CAPÍTULO 27
De las últimas discípulas de Sekmis se sabía que Nefereth había sido enviada a otro templo en alguna provincia costera de Alandum.
Lo que no se hizo público fue que esperaba un hijo de Nabor.
La joven había suplicado que se permitiera a Jazmín acompañarla, pero aquella otra fue destinada a un pequeño monasterio en una región seca y montañosa.
No volverían a verse nunca más. Libia era la única que permanecía en el palacio de Teff bajo la protección del Patriarca y de Ibis, su nueva mentora, quien siempre había apreciado sus talentos, pero no solo eso: también su disciplina y, por encima de todo, su obediencia, motivo por el cual había empezado a enseñarle a leer los arcanos.
Libia era el soldado perfecto en el mundo del sacerdocio.
Hacía cualquier cosa que se le pidiera sin cuestionarla ni protestar, y además era una férrea defensora del régimen.
Uno de sus principales motores para actuar era el odio insoportable que sentía hacia Attaegina, el rencor que le guardaba a esa impostora, la farsante, la infiel que había destruido el Templo del Laurel con ayuda de unos nawales .
Por eso, acudió tan pronto como se le llamó a la cámara privada de Ibis, la Matriarca.
Libia era la única discípula que podía vestir, según su criterio personal, la túnica azul o la dorada, aunque aquel día escogió la segunda para agradar a su mentora.
Escoltada por dos centinelas, esa mañana salió del pequeño templo que Nabor había habilitado en los enormes jardines de palacio para las pobres religiosas que, como ella, se habían quedado sin hogar.
Con la cabeza erguida y descalza, como correspondía a su condición, cruzó los pasillos de mármol que conducían a los aposentos de la Matriarca y, una vez allí, fue recibida por aquella con los brazos abiertos.
─Mi querida Libia, es un honor que hayas venido ─la saludó Ibis con aire magnánimo.
Libia se arrodilló y le besó el empeine de cada pie en actitud de absoluta sumisión, y no levantó la frente del suelo hasta que su mentora le dio el permiso.
Cuando las dos se adentraron en la cámara de Ibis, esta dio la orden a los centinelas para que se retiraran, pues tenían que hablar de mujer a mujer.
Dentro había dos doncellas que dieron asiento y atención a Libia mientras Ibis se ausentaba para ir a buscar algo en su área privada.
Pero la joven no quiso vino ni comida. Acostumbrada al ayuno más severo, podía esperar en pie sin abusar de los lujos ni aprovecharse de recibir un trato favorable.
Escasos minutos después, la Matriarca regresaba haciendo saber a las doncellas que debían esperar fuera hasta que se requiriese su servicio.
Y cuando se quedó a solas con Libia, le dio por fin la buena nueva que tanto esperaba:
─Libia, por fin serás ordenada sacerdotisa.
La joven, a pesar de su rectitud, no pudo ocultar su emoción, así que bajó la cabeza para que su maestra no se diera cuenta de que estaba a punto de romper a llorar. Ibis, con actitud maternal, le apoyó una mano en el hombro.
─No te lo guardes, querida. Es un motivo para alegrarse.
─Yo no sé si soy digna, señora. Es tanta su generosidad que yo no sé si sabré corresponder a…
Ibis la hizo callar suavemente.
─Si has sido la última de tus compañeras en ordenarse, no se debe a que no confiemos en tu capacidad, Libia.
Todo lo contrario: eres una guirnalda de virtudes y el Imperio de Alandum, ahora que vivimos tiempos difíciles, te necesita más que nunca.
Por ese motivo, el Patriarca y yo hemos decidido que te quedes en palacio, como suma sacerdotisa de Teff. ¿Qué te parece?
Al escucharla, Libia no pudo ocultar más su entusiasmo, y una mezcla de gratitud pero también de culpa se desbordó en forma de lágrimas. De nuevo se arrodilló ante Ibis a la vez que se deshacía en disculpas.
─Yo no merezco, señora, tamaña recompensa. Yo, que soy impura y pequeña, no soy digna de tanta benevolencia.
Ibis se arrodilló hasta ponerse casi a su altura y la cogió de las manos para tranquilizarla.
─Libia, quiérete más, hija. Eres, con diferencia, la discípula más leal de los últimos años. Muestra de ello es que no desertaste aunque sí lo hizo tu maestra, ¿recuerdas?
Libia asintió, sorbiéndose la nariz. Probablemente a Sekmis era a quien más rencor guardaba por haberla abandonado. Por haber girado la espalda a todo cuanto les enseñó a ella y a las demás y haberse dado a la fuga cuando se vieron en dificultades.
─Así pues, ¿aceptas?
La joven, deslumbrada por la belleza infinita del rostro de la Matriarca, asintió. Entonces, Ibis la instó a levantarse del suelo anunciando:
─Será dentro de cinco días, cuando se ponga nueva la luna. Se celebrará en el templo de los jardines.
─Gracias, señora. Gracias, siempre gracias, por cada oportunidad. ¿Quiere que me retire hasta entonces?
Esa era la cuestión. Ibis le pidió que la siguiera.
Se adentraron en el interior de la inmensa cámara privada de la suma sacerdotisa y, al llegar al fondo, penetraron en una sala ritual.
Un círculo de sal y hojas de salvia rodeaba prácticamente toda la superficie.
En el centro se erigía un altar cuidadosamente preparado, y cuatro antorchas, cada una de ellas situada sobre un punto cardinal del círculo, fulguraban procurando una atmósfera misteriosa al lugar.
En ese momento, Ibis le mostró una delicada botella de cristal tallado, tan pequeña que la sujetaba entre los dedos índice y pulgar.
Sin duda, Libia intuyó lo que guardaba ahí dentro y se quedó bastante sorprendida.
─¿Medicina del Gran Laurel? ─dudó. Ibis asintió─. ¿Cómo ha llegado hasta aquí? Las discípulas creemos que se perdió toda.
─Casi toda, sí. Pero pude recuperar una poca con ayuda de nuestros valientes soldados, que me acompañaron a las ruinas del templo en los días que siguieron a la catástrofe.
─Y, ¿qué pretendéis hacer con ella, señora?
─Tomarla, claro. ─Libia se sintió avergonzada por su pregunta─. Escúchame con atención, Libia. No queda en todo Alandum más medicina que esta que ves aquí. La estoy reservando para una circunstancia desesperada y… Bueno, esa circunstancia es ahora.
─¿Por qué? ¿Corre usted peligro? ¿Teff corre peligro?
La Matriarca la invitó a sentarse porque iba a ser una charla prolongada.
Entonces le contó toda la historia del Manuscrito de Calíope y de sus profecías, entre las cuales se hablaba del despertar del Ángel de la Codicia y del fin de los tiempos.
Libia escuchó con profunda atención, sin opinar, sin mostrar un ápice de inquietud, pues la contención de las emociones era otra de las aptitudes que más se valoraban en una sacerdotisa.
─¿Lo entiendes, querida? Solo poniendo al Rey de los Diablos de nuestro lado, lograremos salvar a nuestro pueblo cuando llegue el fin de esta era.
Y el Patriarca está a punto de lograrlo.
Lleva mucho tiempo planeando cómo salvar a su pueblo.
Pero necesita saber qué escribió exactamente Calíope en ese manuscrito.
─¿Y nadie sabe aún quién lo robó ni dónde está?
─Han sido los nawales , sin duda. Pero es imposible averiguar dónde lo han ocultado.
Es probable, incluso, que lo hayan destruido y que su contenido se haya transmitido de forma oral exclusivamente entre los de su estirpe.
Ni siquiera con mis dones para la adivinación he podido averiguarlo: los nawales han protegido esa escritura con decretos herméticos, muy antiguos y poderosos.
─¿Y qué podemos hacer ahora, señora? ¿Cómo va a ayudarnos la medicina del Gran Laurel?
Ibis miró la botellita al trasluz. La oscura bebida mostraba matices morados. ¿Cuántas veces la habría bebido a lo largo de su vida?
─Haré un viaje a las profundidades. Es la única manera, Libia.
Con el trance de la medicina del Laurel buscaré mucho más allá, mucho antes.
Me remontaré a la época en que Calíope vivía y asistiré al momento en que redactó las profecías.
Solamente así conseguiremos conocer el contenido completo del manuscrito.
Libia comprendió entonces por qué necesitaba su ayuda.
─Es peligroso, señora. El trance, cuanto más largo, es más difícil de revertir. ¿Y si su alma se queda atrapada en otro tiempo?
─Tú permanecerás muy cerca de mí para recuperarme si eso sucede.
─Pero yo, señora… ¿Y si no soy capaz?
Ibis insistió:
─Eres la sacerdotisa más capaz que conozco.
─Bueno, todavía no soy sacerdotisa, recuerde…
─Qué modesta eres, Libia. ─La joven sonrió, encogiéndose de hombros─. Si mi hermana no me hubiera traicionado, seguramente se lo habría pedido a ella. Pero, dadas las circunstancias, la única mujer que creo que puede igualar sus dones eres tú.
─Me honran sus palabras, señora.
─Eso es justo lo que espero, que te honren.
Y ahora, prende el fuego ceremonial en el altar y cuida bien que se mantenga alimentado.
Yo voy a beber unas gotas de la medicina, calculo que tardaré media hora en despertarme.
Ten todo preparado y, si las cosas se complican, no dudes en pedir a las doncellas lo que sea necesario.
Libia asintió con absoluta sumisión. No tenía derecho a negarse.
Bastantes privilegios se le habían concedido ya aquel día.
Incluso cuidar del alma y del cuerpo de la Matriarca era un gran honor.
Por tanto, obedeciendo a las peticiones de Ibis, encendió el fuego ceremonial mientras aquella se preparaba la dosis exacta.
Libia, observándola de reojo, comprobó que vertía una pizca más de lo que se consideraba seguro, pero no la retuvo porque no se sentía con autoridad suficiente para corregir a su mentora, que se tendió boca arriba sobre una alfombra y en solo cuestión de minutos perdió el conocimiento.