El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 29
33%

CAPÍTULO 29

─Lleva cuidado, come bien, no te metas en líos y no te gastes todo el dinero.

Eran las últimas palabras que Pantera le había dicho a Nilo cuando el camino de su hermano pequeño viró en otra dirección, junto a Creta y a Lorick, concretamente con destino a la ciudadela de Virim. Entonces Nilo había resoplado con hartazgo:

─Que sí, que ya lo sé...

Al mismo tiempo, Attaegina se acercó a Creta mientras el resto se alejaba de ellas, dejándolas a solas. Ninguna se atrevía a mirar a la otra. Entonces, Atti dio el primer paso.

─Te pido perdón ─dijo. Probablemente fue el perdón más sincero de toda su vida, y quizás por eso abrió una grieta en la dura coraza de su hermana.

Por fin sus miradas coincidieron. Hacía años que se ignoraban cuando una pasaba por el lado de otra para evitar discutir o pelear.

Ahora no tenían escapatoria, ninguna de las dos.

Creta seguía sin decir nada, pero había dejado de ver a Atti con ese odio profundo de las anteriores veces.

Attaegina insistió─: Perdóname por todo.

Por favor. Sé que contigo me he equivocado mucho. Perdóname, Creta.

Creta se enjugó una lágrima, muy deprisa, y giró la cara hacia otro lado.

Si abría la boca para responder, quizás lloraría.

Y no quería. No quería que Attaegina ni nadie la viera así: vulnerable, débil, rendida.

Por esa razón, hizo un esfuerzo enorme para reprimir todo cuanto sentía, al fin y al cabo estaba acostumbrada a mostrarse indiferente, así que sencillamente se limitó a asentir con la cabeza.

Entonces Atti, comprendiendo lo que su hermana necesitaba, se acercó más.

Sin duda, Creta habría preferido mantener la distancia, que Atti diera media vuelta y zanjaran sin más ese asunto, ¿o no?

¿O no era eso lo que quería en realidad?

Antes de poder discernir entre qué quería o qué necesitaba, Attaegina empezó a abrazarla despacio, como si temiera alguna reacción imprevista. Y lo hizo con una ternura veraz.

Al principio Creta se mantuvo tensa, inmóvil. Se resistió todo cuanto pudo hasta que, pasados unos instantes, sintió que Attaegina volvía a quererla. ¡Volvía a quererla! Después de tantos años… Y sin poder evitarlo, se relajó en sus brazos liberando un suspiro de alivio.

─Perdóname ─insistió Atti sin soltarla. Y Creta, tímidamente, se acurrucó por un instante en el hombro de su hermana mayor acordándose de cuando eran muy pequeñas y dormían juntas en invierno para darse calor.

Atti solo tenía un año más, pero ya sabía contarle cuentos, y ella cada día esperaba con ansia ese momento de la noche para escuchar la voz de su hermana mientras las ascuas de la chimenea crepitaban con sigilo.

Soñaban juntas, se levantaban juntas. Todo lo hacían la una junto a la otra…

Hasta que a Attaegina se le despertó el don de la guía angélica, con solo seis años, y los adultos se la llevaron a su mundo para aprovechar su bendición en beneficio de la aldea.

A partir de ese momento, Creta conoció el sabor amargo de la soledad.

Sus lágrimas, brotando en silencio, empaparon el hombro de Atti.

Se había concedido un breve momento para ceder, para compartir su carga.

Ese abrazo fue como un alto en el camino.

Pero cuando volvió a sentirse capaz de seguir sola, en cuanto recobró la entereza, y eso fue muy rápido, se separó de nuevo de su hermana mayor.

Mirándola a los ojos por última vez y de manera fugaz, susurró:

─Gracias.

Viniendo de Creta, para Atti fue más que suficiente.

No tenían garantías de que sus caminos volvieran a confluir, y las rencillas de la vida cotidiana carecían de completo sentido ahora que se enfrentaban a peligros reales.

Tal vez, si el Cosmos era favorable, se volverían a encontrar.

Pero si no lo era, puede que aquel abrazo fuera el último.

─Adiós, Creta.

─Adiós, Atti.

Cuando Attaegina se despidió de Lorick también sintió que un trozo de su historia se alejaba para siempre de sí misma.

«Cuida de mi hermana, te lo suplico», le había pedido tras despedirse de él con un fraternal abrazo.

El nórdico no dejaba de darle vueltas a lo que había dicho la alimaña sobre ese brujo rubio, el discípulo de Titania, Sigrif del Clan del Salmón.

Sin duda debía de rondar cerca, así que no bajaría la guardia ni un segundo hasta darle muerte antes de que Sigrif lo matara a él.

Pero lo peor no era eso. Lo peor era que Creta también estaría en el punto de mira porque, a efectos prácticos, había traicionado al clan.

Y todo había sucedido por su culpa. «Nunca debí implicarla», se repetía una y otra vez.

Desde entonces, Nilo, Creta y él habían viajado en dirección este, atravesando páramos rocosos y palmerales salvajes, por fuera de los caminos y guareciéndose en enclaves discretos.

Eran las últimas semanas del verano, los campos de cosecha se mostraban dados de sí, agotados por la euforia del estío, y la incipiente llegada del otoño suavizaba en parte el tórrido sol de las jornadas de viaje.

Creta y Nilo hablaban a menudo, incluso bromeaban.

Lorick, en cambio, se mostraba silencioso la mayor parte del día, embebido en sus pensamientos, siempre alerta por si tenía que utilizar su arpón para defenderse o para proteger a los otros.

Y es que, si a Creta le sucedía algo, no se lo perdonaría jamás. Por Atti. Y por Creta.

─De verdad que, con todo mi respeto hacia Elkerael y al abuelo Yarbha, creo que se han equivocado conmigo ─se lamentaba Creta─. ¿Cómo voy a encontrar yo un manuscrito, si no sé leer?

Nilo creyó que le mentía.

─¿Que no sabes? ¿No sabes leer?

Miró a Lorick después. ¿Sabría el nórdico?

─Mi padre me enseñó a leer un poco, por sus negocios ─le respondió aquel─.

Él me llevó alguna vez en sus viajes. Necesitaba que yo comprendiera lo que ponía en algunos documentos.

Pero en Caliza no tenemos lengua escrita.

Los ancestros de nuestra aldea siempre creyeron que el conocimiento, si se escribe, se corrompe.

Pensaban que la sabiduría, si se deja por escrito, puede caer en manos de cualquiera y ser mal utilizada.

Por eso nadie escribió sobre nuestra historia ni nuestras tradiciones ni nuestros saberes.

─Exacto ─confirmó Creta─. Todo lo aprendemos allí de forma oral. Tenemos una memoria envidiable.

─Vaya… ─respondió Nilo, pensativo─. Sí, puede que tengáis razón. Pero, ¿no creéis que todo lo que no queda escrito un día podría caer en el olvido, perderse para siempre?

Creta se encogió de hombros. Nunca antes se lo había planteado.

─Yo aprendí a leer el lenguaje de los bosques siguiendo mi propio sentir ─dijo con timidez─.

Nadie me había enseñado. ¿Dejaría por escrito ese conocimiento, si pudiera?

¿O caería en manos de indignos? Yo conozco los lugares donde cada oso, cada lobo, cada ciervo y cada zorro se guarecen.

Me lo he ganado gracias al trabajo de muchos años.

Si alguien cruel recibiera mi conocimiento sin esfuerzo, correría a darles caza, arruinaría el equilibrio de nuestros bosques y sería culpa mía, solo mía.

No sé… Existen saberes que Madre Tierra y Padre Cielo se cuidan bien de a quién transmitir, ¿no lo creéis vosotros?

Lorick asintió. Esa era la clase de cosas que le hacían sentir una profunda admiración por Creta.

Nadie sabía más que ella sobre árboles, aves y criaturas del bosque.

Y nadie había que los protegiese con más empeño que ella.

Nilo, en cambio, sonrió con una mueca divertida.

Su colmillo de oro emitió un destello fugaz.

─Eso es precioso ─resolvió─. Pero en Virim vas a tener que leer o estarás vendida.

─¿Y qué puedo hacer?

─Te enseñaré. ─ Creta hizo un guiño de incredulidad─. ¿Lo dudas? ¡Yo sé leer fenomenal! Pantera me enseñó a leer y a escribir. No solo eso: me enseñó la lengua del Imperio y hasta un poco de lengua antigua.

─¿De verdad?

El chico afirmó con convicción.

─Pero no tenemos papiro ni tinta, Nilo.

─¿Papiro y tinta, dices? ¡Eso es carísimo!

─Nilo la miró como si Creta hubiera dicho una tremenda sandez─.

Pantera me enseñó con una tablilla de cera de abeja.

Entonces, con un punzón yo dibujaba las letras.

Cuando ya la había llenado de garabatos, acercaba la tablilla al fuego, solo un poco, y gracias al calor volvía a ponerla lisa, quedaba como si nunca hubiese escrito nada.

─Bueno, parece un buen método, pero tampoco tenemos cera…

Nilo se quedó callado, pensando, cuando Lorick rescató un recuerdo de su infancia:

─Mi padre me enseñó las primeras letras escribiendo en la tierra húmeda, con una astilla de madera. A veces hasta escribía en la ceniza de la chimenea.

Creta percibió un halo de tristeza en su voz.

Ella también sabía que Oberón siempre fue un tormento para Lorick.

De hecho, la primera vez que lo descubrió apaleando a su hijo en las cuadras, Lorick solo tenía diez años.

Pero en Caliza todo se callaba, y únicamente ella y Prímula, la madre y esposa de los nórdicos, conocían el secreto.

Desde entonces, no había dejado de sufrir por él hasta que supo que Oberón había muerto.

Aunque ahora había aparecido Sigrif como la sombra del legado violento de la rama paterna.

Y lo peor era que ese brujo no atacaría de frente.

─¡Eh, qué buena idea! ─exclamó Nilo de repente─. Claro, escribiremos en el barro. Yo lo hacía en la orilla de la playa, pero siempre venía el mar a borrar mi trabajo.

Y Creta estuvo de acuerdo. Así que Nilo, durante los días de viaje, le enseñó el alfabeto, y después a escribir sus nombres.

Mientras tanto, Lorick hablaba poco y a menudo se apartaba para vigilar que nadie sospechoso les siguiese los pasos.

Estaba inquieto, preocupado. Y Creta, que lo sabía, lo acompañaba a su manera, respetando su espacio y sus silencios.

Era, desde siempre, su forma de amarlo, como cuando se adentraba en el bosque con el sigilo de las ciervas, imperceptible, para no perturbar su paz.

Pasaron los días y Creta avanzó pronto en su aprendizaje. Su mente era ágil, rápida. Y de Nilo, no podía decirse que fuera mal maestro teniendo en cuenta su corta edad.

─¿Qué hacéis los dos mirándome? ¡No me sonriáis así!

¡Me hacéis sentir como una idiota! ─los reprendió en una ocasión.

Creta se sostenía en cuclillas sobre la tierra húmeda.

Una rama seca le había valido para sembrar el suelo de caracteres sueltos y nombres, entre ellos el suyo, pero también Attaegina , Nilo , Pantera , Halcón , los nombres de sus hermanos, los de los nawales viejos.

Y por último, con un trazo más limpio que cualquier otro y en mayor tamaño, un cuidadísimo Lorick .

─¿Idiota por qué? ─respondió Nilo en tono burlón─. En todo caso, eras idiota hace unos días. Ahora solo un poco menos...

Creta se indignó y le arrojó un puñado de barro, y luego otro, y otro más, hasta acertar a darle en la cabeza.

Nilo se carcajeó mientras se limpiaba el pelo apelmazado con esa cataplasma de tierra sucia y viscosa.

Y Lorick sencillamente los observaba, o mejor dicho, observaba a Creta.

Mientras vivió en Caliza ella siempre había sido una hermana pequeña para él, sin embargo, algo la había hecho crecer de repente.

Ya no era la niña que iba a buscarlo para salir a montar a caballo.

Ya no. La mariposa del alma de Creta comenzaba a romper su crisálida.

Era como flor de almendro, adormecida en el interior de su yema, preparándose para desplegar el sabor dulce de su feminidad.

Una flor que Lorick aún no conocía pero cuya llegada aguardaba con paciencia.

Un puñado de barro se estampó en sus narices sacándolo de sus reflexiones.

Creta y Nilo se reían. Lorick no. Entonces, a modo de venganza y sin lograr saber quién de los dos había sido, el nórdico  arrojó sobre ellos una verdadera tempestad de bolas de barro.

Terminaron más sucios que los puercos, sintiéndose felices, y después de mucho tiempo por fin Creta volvió a escuchar su risa.

Pero al caer la noche, la amenaza de Sigrif continuaba barruntando los pensamientos de Lorick.

Suponía que el discípulo de Titania no se detendría hasta dar con él…

y con Creta. Bajo la penumbra lunar la observaba durmiendo en calma.

Parecía como si el último abrazo que Atti le había dado hubiera sido medicina para ella, pues la notaba más tranquila, como si se hubiese vaciado de rabia y resquemor.

Entonces le dio pena despertarla para el turno de vigilia.

Al fin y al cabo, él no pegaba ojo últimamente.

¿Qué más le daba esperar un poco para ser relevado?

Momentos después, ella se desveló. Lo miró extrañada, comprobando que aún era de noche, y se incorporó.

─Deberías descansar ─le dijo. Lorick obedeció. Ahora sí estaba agotado de verdad.

Cuando Creta se quedó despierta y sola, recordó el día en que Lorick le había pedido que fingiera prometerse con él delante de Titania, de Oberón y del resto del Clan.

En todo momento, ellos dos sabían que era una farsa, la única manera posible de sacar a Attaegina viva de allí, y sin embargo, a menudo fantaseó con que, en el fondo, Lorick se lo estuviera pidiendo de verdad.

Se sintió estúpida otra vez. Recordaba con cuánta dedicación se había trenzado el cabello aquel día y con cuánto amor le había entregado su trenza.

¿Dónde estaría esa trenza ahora? Pisoteada por los caballos de batalla, quizás, o bajo los escombros de Heimkel.

Ya daba igual. Ella lo había elegido con todas sus consecuencias el día que fue a buscarla a Caliza en secreto: era de noche y regresaba sola del bosque cuando Lorick apareció casi sin hacer ruido, con la desesperación en el rostro, y le dijo:

─Tienes que ayudarme. Eres la única persona del mundo a la que confiaría mi cabeza.