El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

Todo el que bebía por primera vez la medicina del Laurel solía entrar en pánico al sentir que abandonaba su cuerpo físico.

Pero Ibis, a lo largo de los años, se había acostumbrado de sobra a esa desagradable sensación extracorpórea.

Sabía que era cuestión de minutos y, después, recuperaba el control y entraba en ese otro mundo paralelo al que no se podía viajar con los sentidos normales, sino solo en un estado de trance profundo, muy cercano a la muerte.

Cuando la luz, los sonidos y cualquier estímulo del mundo real desaparecían, comenzaba la experiencia de su proyección en otro plano de consciencia.

Un cordón de plata la unía por el ombligo a su cuerpo físico.

La regla más importante cuando se viajaba a ese lugar era que dicho cordón jamás se rompiera.

Si empezaba a desvanecerse, se debía regresar cuanto antes.

Al llegar allí Ibis fue recibida, como siempre, por una figura sombría y alargada.

Era el espíritu del Gran Laurel, el anfitrión de las sacerdotisas que le rendían culto.

Solo ella y otras religiosas de alto rango conocían verdaderamente su identidad y sabían que no se trataba del espíritu benévolo de ningún árbol en cuestión, como sucedía con las criaturas del bosque del reino fae .

En absoluto. El espíritu del Gran Laurel era un demonio, uno poderoso, por cierto, pero había recibido ese nombre debido a su costumbre de alojarse en el interior de los laureles gigantes del pasado, parasitándolos para aferrarse a la vida en la tierra e imbuyendo su veneno en sus bayas para atrapar a los ávidos de conocimiento sagrado con su adictiva medicina.

El espíritu del Gran Laurel nunca hablaba.

Solo protegía y acompañaba. Sabía jugar bien sus cartas, es decir, que sus servicios no eran a cambio de nada, pues recibía adoración, sacrificios y, en el caso de sacerdotisas veteranas como Ibis, cuyo estatus dependía de sus poderes para la adivinación, les proponía pactos.

Huelga decir que él nunca salía perdiendo.

─Llévame al Akasha ─le pidió Ibis.

El Akasha era el nombre que recibían los archivos del Cosmos, una especie de biblioteca en donde se registraba todo cuanto acontecía en relación a Nueva Pangea y a las almas que la habitaban.

La Ley no permitía que ningún mortal accediera al Akasha salvo en contadas excepciones.

Pero eso, si uno gozaba del favor del Gran Laurel, no era inconveniente, pues aquel viejo diablo sabía bien cómo burlar la vigilancia celestial.

Ibis únicamente tuvo que concentrarse en la información que deseaba obtener y el Gran Laurel hizo el resto.

Entonces el escenario cambió a su alrededor.

En cuestión de segundos se vio trasladada a una cámara colmada de lujo, digna de un rey o de una reina.

El aroma de los granos de yagra, que ardían lentamente sobre un carboncillo, maceraba el aire en pura sensualidad.

En el centro, tendida sobre una cama con dosel y arropada con sábanas de seda, dormía una mujer desnuda.

Se trataba de Calíope. No solo era hermosa: poseía una belleza de otro mundo y un porte en sí mismo majestuoso.

A su lado, un hombre cuyo cuerpo era más bien digno de un dios, la abrazaba como si tuviera entre sus brazos el tesoro más codiciado de Nueva Pangea.

Ibis reconoció de inmediato esas manos y esos brazos de piel tostada y carne fibrosa. Era...

─Naúm... ─murmuró la mujer despertando poco a poco mientras una sonrisa seductora se definía en sus labios.

« El Patriarca » , confirmó de inmediato.

Ochocientos años atrás, Naúm había sido uno de sus muchos nombres.

Concretamente, el que adoptó mientras Virim fue la sede de su imperio, en la época de Calíope.

Naúm besaba los hombros de la profetisa, dulce, muy dulcemente, mientras ella se entregaba a él con suma docilidad.

Ibis los observaba detrás de una cortina, incómoda, con la sensación de estar  escondiéndose o espiando, aunque eso no era necesario, pues todo aquello solo era un recuerdo congelado en el tiempo. Ellos no podían verla ni oírla.

Ibis estaba acostumbrada a los escarceos amorosos de Nabor, sobre todo con las discípulas más jóvenes y bellas, y generalmente sentía una fría indiferencia.

Al fin y al cabo, el Patriarca nunca le había mentido ni le había hecho ninguna promesa de fidelidad, aunque ella era, por encima del resto, su mujer preferida, y a cambio obtenía muchos beneficios por su buena disponibilidad y su actitud sumisa.

Sin embargo, cuando lo vio con Calíope fue diferente: su devoción, la delicadeza con que la trataba, sus ojos perdidos en su rostro como si hubiera visto el sol por vez primera...

Y sintió celos como mordiscos. ¿Sería verdad lo que se decía, que el Patriarca amó a Calíope más que a nadie en toda su vida?

¿Por qué a Ibis no? ¿Y qué tenía Calíope que la convertía en una mujer tan exclusiva?

Decidió salir de allí porque contemplarlos en ese contexto, además de importunarle, no le estaba aportando ningún hallazgo importante.

Entonces tocó su cordón de plata para avisar al Gran Laurel de que ya había terminado, pero al mirarlos por última vez sus ojos coincidieron con los de Calíope, que ahogó un grito como si hubiera visto un fantasma.

─¿Qué pasa? ─le preguntó Naúm. Calíope se cubrió los pechos desnudos con la sábana.

─Me había parecido que había alguien ahí.

Ibis también se sobresaltó. ¿Cómo podían haberla visto? Era imposible...

─Yo no veo a nadie ─confirmó aquel. Y por un instante, uno muy fugaz, Ibis habría jurado que el Patriarca la miraba directamente.

¿Acaso mentía? ¿Fingía que no veía nada?

El Gran Laurel la sacó de allí antes de poder averiguarlo y, a continuación, la dirigió a una estrecha celda apenas iluminada por dos o tres cirios, muy diferente de la cámara anterior.

Olía a cera caliente y a madera ranciada.

Una de las paredes estaba ocupada por una estantería que servía de almacén a decenas de rollos de papiro, y a un lado, debajo de un ventanuco redondo por donde entraba el frescor de la noche, sobre un escritorio de caoba Calíope redactaba un texto con pluma de ganso y tinta de calamar.

« La profecía » , se dijo Ibis acercándose muy despacio, como si no quisiera interrumpirla.

Se asomó por encima de ella para comprobar qué había escrito y entonces, para su sorpresa, leyó nombres.

« ¿Cómo? ¿Simplemente nombres? » , pensó, « ¿De quiénes?

» . Y descubrió que, por algún motivo desconocido pero seguramente importante, Calíope estaba recogiendo todos los nombres con que se había llamado, a lo largo de la historia, al Ángel de la Codicia.

¿Y si eran la clave para despertar al Rey de los Diablos?

¿Serían las palabras mágicas que harían funcionar los decretos que a Nabor no le habían dado resultados?

Ibis rápidamente comenzó a leerlos, uno por uno, al tiempo que los memorizaba: Luzbell , Saturnuu , Loki , Istar… ¡Pero se borraban! ¡Todos se borraban! La tinta volvía a la pluma, la mano de Calíope deshacía sus movimientos como si alguien hubiese echado el tiempo hacia atrás.

Ibis se despertó sobresaltada en su cámara, respirando muy fuerte y con la sensación de que le faltaba el aire. A su lado continuaba Libia, que casi ni había pestañeado desde que comenzó el trance.

─ ¡Señora! ¡Señora! ¿Está usted bien? ¿Quiere un poco de agua o…? ¿Qué necesita?

Libia la ayudó a incorporarse y la ayudó a beber.

Y mientras su mentora saciaba su sed como si no hubiera probado el agua en días, la discípula observó la piel de sus manos y de su rostro y se preguntó si siempre habían estado allí aquellas manchas, como si el trance la hubiese envejecido en cuestión de minutos.

─ ¿Cuánto tiempo he estado? ─ preguntó Ibis con la respiración más sosegada. Un chorro de sudor frío le resbalaba por encima de la sien.

─ Casi habéis consumido el reloj de arena, así que calculo una hora.

La suma sacerdotisa conocía bien la sensación de atemporalidad, de creer que el tiempo se había detenido cuando, en realidad, había seguido corriendo. Sin embargo, habría jurado que en esta ocasión no le había aprovechado apenas.

─ La vi, a la profetisa ─ comenzó ─ . Pero fue como si ella me viera también a mí.

Libia siempre había pensado que eso era imposible, pero no opinó nada, pues ninguna de sus conjeturas merecía ser escuchada. Además, no debía interrumpir jamás a una suma sacerdotisa, mucho menos a la Matriarca. Ibis prosiguió:

─ Esa mujer sabía cosas… No sé… Me dio la sensación de que no me dejaba entrar en sus pensamientos. Cuando conseguí ver el manuscrito, descubrí que escribía nombres.

─ ¿Nombres?

─ Sí. Deben de ser los nombres del Ángel de la Codicia. Pero estos empezaron a borrarse. Fue como si Calíope, en vida, se hubiera anticipado a este día.

─ ¿Cree que habrá blindado ese recuerdo? ─ se atrevió a sugerir Libia ─ . Como Amneris, que cerró el tercer ojo de Attaegina para que no podamos encontrarla.

Ibis asintió muy despacio, como si le costara horrores moverse.

─ Algo hizo, no me cabe la menor duda. La única manera de llegar es seguir intentándolo.

─ Perdone mi intromisión, señora, pero hoy ya debería descansar.

─ Es posible.

Libia le dio más agua, la ayudó a levantarse del suelo y la acompañó hasta su cama.

Después, volvió a la sala ritual para apagar las antorchas de los puntos cardinales.

Sin embargo, dejó encendido el fuego ceremonial, tal y como se le había enseñado desde muy joven: tras cada ceremonia, ese fuego debía consumirse solo.

Después pidió a las doncellas que trajeran una cena reconfortante para la Matriarca.

Y mientras las esperaba, hizo guardia junto a su mentora, que yacía derrotada sumida en un sueño profundo.

Y comprobó que, en efecto, las manchas seguían sobre la piel de sus pómulos y se acusaban más las venas del dorso de sus manos, y no supo si era impresión suya o el efecto del cansancio, pero habría jurado que Ibis aparentaba de repente diez años más.