El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 30
34%

CAPÍTULO 30

Poco después del amanecer, la ciudad de Virim apareció en lontananza, y antes del mediodía Nilo, Creta y Lorick cruzaron sus murallas.

Era jornada de mercado y la guardia se esmeraba en inspeccionar los carros de los comerciantes, pero no tanto en reconocer a los viandantes uno por uno, pues llegaban a cientos.

─ Ha sido una suerte ─dijo Nilo─, sobre todo para ti, Lorick. No creo que haya muchos nórdicos en búsqueda y captura por aquí. Así que no te quites el turbante hasta que encontremos ese papiro o tu precioso pelo plateado nos delatará.

Lorick iba vestido al puro estilo de Halcón, como un nómada del desierto, pues no tenía otra opción si deseaba pasar desapercibido.

«Ironías de la vida», pensó. Habían dejado a los caballos a buen recaudo en una posada de la periferia, pero no sus armas.

Nilo no se separaba de su sable. El nórdico, por su parte, se había cuidado de ocultar bien su arpón de plata, pues era inconfundible, casi mítico.

Si alguien reconocía ese arpón en una ciudad que, huelga decir, no tenía mar, lo descubrirían sin duda.

En cuanto a Creta, se había quedado sin flechas cuando trató de defenderse de las alimañas y no tenía tiempo ni material para fabricarse más. Ni siquiera llevaba su arco encima.

─ Vas a necesitar algo para defenderte si se da la situación ─le dijo Lorick. En su fría mente de estratega, el brujo Sigrif se presentaba como una amenaza que podía aparecer de un momento a otro, y en la búsqueda del papiro no permanecería todo el tiempo junto a Creta.

─ Ya, pero… ¿El qué?

Creta nunca se había visto rodeada por tanta gente.

Y eran muchos los ruidos, las voces, los acentos, ¡demasiados!

Y otros tantos los olores, pues las fragancias del incienso de los templos convivían con la fetidez de los rincones insalubres, el aroma de la comida recién hecha con la hediondez del agua estancada en las orillas del río sagrado que cruzaba la ciudad.

Vacas libres, sin pastor alguno que las supervisara, sin perros que las mantuvieran a raya, dejaban sus heces por en medio de las calles, y su suciedad contrastaba con los pétalos de flor que alfombraban los caminos de los peregrinos, con sedas de tantos colores que su ropa de lino blanco se volvía anodina.

De vez en cuando, algún elefante se paseaba pacíficamente entre los puestos de la fruta y los tenderos le ofrecían comida. Parecía un animal sacado de otro mundo.

Vio alhajas de plata en los puestos de mercado, especias recién molidas cuyos efluvios flotaban por el aire, haciéndola estornudar, frutos que no imaginó que pudieran existir, muy distintos de las ciruelas con las que Atti hacía los pasteles de cumpleaños familiares.

También se deleitó en el inacabable colorido de la vestimenta de la gente, en especial de las mujeres, que se veían muy hermosas cubriendo sus cuerpos con vaporosa seda teñida en tonos vivos, y por un momento se quedó fascinada por un bellísimo vestido verde, el color de los prados fértiles, su preferido.

─ Saca la mano de ahí o te la corto ─le espetó Nilo a un muchacho algo menor que él.

Cuando Creta quiso darse cuenta, el ladronzuelo tenía la mitad del brazo metida en el bolsillo de su fardo.

Al pícaro le bastó un par de segundos para retirarse de inmediato y salir corriendo, mezclándose con la muchedumbre para esconderse.

─ ¿Qué estaba haciendo? ─preguntó, impactada todavía.

─ ¿Cómo que qué estaba haciendo? Pues robarte, Creta. Te ha visto cara de no haber pisado nunca una ciudad.

─ ¿En serio? ¿Tanto se me nota?

Nilo asintió con benevolencia.

─ Mira, imagínate que esto es un bosque. Tú eres buena distinguiendo los sonidos de las aves, de un solo vistazo sabes en qué rama se posa cada pájaro y dónde tiene su nido, ¿verdad? Bueno, pues aquí haz lo mismo, pero no olvides que los pájaros de aquí muerden.

No sonaba alentador, en absoluto. Creta miró a Lorick. Él había vivido una larga temporada en Teff, estaba hecho a las ciudades. No como ella, que se sentía como una absoluta criatura sin domesticar. Si por lo menos Attaegina le hubiera contado que sintió lo mismo cuando llegó a Teff…

─ Ahí está el Templo de Calíope ─señaló Lorick─. ¿Veis a todos esos peregrinos?

Se trataba de una fila interminable de gentes de todas partes que, probablemente, habían caminado durante días o semanas para visitar aquel poderoso lugar de culto, la Tumba de Calíope, la primera suma sacerdotisa de la dinastía de los Patriarcas.

La profetisa cuyos rollos de papiro podrían decidir el destino de Nueva Pangea.

─ ¿Creéis que encontraremos alguna pista allí? ─preguntó Creta.

─ Estoy seguro de que sí ─respondió Lorick─. Deberíamos acercarnos.

Salieron de la calle principal y se dirigieron al punto de peregrinación más emblemático de Virim. Sin embargo, la cantidad de devotos que esperaban su turno formaba una cola interminable.

─ ¿Habéis visto eso? ─se asombró Nilo─. Creo que se pondrá el sol antes de que podamos cruzar el umbral del templo.

La calle que conducía al Templo de Calíope se hallaba en pendiente. Desde abajo, donde se situaban ellos, se apreciaba la forma de la construcción. Un pórtico sostenido sobre columnas de mármol crema rodeaba al templo, cuya fachada lucía el brillo ostentoso del mismo material.

─ No se parece al Templo del Laurel ─opinó Lorick.

─ Ya… ─observó Nilo, decepcionado─. Templos gemelos, eso dijeron los arcanos. A lo mejor se referían a otra cosa.

─ Aun así, parece un enclave significativo, ¿no creéis? ─añadió Creta─. Tenemos que entrar y ver esa tumba, si nos dejan, claro…

─ Quizás sea mejor intentarlo mañana ─apuntó Nilo─.

Antes del amanecer me colocaré en fila haciéndome pasar por un peregrino.

Con suerte, a estas horas ya lo habré logrado.

La tumba estará custodiada por una docena de centinelas, como poco.

Lorick, haz lo que puedas para pasar desapercibido en Virim, así que no nos acompañes o nos descubrirán.

Es más: no entres en ningún lugar donde haya guardias.

Como mucho, en alguna taberna de mala muerte, y eso solo si tienes mucha hambre.

Mejor aún: come en el mercado, mientras caminas, y no permitas que te miren mucho a la cara.

─ Descuida…

─ Mañana Lorick y yo podríamos buscar en otros puntos de la ciudad ─propuso Creta─. O mejor, deberíamos echar un vistazo ahora que aún es de día.

Y recorrieron a paso rápido las plazas más amplias, rodearon las fuentes, encontraron la biblioteca erigida como una alta torre de planta circular, y también otros templos de menor rango, pero ninguno se parecía ni de lejos al Templo del Laurel.

Entonces, las luces del crepúsculo se derramaron sobre las fachadas de terracota de las viviendas.

La penumbra lamió los callejones en primer lugar, y más tarde alcanzó el pavimento de las calles principales mientras una corriente de aire templado transportaba el entrañable olor del aceite calentándose en las cazuelas de cientos de hogares.

─ Los Cardamomos … ─leyó Creta despacio, poniendo mucha atención a un letrero de madera que colgaba sobre el portón de una fachada.

Acto seguido, casi pareciendo que aguardaba su llegada, un hombre de piel morena, pelo cano y cuerpo orondo los saludó cortésmente.

No resultaba muy difícil imaginarse que esos tres eran forasteros y que, a esas horas, tendrían hambre. Mucha.

─ Tengo una mesa libre todavía ─les explicó invitándolos a entrar sin que ellos apenas hubiesen dicho nada.

Al ver a Lorick tan alto, sonrió con una dentadura malograda por los años y dijo─: Este debe de comer bastante, ¿eh?

─Se rio de su propia broma─. No hay problema.

Pasen y siéntense. El viejo Rayik les servirá una cena deliciosa. ¿Qué quieren tomar?