy parecido, como si los nawales hubiesen decidido darles la más complicada de las misiones, una enmienda inalcanzable para ellos.
Tenían a Nilo, sí, pero no era más que un chico de quince años que, hasta la fecha, había utilizado los arcanos para ganarse la vida de modo clandestino.
En ese instante, el perfume del incienso ceremonial ascendió hasta la azotea a lomos del aire tibio.
Era dulce y amaderado, profundo, capaz de abrir, aunque solo fuera un segundo, las consciencias de quienes lo respiraran .
Abajo, una procesión de monjes vestidos con túnicas de color azafrán, cada uno con una tea en las manos, recorría la calle en la pureza de un silencio tan envolvente que sosegaba todo cuanto acariciaba, una quietud interrumpida exclusivamente por el discreto tañido de una campanilla.
Creta se asomó para verlos. Jamás había conocido un espectáculo semejante en Caliza.
Entonces los monjes, al unísono, comenzaron a susurrar frases que no comprendía, pero que se repetían una y otra vez.
Pasados los primeros minutos, daba igual qué dijeran o qué significaran las palabras en aquella lengua extranjera, pues se habían vaciado de todo sentido para convertirse, sencillamente, en una suerte de música silenciosa, curativa, un ritmo que, si cerraba los párpados, podía recordarle al de las hojas de los álamos temblones al ser mecidas por la brisa de la tarde.
Lorick permanecía a su lado, muy cerca de ella.
En esos instantes el brujo Sigrif no ocupaba ninguno de sus pensamientos.
Tampoco los templos ni el rollo de papiro de Calíope.
Nada de eso. Nada. Y fue en medio de la nada cuando sintió que los susurros y los mantras de los monjes lo despertaban de un sueño que durante toda su vida lo había mantenido con los ojos cerrados a la auténtica naturaleza de Creta, la que casi nadie conocía salvo él.
Porque Creta, de repente, se había convertido en mujer.
Y en el corazón de Lorick al fin entró la suficiente luz como para verla. Para verla de verdad.
Sus manos se rozaron. A Creta se le erizó la piel de los brazos.
Ya no estaba enfadada con él, pero hizo un esfuerzo sobrehumano para no dejarse llevar por su irresistible mirada de hielo.
Era en vano, pues el simple tacto de su piel la deshizo, como el fuego funde la miel, la grasa o la cera.
No podía negarse más que lo amaba desde que tenía uso de razón.
Que él era el primero, el único. Que ella había sido su sombra, un millón de veces, para que no le faltara nada.
Pero por fin la sombra salía a la luz. Lorick lo percibió en su rostro, en sus ojos castaños, donde una belleza celosamente atesorada durante los últimos años de la adolescencia afloró de pronto con la fuerza femenina de la primavera.
Se acercó más. Creta temblaba. Él le acarició la mejilla, el cabello, los labios.
Unos labios que ya no eran los de la Creta niña que llevaba años esperándolo en la puerta de las cuadras, sino los de la mujer tenaz que había arriesgado su vida por ayudarle, por seguirlo a donde fuera.
La misma que se había cortado la trenza para él.
Y entonces Lorick se detuvo, retiró su mano y miró al suelo, avergonzado, enfadado consigo mismo, odiándose. Y se apartó de ella con frialdad.
─ ¿Qué te pasa? ─le preguntó Creta sin saber qué había hecho mal.
Lorick respiró hondo.
─ Todavía… Todavía la veo en ti.
─ ¿A quién? ¿A mi hermana?
No le contestó. Se quedó callado, inexpresivo, y su indiferencia fue su respuesta.
Por eso Creta se alejó bruscamente de él.
En la calle, la procesión de monjes se alejaba despacio dejando un rastro de humo blanco, y sus mantras cada vez se escuchaban más lejanos.
Para entonces, Creta se había marchado a su celda, indignada.
Justo después, unos pasos atolondrados llegaron a la azotea, donde Lorick esperaba solo, frío como un pedazo de metal.
─ ¿Tú eres imbécil o qué? ─lo reprendió Nilo─. ¡No sé qué narices le has dicho, pero la has hecho llorar!
Lorick no sabía cómo enfrentarse a eso. Es decir, a sí mismo. Al daño que acababa de provocar en el frágil corazón de Creta. Por enésima vez.
─ ¡Pero…! ─apareció ella de repente asestando una mirada asesina a Nilo─. ¿Por qué tenías que contárselo?
El chico palideció al verla. Se quedó sin habla, no tenía ningún pretexto que darle. Sencillamente, había metido la pata dejándose llevar por sus sentimientos. Y Creta no aguantaba más, puso los brazos en jarra y dijo:
─ ¿Sabéis qué? ¡Que no quiero saber nada más de vosotros! ¡De ninguno de los dos!
Y se marchó dando un portazo, hecha un mar de lágrimas, mientras Nilo, cruzado de brazos, miraba a Lorick esperando una explicación.
─ ¡Pero…! ¿Cómo has podido decirle eso, alma de cántaro? ¿Que te recuerda a Attaegina? ¡Tendrás valor…!
─ ¿Qué querías que hiciera? ─protestó Lorick abrumado, sobrepasado. Era demasiado complicado para él poner palabras a lo que sentía─. Nunca he mentido a Creta y nunca le mentiré. Antes moriría.
Nilo no pudo objetar nada ante una afirmación tan contundente, tan noble al mismo tiempo. Y es que Lorick podía cometer muchos errores, pero a franqueza pocos le ganaban. Aunque doliera.
─ ¿Sabes qué es lo peor de todo esto, Lorick? Que la puerta solo se abre desde dentro. Nos ha dejado encerrados en esta maldita azotea. Y no creo que esté de humor para subir a abrirnos a menos que tú le supliques...
Lorick le dirigió una mirada mordaz, afilada como un hacha de guerra, y Nilo comprendió que tenía que aprender a sujetarse la lengua.
─ Vale, vale… ─se excusó─. Déjalo.